El esqueleto de quien en tiempos remotos había esculpido la maravillosa reliquia, yacía en la hondonada donde se hallaba la tumba junto con el preciado objeto, como si en su accionar aquella logia pretérita, formada por hombres a la vez brutales y metódicos, le infringieran a la posteridad la conjunción de sus símbolos.
La calavera del Hacedor estaba tatuada con caracteres incomprensibles; algunos tajos horizontales en la región parietal delataban la descarnación.
Fischerman limpió la reliquia de cenizas y de arena para despojarla luego de entre el costillar tieso y quebradizo que la cobijaba. Tenía setenta años y hacía algo más de treinta que la buscaba.
No era su obsesión de arqueólogo, como suponían sus colegas los doctores Galdames y Nielsen, él formaba una parte escencial en un todo eslabonado por miles de manos en miles de años, los signos que recorrían la atroz cabeza hablaban tambien de él, del hombre que exhumaría la reliquia para que esta cumpla su justa misión.
No soy digno, musitó mientras el sol reverberaba en los filos agudos y mellados y le dibujaban un haz colérico entre las arrugas de la frente.
No soy digno, musitó besando la reliquia que había imaginado más pesada.
La colocó junto al cráneo del Hacedor, en un baúl sellado con candados que penosamente arrastró por la arena hasta su tienda.
Nubes rojizas incendiaban el aire de vapores cálidos.
Fischerman resopló tumbado casi sobre un camastro, hasta que la aguda puntada en el pecho le cortó de pronto el aliento.
Qué lástima, dijo acariciando los rebordes acerados de la tapa del baúl, no podré ver la obra concluída. Falta tan poco, repitió con los párpados prietos, aquejado por otra punzada.
El hombre ingresó en la tienda perseguido por fantasmas de arena. Miró a Fischerman y en el aire trazó símbolos herméticos y señaló el baúl.
El hombre era alto, con una contextura longilínea y quebrada por la mitad; tomó la reliquia y acarició la cabecita de ídolo que apenas sobresalía.
Soy indigno señor, dijo, soy indigno de tu esplendor.
Luego tomó la calavera del Hacedor y recorrió con el índice los caracteres tallados en la corteza calcárea.
Fischerman sintió nacer de su estómago un ramalazo de envidia; aquellos signos estaban vedados a su comprensión, sólo ese hombre sabía leerlos.
Súbitamente el aire tomó una consistencia melífica; sobre el horizonte el símun despedazaba las dunas.
Aquí está, el nombre del elegido y el lugar exacto. No será fácil...
De haber preguntado, Fischerman no hubiera obtenido respuesta alguna. La sangre espesa hormigueaba por sus miembros pero pudo tomarle las manos al hombre.
Estas manos rozaran al Elegido, suspiró.
No será facil, dijo el hombre, y luego aprobó el filo de la reliquia rozándola con el pulgar; el gesto aprobatorio le iluminó los rasgos.
Pero será, concluyó al fin.
El hombre guardó en un saco la reliquia y la cabeza del muerto. Un cordel ciñó la abertura. Fischerman entrevió la joya por última vez. El hombre se despidió con un abrazo.
Ya anatomistas de la logia estarían ensayando con cadáveres hurtados el arte del descarnado, ya un nuevo Hacedor, en la oscuridad de algún anónimo cuarto, labraría el símil exacto de otra reliquia para que, al cabo de siglos, otra mano la exhume, y otra, sacrificial, la hunda en el pecho del hombre elegido.
Fischerman cerró los ojos y se echó a morir. |