Vladimir era un joven como cualquier otro, vivía en un pueblo chico, hijo único con una familia común y una vida normal cuyo oficio era laborar con su padre en el campo. Un día, su madre en la cocina tajaba una piña para hacer jugo, al llegar él en ese momento y al ver la fruta, tuvo una erupción roja en el rostro. Era algo que siempre le había ocurrido desde niño, pero su madre al observarlo detenidamente, le dijo: -Aunque la cana engaña y la arruga saca de duda, no has envejecido. Esto le causó risa, sin embargo, el espejo reflejaba un hombre que parecía haberse estancado en la edad de 25 años. Él tampoco sabía por que se mantenía joven.
El viento, como el sol, acudía a su cita cotidiana con aquel hombre que atesoraba muchos recuerdos pasados, pero el tiempo se había detenido en él. Los pobladores miraban con desconfianza a Vladimir, algunos sentían tanta curiosidad que se atrevían a preguntar por su edad, a lo que respondía: - No sé, la edad no se cuenta, se vive. En efecto, había perdido la cuenta de los años.
Los pobladores empezaron a mirar al ahora llamado "El joven eterno”, con desconfianza y miedo, algunos concibieron aquel hecho como una obra del diablo, lo cual se vio obligado a huir dejando a sus ancianos padres.
Y aunque el tiempo todo lo cura, también es causa de olvido, un día Vladimir Urrutia, volvió a su pueblo, pero no para quedarse, sino para recoger los viejos vestigios de su vida en su tierra natal, porque la distancia en años o en kilómetros no mata los recuerdos.
La plaza de mercado era la misma, el domingo vestían esos espacios al aire libre toldos de capota blanca que daban la vuelta al parque. Parecían tiendas de bíblicas campañas que amanecían pero no anochecían. Era el mejor muestrario semanal de lo que producía la tierra y de lo que consumían sus habitantes. Entre las callejuelas rectilíneas e improvisadas, las gentes venidas de los campos propios y de los pueblos vecinos, iban de puesto en puesto, observando, palpando, preguntando, ofreciendo, comprando y llevando en sus canastas todo lo necesario para la semana. En medio de la algarabía, emergió entre corredores de hombres con bultos y cajas de madera, un hombre con un cardumen sobre su cabeza y con una voz entrenada y fuerte ofrecía: -El pescao fresco, el pescao.
El vendedor de piña, mostró su producto a un turista, y este inmediatamente presentó un sarpullido en todo su cuerpo, lo que hizo recordar la historia del “joven eterno”. La mujer más vieja del pueblo, que observó desde la ventana de su casa el parecido a Vladimir Urrutia, pensó que se trataba de algún hijo, porque este hombre ahora era un joven muy elegante, vestía un traje gris, y tanto su corbata como sus zapatos eran impecables, era un hombre culto, refinado, un caballero de cuidadoso verbo y encantadora sonrisa, porque el tiempo enseña más que cien escuelas. |