El demonio en la espalda.
Le llamé mil veces pero no acudía, me estaba muriendo y sólo él podía liberarme. Era un pensamiento constante y recurrente, le necesitaba con urgencia, pero mis llamadas parecían perderse en el infinito, entre la maraña de ondas de radio que circulan por el aire.
Cuando la muerte se acercó a mi lecho la espanté cerrando los ojos muy fuerte y conjuré el dolor para que desapareciera, estuve así, tendida con los ojos cerrados hasta que me dormí.
Entonces, sentí su presencia, rodeó mi cama y puso su mano en mi frente, me daba miedo abrir los ojos por si la muerte seguía allí: las hadas no podemos morir con los ojos cerrados es una norma que la muerte tiene que acatar.
Era un demonio viejo, al que yo conocía, estaba cansado y su trabajo ya no le motivaba tanto como al principio, recaudar almas se le hacía monótono, yo lo sabía y deseaba sacar ventaja de ello. Tenía que proponerle algo que le intrigara, decidí sacar ventaja de mi naturaleza. Era un hada, las hadas jugamos con todo.
- Dame tiempo.
- ¿Porqué iba a dártelo?
- Porque lo necesito y estoy dispuesta a pagar por él.
- ¿Qué me ofreces?
- Mi alma inmortal.
- Todo el mundo sabe que las hadas no tenéis alma. Solo un hueco en la columna, justo donde debería estar el alma.
- Te ofrezco un viaje. Puedes introducir tu alma en mi espalda, te llevaré una temporada. Podrías ver cosas que jamás has visto y sentir todo lo que yo sienta.
- ¿Un viaje? Los demonios no podemos poseer a las hadas, sería un simple pasajero, como ver un documental de tu vida.
- Cierto. Pero no pierdes nada, si te aburres puedes irte cuando lo desees, no te retendré.
- No sé si me interesa, francamente, estás hecha un guiñapo.
- Si no te interesara no habrías venido, ya sabías que no tengo alma que ofrecerte. Acepta pronto o la muerte decidirá por ti.
Subió a mi espalda, supe que llevaba mucho tiempo soñando con hacer un viaje de este tipo, porque una vez que subió no habló nunca más, se limitó a mirar con una mezcla de curiosidad y respeto.
Abrí los ojos muy despacio, temía encontrarme con los de la muerte, recorrí despacio la habitación, el gran ventanal, iluminado por el sol, las cortinas blancas y livianas que se movían remolonas por un viento suave, la mesa donde estaban las llaves, el armario, la maleta abierta y parte del contenido tirado descuidadamente en el suelo, la puerta del baño, las paredes blancas y rugosas con gruesas gotas de gotelé. No había rastro de ella, tan solo un leve perfume en el ambiente, un perfume dulzón y espeso.
El resto del día dormí, incapaz de levantarme, la fiebre me había dejado agotada, y pobló mis sueños de fantasmas. Todos aquellos a los que en algún momento fallé, acudieron a recordarme que tenía una deuda pendiente. Mi madre, Susana, Jose Luis, Teresa, Mercedes, y otros muchos, de algunos no recordaba siquiera el nombre, solo pasaban por allí y me miraban acusatoriamente. Tantas miradas de reprobación, tantos reproches, las escenas de mi vida anterior vividas nuevamente de forma borrosa y confusa, me hacían despertarme cubierta de sudor, con el pelo pegajoso y el cuerpo frío.
Sólo una presencia me hubiera causado pavor, y traté de no pensar en ella, con el firme convencimiento de que si lograba conjurar su recuerdo, no podría visitarme en mis sueños. Fue inútil, eran ya las 3 de la mañana cuando me dormí por última vez, lo recuerdo porque yo nací a esa hora y tiene un significado especial para mí.
El príncipe lejano.
Me encontraba en una estancia amplia sin muebles, tan sólo una silla de madera en la que estaba sentada. El se acercaba a mí, clavaba sus ojos en los míos y yo permanecía inmóvil. Deseaba salir corriendo, pero mis piernas no se movían, sólo tenía que hacer un gesto y él se iría, pero permanecía agarrotada, incapaz de moverme. Su expresión no era la de los últimos tiempos, era más dulce, como al principio, sonreía divertido mientras se acercaba.
Llegó a mi lado y me miró desde arriba, me sentía tan pequeña en comparación que bajé la vista, él se arrodilló enfrente de mí, levantó mi barbilla hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos. Yo permanecí con las piernas juntas, unidas por las rodillas que parecían estar soldadas. Creí que iba a besarme, notaba la proximidad de su aliento y el olor de su piel, mis latidos se hacían más profundos, intenté hablar y explicarle que no podía ser, que salía con otra persona, que no estaba bien, y que además él no me atraía.
De hecho así era, nunca me gustó su físico, tan sólo sus manos, tenía unas manos preciosas, de dedos largos y tendones marcados, manos sensibles y fuertes. Solo pude decir dos palabras ahogadas con una voz que no era la mía, una voz temblorosa y cascada, apenas audible: No puedo.
Sus manos se posaron en mis rodillas y aquel gesto que me resultaba amenazador me provocó una extraña cólera muda. Después, con las dos manos intentó separar mis rodillas, mientras toda la fuerza de mi cuerpo se centraba en tenerlas unidas. No hubo ninguna protesta verbal, ningún quejido lastimero, únicamente apreté las rodillas con tanta fuerza que el resto de mi cuerpo empezó a temblar.
Las separó venciendo mi resistencia, apoyó cada mano en la cara interna de uno mis muslos, luego, se introdujo en el hueco abierto de mis piernas y aproximó su cara a la mía, pero en lugar de besarme, reclinó su cabeza en mi pecho, como los niños pequeños cuando buscan un abrazo. Aquel gesto tan contradictorio, me hizo perder la razón, me enamoré en aquél mismo momento de tal forma, que nunca pude separar al hombre brusco y decidido que abrió mis piernas provocándome un mar de deseo, del niño necesitado de afecto que reclinó su cabeza en mi regazo buscando un abrazo y que me produjo una ternura infinita .
En esos dos sentimientos tan contradictorios se basó nuestra relación, en la fuerza bruta de nuestras voluntades luchando entre sí, y en la ternura que me debilitaba como si fuera un infiltrado de otro bando luchando contra mí. A partir de ese momento, mantuve dos guerras abiertas una por el control de mi cabeza y otra más sorda por el control de mis sentimientos.
En el sueño sucedió algo distinto, mientras su cabeza permanecía en mi regazo y mis brazos colgando alrededor de mi cuerpo en un abrazo inexistente, levantó un momento la vista y susurró:
-Un día, la muerte vendrá a buscarte y tendrá mis ojos.
Cuando bajé la vista sorprendida por sus palabras descubrí que no era Antonio a quien tenía en mi regazo, si no a la muerte que había robado sus ojos. Me desperté sobresaltada y no pude dormir más. Permanecí en la cama sin moverme con los ojos muy abiertos y negándome a pensar y mucho menos a recordar. No deseaba recordar nada, de haber tenido alma la hubiera vendido a cambio de que se llevaran todos mis recuerdos.
Lloré sin hacer ruido, sin apenas ser consciente de llorar, salvo por la humedad de mi cara, lloré sin pasión, y sin dolor, maquinalmente, sabiendo que si recordaba porqué lloraba no podría parar de hacerlo nunca. Mis ojos se arrasaban de lágrimas, la sal me picaba en la piel, y sin embargo mi respiración era pausada y tranquila. Sentía una indiferencia fría hacia mi persona, mis sentimientos y mi vida en general.
El mundo era un lugar hostil, lleno de gente que podría hacerte daño y pensé si no hubiera sido mejor, abrir los ojos cuando la muerte aún estaba allí y evitar todo el resto de una vida miserable. Me sentí agobiada por el peso de un escepticismo cruel y sarcástico, que se me introducía en las venas y me enfriaba el corazón por dentro, odiaba al mundo entero, incluso a mí. Pero en algún lugar recóndito de mi angustia, supe que este sentimiento pasaría de largo, ya lo había hecho otras veces.
Las alas del hada.
Nos gustaba conducir sin rumbo, hacia cualquier sitio, durante horas, solo la música de un casete y sin apenas una palabra que pudiera desconcentrar nuestras actividades. Antonio, solía aprovechar para conducir, se relajaba siguiendo con la vista las líneas blancas de la carretera. A mi me gustaba imaginar situaciones, situaciones irreales que probablemente nunca se harían realidad.
Dejaba volar mi imaginación como cuando era pequeña, vagaba por los rincones más recónditos de mis anhelos y aspiraciones y las llevaba a cabo. Cualquier cosa que pudiera desear la hacía realidad, desde ser médico hasta imaginar la casa perfecta donde viviría, los detalles lo eran todo, llegaba incluso a construir esquemas complejos para una novela donde la trama jamás decaía y los diálogos y escenas eran nítidamente escritos en mi mente.
Un psicópata podría perseguir a una joven independiente, fuerte y bella que en ese momento corría por una pista de atletismo poblada de árboles grandes, podía imaginar la sombra de sus hojas, el ruido del viento, las suelas de sus deportivas, mientras la joven, ajena a esta persecución, corría y corría sin cansarse. Cuando empezaba a darse cuenta de una presencia extraña, la cabeza de la joven maquinaba con una celeridad admirable una solución a su problema. En mis ensoñaciones nadie salvo su inteligencia y su fuerza podría salvarla. En ocasiones, también daba vida al psicópata y lo dotaba de alguna ventaja que dificultara notablemente la vida de la joven.
Jamás comenté con Antonio, mis ensoñaciones, desconozco por lo tanto si él también aprovechaba la cobertura de la noche y el silencio para dejarse llevar a mundos diferentes, donde la perfección era la norma. Mis ensoñaciones preferidas tenían que ver con mi padre, en esta realidad paralela, mi padre aprendía a amarme, o a amar a este personaje perfecto creado por mí y deseaba conocerme más. Podía imaginar los detalles del acercamiento, y sentirme tan próxima a él como si en realidad hubiera sucedido. Me producían una satisfacción tan completa que me costaba volver a la realidad: mi padre nos abandonó, a mí y a mi madre y aunque hubo algún contacto durante la niñez y la adolescencia desde los quince años no volví a verle.
En otras ocasiones, simplemente observaba las rayas blancas de la carretera si era de noche, o el paisaje si aún había luz. Los árboles eran sin duda mis preferidos, sus troncos altos o bajos, lisos o con irregularidades, con hojas, sin hojas, me maravillaban, su sensación de estabilidad y permanencia, su naturaleza confusa, podrían ser simplemente plantas o animales dotados de inmovilidad y privados de la tensión y el estrés propios de los hombres.
Los ríos, las playas, las montañas, los atardeceres, el cielo, las estrellas, todo ello me hacía perder la noción del tiempo y el espacio, los problemas se difuminaban, y entendía perfectamente el concepto de grandiosidad, comparada con la naturaleza yo era una observadora afortunada, una descubridora de la belleza. Mi sensibilidad para emocionarme ante las pequeñas maravillas de la naturaleza siempre me hizo sentir especial, pocas personas pueden apreciar la belleza de un lagarto o una flor o los matices de color de un atardecer, con la misma pureza de espíritu que yo.
Todo me parecía siempre especial, único, existía solo por mi, para que yo pudiera vibrar por dentro mientras lo veía. Da igual los atardeceres que haya podido ver en toda mi vida, siempre me conmoverán, al igual que un hayedo puede evocarme historias lejanas, reflejos de otro tiempo, donde los bosques estaban poblados de hadas y duendes y cuya existencia se cruzaba de vez en cuando con la de los humanos que vivían en el bosque o lo atravesaban para realizar un viaje que quizá les acercaría a su familia o a los brazos de un amor lejano.
Podía ser una gacela durante un tiempo, recorrer las montañas saltando ágilmente, o un grillo haciendo sonar mis alas, podía ser una piedra calentada al sol, o una flor recibiendo el rocío de la mañana. Que triste me parecía la vida de aquellos que carecen de alas para dejar volar su imaginación y vivir mil vidas diferentes en un instante.
Aquellos viajes sin rumbo, serenaban mi espíritu inquieto y ávido siempre de más emociones de las que puedes tener en una gran ciudad. Servían también para calmar mi sensación de ahogo, de reclusión en un mundo cerrado donde solo Antonio y yo, vivíamos, encerrados de forma quizá voluntaria. Los enamorados que ingenuos son al pensar que jamás necesitarán nada más que su amor para ser felices.
Mi círculo social se redujo mucho durante el primer año de mi relación con Antonio, los primeros seis meses apenas vi a un par de amigos y por su insistencia, tan feliz me sentía estando a su lado que no eché de menos nada más. Su olor se me quedaba pegado en la nariz, y de camino al trabajo, recordando la noche anterior más de una vez noté escalofríos por todo el cuerpo.
Pensaba en él prácticamente todo el tiempo, como una enfermedad, esperaba que terminase el día para abrazarle fuerte y decirle lo mucho que le amaba, soñaba con dormir con él, con hacerle el amor, con tocar su piel. Había magia entre los dos, la risa me brotaba sola, la alegría me salía por todos los poros. Tan rabiosamente feliz me sentía que temía que algo horrible sucediera y nos separara para siempre.
Éste fue el segundo cuento que escribí, mientras me animo a corregirlo y terminarlo lo subo con mucho afecto para quien casualmente ha tenido la deferencia de pedírmelo. Un abrazo.
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