ps: es uno de los primeros cuentos que escribí, hallá por el 2003, asi que no esperen gran cosa.
Rosendo Armando Gómez tomó su montura, dispuesto a esquivar de una buena vez la razón de su martirio, no lo soportaba más, cada día, al volver a su hogar, el se abusaba de sus largos brazos, era la causa de sus desventuras cada noche ; no podía evitarlo, era el dueño del paso, estoico y firme, siempre estuvo allí. De día parecía amable y hasta le daba un toque de serenidad al lugar, pero por las noches se transformaba en algo sombrío y malévolo.
Rosendo, a pesar de las copas que traía encima, lo diviso a medio cuarto de milla, la luna llena iluminaba el paso como nunca, se hallaba parado en el mismo lugar de siempre, dispuesto a cobrar los tragos de ginebra consumido por este peón de 26 años y hermano de 8 buenos jinetes y labradores.
Espueleó en el lomo y sin compasión a su caballo negro como la noche, "El Buey", porque según el decir del mismo Rosendo, este caballo poseía la fuerza de una junta de bueyes fuertes y bien alimentados, tal vez solo sean fanfarronerías producto de los litros de ginebra y caña consumido en la pulpería del pueblo, pero a quien quisiera escucharlo, no era recomendable contradecirlo, si no, pregúntenle a Don Gervasio Miranda ,dueño del taller de cueros y monturas del pueblo ; a quien su hijo, Manuel Eustaquio Miranda de 20 años, osó refutar el decir de Rosendo en una doma que organizó la peonada del campo de Ermeregildo Jiménez, terrateniente y verdadero dueño del pueblo.
En esa doma, Rosendo participaba con "El Buey", y antes de entrar a participar, Manuel le preguntó el porqué del nombre de su caballo, con su habitual vehemencia, Rosendo le explico las bondades de su pura sangre ; no muy convencido, Manuel le contestó con inocencia que una junta de bueyes es mas fuerte que el mas fuerte de los caballos que se pueda criar, sin mediar palabra y seguramente por los efectos de la caña consumida durante el furibundo almuerzo regalado por Ermeregildo Jiménez, Rosendo le enterró en el pecho su faca de más de 25 cms de hoja y empuñadura de preciosa plata y oro, con diseño de flores de loto y rebenques, Manuel solamente atinó a dejar escapar un hilo de sangre espesa y roja como el rubí por su boca, miró al cielo y con los ojos abiertos se desplomó sin vida en el piso de tierra de la pista bailable que se había armado para tal evento.
Rosendo, al ser el matón de Ermeregildo Jiménez, no fue ajusticiado y todo quedó como un duelo criollo iniciado por el difunto, nadie contradijo dicha versión y todo quedó en el más sombrío silencio, de esto ya hace más de 2 años.
Como decía, Rosendo espueleó a "El Buey" y se dispuso a enfrentar al único que no lo respetaba, pues siempre se negaba a cederle el paso y con sus brazos lo tiraba de "El Buey", cada noche al regresar de la pulpería. Rosendo odiaba a ese roble de centenaria edad, robusto de más de 20 mts hasta su copa, de ramas gruesas y fuertes como piedra de remanso, el quería cortarlo y hacer leña de el, pero su patrón no lo dejaba, pues este árbol había sido plantado por su bisabuelo y era muy querido por el, de manera que si ese roble era mutilado en alguna de sus partes, su patrón se encargaría de hacer lo mismo con el responsable de tamaño crimen.
Pero Rosendo confiaba en su habilidad como jinete, calculó que las ramas siempre lo tiraban porque el iba muy erguido sobre la montura, de manera que ahora pasaría casi recostado sobre el cogote del animal y así evitaría las ramas.
Sin embargo, Rosendo era muy orgulloso, no podía evitar desafiar a aquel gigante y decidió pasar al galope, pues siempre lo había hecho de esta manera, no deba ser que alguien lo vea y ande divulgando que el Rosendo se acobardó y pasó casi dormido por aquel paso, jamás permitiría tal comentario.
Cabalgando al galope, "El Buey" parecía enceguecido y cada vez más aumentaba su carrera, 200, 100, 50 metros, el gigante parecía hacerse cada vez mas gigante y Rosendo se dispuso casi recostado contra el cuello de "El Buey", 20 metros, Rosendo largó de lo profundo de su garganta un grito de triunfo, parecía que por fin había logrado vencer a la mole de madera, 10 metros, el paso se divisaba al otro lado de la maraña de ramas, 5 metros, ya lo tenía, 2 metros, "El Buey" pasó a más de 60 kms por hora, en ese momento Rosendo sintió que algo lo jalaba hacía arriba, una fuerza ajena a la suya, algo tan repentino que sus ojos se desorbitaron y buscaron en la inmensidad de aquella mole la respuesta a lo que estaba aconteciendo, le faltaba el aire, no podía gritar, pero Rosendo nunca gritaría, buscó su facón en la cintura...¡no estaba !, seguramente se lo había olvidado en la pulpería producto de su afición por la jalea etílica, cada vez mas, sus pulmones se hinchaban buscando un resquicio de oxigeno, sus piernas se hallaban bailando en el aire, a unos 80 cms del suelo, colocó sus manos en la garganta y sintió una superficie áspera y dura, una cuerda, buscó con sus ojos el origen de la trampa y se encontró con otro par de ojos, inyectados de sangre y odio, y que con fija mirada parecía asfixiarlo mas que la propia cuerda, la luna dejo entrever algo entre las hojas y ramas, y allí sintió que su vida se apagaba, se iba tan rápidamente como "El Buey" que no dejó de galopar hasta pasado el cuarto de milla, -Nunca me quedo con un trabajo sin terminar- le dijo al oído Don Gervasio Miranda, padre de Manuel...y Rosendo murió, con la lengua afuera, los ojos desorbitados, el rostro desencajado y su orgullo pendiendo de una cuerda |