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S.E.R.A.

Bastián es un tipo alto, de andares pausados y mirada amablemente irónica. Sus cejas semejan signos de admiración y sus palabras entonan con la prudencia. Hace más de quince años que vive en lo alto del Ampurdán, en una casa con mucha historia. Data del siglo XVIII , sus propietarios fueron un joven matrimonio que al fallecer dejaron en testamento su propiedad al Centro de Acogida de Menores. Años después pasó a ser un museo hasta que la adquirió el Sr.Bastián, hombre muy conocido en el pueblo. Alemán de nacimiento, siempre despuntó como importante hombre de negocios. El trabajo fue su refugio cuando un fatídico día perdió a la mitad de su familia en un accidente de tren. En aquellos momentos su negocio demandaba una expansión lo que aprovechó para venir a España.
Dª. Concha era el ama de llaves de la casa, iba a limpiarle de forma regular y los Domingos le preparaba comida para toda la semana. Su hija Paula y yo éramos amigas desde la infancia y ahora vecinas de la misma calle, me unían fuertes lazos de amistad a toda la familia. Todos en el pueblo presumíamos de tener la mansión de Bastián como patrimonio artístico-visual, se levantaba en lo alto de la montaña y era realmente hermosa. Nunca me cansaba de escuchar a Dª.Concha cuando a petición de Paula y mía, nos la describía por dentro. Últimamente había acortado las visitas a la casa por un reciente dolor de espalda que se vio acentuado con un accidente doméstico ocurrido en la casa del Sr. Bastián. Estaba subida a las escaleras para limpiar la lámpara de la cocina, no advirtió que estaba mal colocada y cuando la escalera se cerró, ella cayó al suelo, intensificando sus dolores. No perdí ocasión y a pesar de estar en época de exámenes en la Universidad, me ofrecí a sustituirla por un tiempo:
- Dª. Concha ¿Usted cree que D.Sebastián querrá que yo vaya a limpiar y cuidar su casa hasta que usted se recupere ?
- ¿En verdad te gustaría hacerlo? La casa es grande y es sacrificado mantenerla limpia y en orden.
- Eso no me preocupa. Me adaptaré y con los días la haré a mi mano.
- Bueno, tendría que hablar con el señor a ver qué opina. Como sabrás es muy reacio a tener visitas y le incomoda ver extraños en casa.
- Pero usted puede hablarle de mí, me conoce de toda la vida. El confiará en sus palabras y yo confío en su sinceridad.
El siguiente Lunes me desperté mucho antes de que sonara mi despertador, no quería llegar tarde a la mansión en mi primer día de trabajo. La mañana había amanecido fría y un fuerte viento servía de empuje a las gaviotas que ahora emigraban. Llegué a la hora acordada, lo primero que se ve desde el camino es una valla que delimita el terreno, dentro unos árboles vestidos de otoño y un pequeño estanque abrazado por tres bancos en forma de círculo. Un césped bien cuidado llevaba hasta unas escaleras de piedra, pintadas de humedad, a ambos lados una baranda de hierro negro terminado a su antojo en forma de piña. Dos macetones de la misma piedra daban la bienvenida a la casa y unas plantas verdes acompañaban al resto del paisaje.
Con fuerza y pose firme toqué el pomo de la puerta, cuando descubrí entonces que ya estaba abierta.
- ¿Sr.Bastián.? Buenos días, soy Elena.
Me recibió con un cordial apretón de manos y elevando aún más sus cejas sonrió.
- Buenas días señorita, Dª.Concha me ha hablado muy bien de usted. Pase que quiero enseñarle la casa. No voy a darle instrucciones de cómo tiene que hacer su trabajo, le doy total libertad siempre que consiga mantenerla de la mejor de las maneras.
- Es del S.XVIII- me dijo- al verme observar un espejo alto que estaba al final del pasillo.
- Es muy bonito, esas láminas tan brillantes…
- Si, son láminas de oro-me interrumpió-
Me di cuenta que el ala este de la casa tenía todas las habitaciones cerradas por dentro aunque las ventanas se veían abiertas desde fuera.
- ¿Esas habitaciones han de permanecer cerradas, señor?
- No necesariamente. Cuando yo esté aquí trabajando puedes entrar a limpiarlas. Aquella la del doble pomo es mi estudio.
- ¿Usted también trabaja en casa?
- Si, pero no le regalo horas extras a la empresa, me dedico a otras cosas.
Sentí muchas ganas de preguntar y saber a qué se refería, pero algo me decía que debía callarme y no ser tan indiscreta.
Aquella tarde como le prometí a Dª.Concha, fui a visitarla y contarle cómo me había ido en el primer día. Le conté que estaba muy contenta y le pedí que me dijera a qué se dedicaba D.Sebastián. Sabía que por su condición de propietario podía permitirse el lujo de flexibilizar su horario pero lo que no pensaba es que se quedase en casa trabajando en algo que nada tenía que ver con su vida laboral hasta la fecha.
- ¡Ay hija! No quieras saberlo todo el mismo día. El señor Bastián es un hombre muy culto y le gusta mucho leer. Yo sólo veo que se dedique a eso, a leer mucho, a escribir cosas en papeles, algunos los tritura en una máquina y otros los guarda celosamente en una carpeta.
- ¡Qué interesante! -me dije en voz baja-
Al día siguiente llegué a la casa un poco más temprano, ese día tocaba limpieza de alfombras y quería que estuviesen secas a mi hora de salida. Me llevé un libro que dejé en la encimera de la cocina, me gustaba leerlo mientras hacía el café de media mañana. D.Sebastián lo vio y se interesó por él, me hizo preguntas y descubrí que amaba los libros y las letras, tanto como lo hacía yo.
Todos los días teníamos conversaciones a cerca de libros, y un día, imagino que cuando me gané su confianza, me dijo que quería mostrarme algo.
- Elena, vega conmigo, quiero enseñarle una cosa.
Y me llevó a su estudio. Cuando yo entraba a limpiarlo estaba todo recogido, en aquella ocasión no, pero a pesar del desorden se respiraba paz en la habitación. Habían muchas notas tomadas en un folio, muchos libros abiertos al mismo tiempo, curiosamente me di cuenta de que había levantado un pequeño laboratorio con dos pipetas y tres recipientes, había un pequeño hornillo y unas botellas con etiqueta negra y amarilla, que alertaban a cualquiera del peligro que podría tener si caía en manos inapropiadas.
- Sr.Bastián ¿Qué es todo esto?
- Es mi proyecto.
- ¿Su proyecto? repetí yo, esperando a que él continuase su explicación.
- Hace tiempo que estoy investigando acerca de la magia blanca, he llegado a un punto en el que pocos conocimientos se me escapan, he aprendido de pequeños logros y también de los fracasos, estos libros que ves aquí están traídos de Alemania porque aquí no se encontraban, estos otros de Estados Unidos y aquel grande de Roma. He aprendido esos idiomas para poder conocer y entender los libros.
Yo lo observaba con mucho interés, hilaba cada una de sus palabras para tejer el gran descubrimiento que me estaba mostrando.
- Cuénteme más cosas de estos libros-le dije-
- Están escritos con palabras sencillas pero los mensajes son muy subliminales. Me di cuenta al leerlos por octava vez, entonces empecé a descubrir cosas que a primera lectura se me habían escapado.
- ¿Cuántos años de lectura e investigación hay aquí Sr. Bastián?
- Muchos Elena, pero mil años más y todavía seguiría afirmando que ha merecido la pena.
- ¿Ves esta carpeta?-me preguntó señalando una funda de piel marrón sobre la mesa. Es mi libro.
- ¡Vaya! ¿Ha escrito un libro?
- Si, Elena, acerca de la magia del SERA
- ¿SERA? ¿Qué es eso?
- Pues son los cuatro pilares de mi libro: Salud, Exito, Riqueza, Amor.
- Continúe, por favor.
- La magia blanca existe, hay conjuros, pócimas y hechizos capaces de conseguir objetivos en esos cuatro campos. Hay muchos deseos pero todos se pueden encuadrar en uno de esos cuatro pilares.
- ¿Hay reglas en su libro?
- Sólo una. Cada persona a lo largo de su vida debe conseguir las metas y los sueños por méritos propios, pero una única vez se le podrá conceder el poder de pedir un deseo a través de la ciencia que encierra mi libro.
Sentí asombro ante lo que escuchaba, también mucha admiración y me lancé a querer probarlo
- Señor, quisiera pedir un deseo.
- Oh Elena. Serás la primera a quien se lo conceda entonces, para mi será un honor.
- Pues quisiera.
- ¡No!-me interrumpió. Es un único deseo en la vida, debes pensarlo más, medítalo esta noche si quieres y mañana me dices lo que has decidido.
- No necesito meditarlo, se lo diré ahora.
- Si esa es tu decisión, adelante.
-Quiero….me gustaría….¡Si, ya lo sé! Tener el don de la omnipresencia.
D.Sebastián aceptó de no muy buen grado mi petición por considerarla precipitada y con un viejo amuleto removió la pócima que preparaba para la ocasión y me la dio a beber.
Se había hecho tarde y volví a casa deprisa, tenía cosas que hacer y no sabía si la pócima había hecho su efecto. Pronto descubrí que si había funcionado. Estaba en casa preparándome el examen para la Universidad cuando me di cuenta que debía ir al supermercado y sin moverme de casa estaba en la sección de charcutería llevando un carro lleno de víveres. Al mismo tiempo me presenté por sorpresa en casa de Paula y le llevé el catálogo de oferta del súper y como aún me sobraba tiempo para mí y con las prisas había dejado en casa de D.Sebastián, fui allí a recogerlo. Todo a la vez.
- Esto es maravilloso-pensé- y me reí a carcajadas, me reía de mi poder, de mi don, de todo mi tiempo.
Pero he de reconocer que las risas duraron poco. Esa misma noche no pude dormir, en mi cabeza no paraban de sonar sirenas, gente que hablaba, dos discutían y otros se divertían en una discoteca. Gente lloraba su pérdida y otras imploraban súplicas. Todo al mismo tiempo, la cabeza me iba a estallar y creí volverme loca.
A la mañana siguiente le conté al Sr.Bastián lo eficaz de su libro, pero que no podía vivir con ese don.
- Elena, te dije que lo pensaras.
- Lo sé, pero no podía imaginar que fuera así.
- Lo siento.
- Bueno, gracias por sentirlo, pero quíteme este mal.
- ¿Recuerdas lo que te dije? Sólo puedes pedir un deseo en la vida, lo demás lo conseguirás por tus propios méritos.
- No por favor, ayúdeme. He cometido un error y no sé cómo solucionarlo.
- Verás, debes tranquilizarte. Te diré que tu padecer actual tiene remedio pero tienes que encontrarlo tú sola. Y otra cosa, no podrás contarle a nadie lo que te está pasando.
- ¿Pero cómo?
- Quisiera ayudarte más, pero no puedo. Sólo te diré que pienses en tus virtudes y también en tus defectos y entre estos últimos mires a ver cuál te ha llevado al problema en el que estás ahora metida, y lo enmiendes.
- Me está diciendo que convierta un defecto en una virtud.
- Si, es otra manera de decirlo.
La tarde cayó rápida, más de lo que yo quisiera y comencé a escuchar de nuevo esas voces, los ruidos, llantos, risas…hablaban en todos los idiomas, era incapaz de reconocer ninguna de esas voces.
De pronto me encontré haciendo un recorrido a mi vida, una trayectoria en la que trazaba los enfados causados a mis padres, las peleas con mis hermanas, las ocasiones en que hice llorar a los demás y las que me habían llevado a no dirigir la palabra durante días a los amigos. Pero nada encajaba en mi problema, no veía la causa-efecto.
Dª.Concha me había llamado por teléfono, me dejaba el recado en el contestador de que fuese a su casa a verla.
- Buenas tardes Dª.Concha ¿Cómo está?
- Bien hija, pasa.
- No, verá, hoy tengo prisa, tengo cosas que hacer. Sólo quería comprobar que seguía bien, hace días que no hablo con Paula ni sabía de usted.
- Hija, he comprado unos dulces, quédate y te preparo café.
- No, lo siento. Adiós y gracias.
- ¡Eres muy impaciente! Siempre lo has sido.
Iba camino a casa, no quería hacer uso del reciente don y di un largo paseo por el camino que ladea el río. De pronto, me di cuenta de lo que debía hacer. El defecto que debía mejorar era la impaciencia. No supe ser paciente con Dª. Concha ahora mismo al igual que otras tantas veces en mi vida y tampoco supe ser paciente cuando me lancé a pedir un deseo sin meditar los pros y los contras que podría ocasionarme a mi y a mi entorno.
Hice una lista de cosas que debía hacer para fortalecer la paciencia y debilitar la impaciencia y descubrí que aunque con pasos lentos, lo iba consiguiendo. A medida que lo conseguía,la omnipresencia incontrolada del mundo entero que vivían en mi sien iba desapareciendo.
Me desperté con más ganas que nunca de ir a casa del Sr.Bastián, anoche no había ni una sola voz en mi cabeza, dormí plácidamente y de un tirón.
- Buenos días Elena y enhorabuena-me dijo D.Sebastián- nada más verme
- Buenos días señor ¿Por qué me da la enhorabuena?
- Porque has conseguido que desaparezcan esas voces
- ¿Y usted por qué lo sabe? No se lo he dicho a nadie, y ocurrió anoche.
- Lo sé porque el don de la omnipresencia ha vuelto a mi libro.
- Quítelo de ahí señor, puede hacer mal a otras personas.
- A ti no te ha hecho mal alguno.
- ¿Cómo dice?-pregunté incrédula de si había escuchado bien esas palabras-
- Tú sigues el camino de tu vida con un defecto menos y una virtud más.
- Pero D.Sebastián-empecé a decir cuando él me interrumpió-
- Las grandes decisiones requieren grandes meditaciones. Debemos ser consecuentes con el camino elegido.
Y dicho esto fue a su laboratorio.
Reflexioné sobre lo que me acababa de decir. Nada fue en balde, había aprendido una lección y algo me decía que no sería la última que aprendería a su lado.


Texto de claraluz agregado el 04-02-2006.
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