SOMBRÍO SECRETO
El “Negro” Malatesta tenía un sombrío secreto que guardaba celosamente desde hacía varios años, y que lo hacía agudamente infeliz. El “Negro” Malatesta, evitando a capa y espada que se enteraran, fundamentalmente, los atorrantes de sus amigos, ponía huevos. Igual que las gallinas o que las avutardas.
Todo comenzó el infausto 6 de agosto de 1971, y desde ese día, todos los 6 de agosto, sin maliciar siquiera hasta hoy el incognoscible por qué, el “Negro” Malatesta ponía un huevo.
Una hora estricta antes de desovar, espontáneamente comenzaba a batir los brazos con cierta elegante cadencia, poniendo las manos bajo los sobacos y entonando un cloqueo gutural y molesto, estuviera donde estuviera. Esto, obvio es decirlo, lo hacía poner fatalmente frenético. Pero lo innegablemente intolerable para su vergüenza era que, soltado ya el bendito huevo, sentía unas ganas apremiantes de cacarear a viva voz, importunando a los vecinos y, para su mayor desgracia, llamando poderosamente la atención; por lo que después del tercer óvulo con cascarón traído al mundo, trató de armar los nidos lo más lejos posible de cualquier lugar habitado.
Un día antes armaba primorosamente el cubil. Con mucho celo buscaba un lugar tranquilo, solitario y oculto de la vista y el alcance de posibles predadores y testigos (generalmente en montecitos aislados, galpones de mala muerte en desuso, o derruidas taperas), amontonaba pajas, mantas viejas, las plumas más suaves y tibias que podía encontrar, se bajaba los pantalones y los calzoncillos, se sentaba en cuclillas, hacía un pequeño esfuerzo y, ¡plop!, el flamante huevo ya era una realidad en este valle de lágrimas…
En la actualidad se computan 34 huevos los que el “Negro” ha dejado por los alrededores de Paraná, buscando, sobre todo, no despertar suspicacia en los que lo veían por primera vez en el lugar elegido para el desove, andando de un lado para otro con manojos de paja y mantas viejas bajo los brazos y un suave plumerío en las manos.
De los 34 huevos, 33 son de cáscara colorada y uno, primorosamente el que puso en Aldea Spatzenkutter, blanco.
El “Negro” Malatesta sufría acerbamente y en silencio. Para terminar con su cruz tomó pastillas de cuanto color había y hay en el mercado farmacéutico, se hizo hipnotizar, se practicó acupuntura y digitopuntura, se sometió a la radiestesia, probó con las flores de Bach, y todo lo que pudo considerar que servía para dejar de ser un ponedor de huevos… Nada surtió efecto sin embargo: los 6 de agosto, sin falta, el huevo pujaba desde la profundidad de su esencia, cabezudamente, hasta que, ¡plop!, salía.
Un día, no hace mucho, no aguantó más y, casi al borde del suicidio o la locura, le contó su infortunio a uno de sus amigos, el rubio Ángel Zacarías. Lo eligió a él y no a otro por considerarlo el más adecuado para entenderlo, sin saber ni preguntarse por qué.
Ángel lo escuchó dispuestamente y en respetuoso silencio. La charla posterior a la atormentada confesión fue así:
-¿Te duele cuando pasa? –preguntó Ángel, considerado.
-No, ya no. Los primeros tres sí… Fueron un parto.
-Precisamente.
-¿Precisamente qué?...
-Fueron un parto.
-¿Vos me estás cargando a mí?
-No. Te aseguro que no… Nada puede estar más lejos de mi intención que tomar con bellaquería y chacota lo que me estás contando. Nada.
-¿Y entonces?...
-¿Entonces qué, “Negro”?...
-¿Por qué me salís con lo del parto?... Parto tienen las mujeres, boludo.
-Y vos.
-¡Yo soy hombrecito; bien hombrecito, che!
-Sí, nadie lo duda… Y sin embargo ponés huevos.
-¡Pero únicamente los 6 de agosto!
-… Y poner huevos es un parto para las aves.
-¡Pero yo soy un hombre, Angelito! ¿No entendés?
-Un hombre que pone huevos.
-Sí, es verdad, pero…
-Está bien, está bien, basta… Yo quiero ir a otra cuestión cardinal. Por eso cité con empeño y rigurosidad la palabra “parto”. ¿Vos me podrías prestar oídos sin ponerte vehemente?
-Sí.
Ángel hizo silencio durante un tiempo que al “Negro” le pareció eterno. Miró fijamente a lo lejos, y los ojos se le llenaron de lágrimas que luego desbordaron por sus mejillas. Al “Negro” se le quebró el alma.
-Bueno, Angelito, no te pongas así… Si ya estoy acostumbrado, hermano. Te lo conté porque no daba más… En realidad no sé ahora para qué te lo conté… No te pongas mal, por favor… ¡No llorés, pelotudo!
-¡Mamá!...
-¿Qué?...
-¡Mamá!...
-¿…?
Angelito llenó de aire sus pulmones en un suspiro que lo desahogara, trató de templarse y preguntó por fin:
-Decime, “Negro”, ¿vos pusiste una vez un huevo blanco al lado de la gruta que está al costado de la iglesia de Aldea Spatzenkutter?...
-Sí. Fue el único huevo blanco que puse en mi vida. Todos los demás, antes y después, han sido de cáscara colorada.
-¡Yo nací de ese huevo!...
-¡Qué!
-Sí. Yo nací de ese huevo… Después me adoptó la familia Zacarías, me cuidó como a uno más de los suyos, y guardó el secreto para evitar habladurías y protegerme de las crueles bromas de los otros niños en la escuela.
-Pero, Angelito… Vos sos un hombre grande y…
-Es que los genes avícolas crecen con un ritmo diferente al de los humanos. Lo aprendí cuando buscaba una explicación existencial en www.pollitos.com.az…
-Entonces…
-Sí. Soy tu hijo.
Esta vez fue al “Negro” Malatesta al que se le llenaron los ojos de lágrimas y el alma de emoción.
-¿De verdad? ¿No me lo decís para…?
-¡No! De verdad.
-¡Dame un abrazo, hijo!... Pero antes una cosa…
-Lo que quieras.
-¿En vez de mamá, me podés decir papá? Es por… Bueno, vos sabés…
-¡Papá!
El “Negro” lo abrazó, Angelito respondió enternecido, radiante, feliz al abrazo, y se fueron juntos para el lado del Parque Urquiza, parando cada tanto a escarbar en los canteros de las veredas, libres por fin del peso que agobiaba sus espaldas, buscando lombrices y gusanitos, tirando la tierra hacia atrás con los pies.
Desde ese día, el “Negro” Malatesta y Ángel Zacarías tienen un fúlgido secreto que defienden perseverantemente de los atorrantes de sus amigos. Desde ese día, el “Negro” Malatesta es, por fin, un tipo satisfecho de la vida.
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