Carta Primera
Señor General Jorge Maschi:
Se preguntará por qué razón mis líneas lo tienen como destinatario. El motivo es más turbio que mi voluntad. Sé muy bien que la vida nos ha separado; nos ha mantenido anónimos y distantes por pequeñas diferencias surgidas de otros tiempos. Aunque no he sido del todo grato, espero que comprenda mis razones; a estas alturas de la vida no podemos dejar que primen viejas disputas del pasado. La gente cambia con los años y yo he cambiado mucho; según creo, el motivo de mi cambio radica, entre otras cosas, en las dificultades que la vida supo plantearme a lo largo de mis años. Seguramente usted también ha cambiado y no podemos a estas alturas actuar según antiguos criterios malevolentes. Usted envenenó a mi perro, pero le garantizo que lo comprendo y no le guardo rencor; en alguna parte entre la desaparición repentina de su bicicleta y la enorme difusión pública de mis relaciones íntimas con su hermana, es perfectamente comprensible que se haya encontrado en la necesidad de propinarme un escarmiento. Le garantizo que los insultos y algunas golpizas que me hallaron como artífice y mentor, según su criterio, no han sido otra cosa que obligaciones del status adquirido; resultando así partícipe necesario de las calumnias hacia su persona.
En muchas ocasiones le he enviado misivas disculpándome de corazón sin recibir respuesta por su parte, salvo el arreglo floral y la tostadora que me enviara con motivo de mi matrimonio. Aunque no sé en realidad si el verdadero destinatario de aquel presente era yo, por mi calidad de viejo amigo, o Mariela, en su calidad de viejo amor imposible. Yo sé que usted ha hecho comentarios malintencionados en algunas reuniones sociales; como por ejemplo que yo en realidad, desposé a Mariela para alejarla de usted, por capricho. Le garantizo que no fue así; aquellos ocho meses que duró nuestro matrimonio sentí verdadera adoración por ella. Sé también que me culpa por su viaje sin retorno a la madre patria.
Para que vea usted que mis intenciones son sinceras, le haré una confesión; sobre un tema en particular que aún hoy ha de velar su sueño: el incendio de su casa del árbol y la subsiguiente pérdida de su invaluable colección de estampillas, o por decirlo de un modo trágico, la muerte irremediable de su alta pasión por la filatelia. Regresando al origen de la confesión; esta maquiavélica, o nerónica obra fue realizada, más allá de lo que usted pueda creer por dos entes siniestros: el “gordo” Mujica y el “colorado” Laine. Aunque fui convidado a participar de aquel acto, mi conciencia, mi varicela y mi madre no me lo permitieron.
Más allá de viejas confesiones de un tiempo remoto, le escribo para dar cuenta sobre los extrañísimos hechos en los que me hallo sumido. Le escribo a usted después de tanto tiempo, pues considero que no tengo en el mundo otra persona a quien pueda yo contarle lo sucedido y que, a la vez, los juzgue con imparcialidad. Tal vez, mientras narro a usted los hechos, pueda yo comprender en parte todo cuanto me ocurre.
Incluso este relato dará viva cuenta de que he cambiado, y probablemente se convenza como yo de que estoy siendo víctima de un atropello. De pronto en el camino usted descubra mi inocencia y, por su envestidura, pueda hacer por mi algo que me libere.
Le cuento que no dispongo de mucho tiempo para escribir. Los momentos en que puedo hacerlo son brevísimos y confusos; le garantizo que no podría hacerlo de no contar con la complicidad de un vigilante que asegura conocerlo personalmente. Él irá, de acuerdo a mis progresos, haciendo llegar a su persona las cartas que voy concluyendo; en las que relataré la historia de los acontecimientos y mis pesares.
Voy a ir al grano para no aburrirlo en reseñas
Todo empezó de una manera fortuita, inexplicable. Aún hoy no consigo ver con claridad qué circunstancias pueden haberme traído hasta aquí. Era la mañana del 28 de Mayo del ´76; regresaba yo de la panadería de Pastorutti, con las mediaslunas aún calentitas para disfrutar de un mate bien mandado. Al girar en Reconquista me encontré con un verde bólido y un puñado de soldados portando sus FAL; el tanque de guerra no me intimidó, pero usted sabe que el metal negro de los fusiles me espanta, como cuando la libertadora; no sé si recuerda, volviendo de la escuela nos topamos con los soldados y yo terminé de bruces en la vereda por el pánico. Continúo. Giré en Reconquista con las mediaslunas en una mano y las llaves del edificio; intenté no prestar mayor atención a los soldaditos, pero una corriente helada me subía por la columna. Pasé de largo, aparentemente indiferente y uno de ellos me detuvo.
-Dónde va?.
El frío alcanzó mis sienes y el mocoso debe haberlo notado.
-Se siente bien?
Hice fuerza para responder normalmente; incluso armé tres o cuatro frases posibles y escogí entre todas la más austera u menos sospechosa.
-Sí, por supuesto- dije.
Detrás del muchachito que me hablaba, otro aparentemente menos preocupado por mi condición y más por mi paquete de mediaslunas me dijo
-Qué lleva en la bolsa?-
-Facturas. Para el mate- respondí.
Le garantizo que el mocoso de mierda hizo un gesto que ni vale mencionar, bajó su fusil cargado en bandolera y me apuntó sin más.
-Abraló- me intimó, y agregó un llamado a un oficial o suboficial, lo mismo da. Sargento, Teniente, o algo así. No lo recuerdo porque el pánico de verme apuntado me paralizó los sentidos.
Desde atrás del tanque, un hombre más gordo que robusto, de grueso bigote y adusta mirada se acercó empuñando la Ballester Molina. Le garantizo que si el hecho de verme apuntado con un fusil me intimidaba sobremanera, el estar apuntado ahora por dos armas me hacía temblar.
-Por qué está tan nervioso?- me preguntó el del bigote.
No respondí.
-Le pedí que abra el paquete y no quiere abrirlo- dijo el muchacho.
-Son solo facturas- dije con la voz en un hilo.
-Hoy no se puede confiar en nadie ni en nada. Dicen que son facturas y es una bomba y pum!- el tipo puso tanto énfasis en la onomatopeya que me sobresalté. Con mi sobresalto, el gordo también se asustó y me puso el caño de la pistola en el pecho.
-Soltá, carajo- dijo quitándome la bolsa de la mano.
Solté. ¿Qué más podía hacer?. Abrieron la bolsa frenéticamente y descubrieron tan sólo la docena de facturas.
-Decía la verdad, son facturas- dijo otro mocoso.
El bigotón me miró, enfundó el arma y me dijo
-Ya puede irse.
-Podrían, por favor, devolverme mis mediaslunas?- dije tímidamente.
-Considérelo una contribución de su parte al Proceso.
-Pero son mis mediaslunas- dije un poco más tranquilo.
-No seas miserable. Una docena de facturas. Nosotros nos rompemos el culo para que gente como vos viva en paz sin subversivos.
-Yo no les pedí ningún favor.
Le juro que cuando dije esto al tipo le cambió la cara. Ya de por sí era bastante horrenda, pero le aseguro que su nueva expresión era monstruosa. Desenfundó nuevamente su arma y me la hundió en el pecho.
-Qué te pasa?. Sos montonero?. Estoy atropellando tus derechos?.
No sé por qué motivo pero del alma me surgió la estupidez.
-Sí- dije. Le garantizo que se enloquecieron.
El bigotón y los mocosos me rodearon y me obligaron a tenderme en el piso.
El gordo me pisó la mano como quien apaga un pucho mientras uno de los soldaditos me lastimaba la pantorrilla con la bayoneta del FAL.
-Tus derechos?- Dijo el de mayor rango –Hijo de puta. Derechos te voy a dar. Derecho a la medialuna.
Todos rieron. Le aseguro que me oriné del miedo.
-Cagate también; hacela completa.
Reían aún más.
-Por culpa de hijos de puta como vos este país se fue a la mierda.
Me tomó del pelo y me levantó de un solo tirón.
-Dame tus documentos- dijo.
Sin hacerme rogar le extendí la cédula.
-Roberto Gaitán- dijo leyendo mi nombre en voz alta –y a qué mierda te dedicás Gaitán?.
-Soy profesor.
Uno de los chicos me hincó con fuerza la bayoneta, casi hasta herirme. Me desgarró el saco.
-Yo tuve un profesor Gaitán, de Literatura que me desaprobó en cuarto año. No serás vos?- me intimó mientras continuaba presionando con el afilado metal.
Con el coraje propio del dolor giré y lo miré a los ojos.
-Yo soy profesor de Física y Química.
El gordo me giró el rostro hacia él tomándome del mentón.
-Física?. Ustedes no son los que enseñan sobre la cuba hidrolítica?. Una vez vi en una librería un libro de física que decía eso. Me parece que te vas hundiendo, Gaitán; cagándole la cabeza a los pibes con cubas y esas cosas.
Me golpeó con el arma en la mejilla y me abrió una herida.
-Mejor andáte antes de que me arrepienta y te meta adentro o te pegue un plomazo.
Me fui de allí a paso ligero sin darme vuelta por el miedo. Apenas a treinta metros entré en mi edificio; subí hasta mi cuarto y por la ventana observé como aún reían y saboreaban mis mediaslunas.
Pero ese es sólo el principio.
Carta Segunda
Continúo relatándole mi historia. Espero esté acumulando mis cartas para, al final, comprender cómo fueron sucediéndose los hechos que me trajeron hasta aquí.
Le decía sobre el final de la anterior, que subí a mi cuarto y los observé por la ventana. Mónica, mi actual esposa (porque volví a casarme y, aunque le parezca mentira, pareciera que la vida me está devolviendo todos los desplantes; ahora que yo quiero con adoración, en ocasiones, ella me es hosca e indiferente) no estaba en casa. Con un repentino arranque de ira fui hasta mi mesa de noche y tomé el Colt pavonado. Imagínese que estúpida mi actitud: con un revólver pretendía sofocar aquella vergüenza frente a seis militares armados con fusiles. Cavilé un instante: debía matarlos a todos, uno a uno; protegiéndome de no ser herido ni fallar un solo disparo; al cabo seis balas son precisamente cuantas carga en cilindro. Ideé la táctica, planeé la estrategia y, finalmente, me sumí en la más insostenible angustia. Dejé el arma sobre la mesa y me dispuse a dormir.
Enseguida llegó Mónica.
-Hay soldados abajo- dijo –los viste?.
-Sí, los ví.
Al descubrir el arma sobre la mesa se sobresaltó.
-Qué estiviste haciendo con el revólver?.
-Nada, sólo estuve limpiándolo.
Le garantizo que mi argumento no debe haberla convencido, porque tuve que soportar infernal sermón sobre realidades y rutinas, sobre mantenerse tranquilo mientras las cosas pasan.
-Me voy a la escuela- dije interrumpiéndola.
-Siempre escapándote por la tangente.
-Tengo clase a las nueve. Acaso creés que voy a faltar al trabajo por escuchar tus conjeturas?.
Le aseguro que mi hostilidad nada tiene que ver con el verdadero sentimiento que me une a ella. De veras que la amaba, incluso sé que hoy la amo; pero por aquellos días nuestra relación pasaba por un período complejo: sus salidas en la noche, su abierto deseo de libertad, los llamados frecuentes, sus sonrisitas cómplices al teléfono. Le juro que por entonces me convencí de que me engañaba. Y le digo que me convencí hasta tal punto, que si en algún momento me lo confesaba, no podía herirme como si nunca lo hubiese imaginado.
Salí a la calle. En la esquina todavía estaban los soldados que gritaban y se reían de mi.
-Gaitán. Te cambiaste los pantalones?.
Tuve el deseo de regresar por mi arma y quemarme al menos a uno, aunque me lloviera plomo. Pensé en recoger el revólver, acercarme a ellos con las manos en los bolsillos y darle a quemarropa al bigotón; en el pecho, bien de cerca, como él me había apuntado.
Esperé el colectivo en la esquina silbando para olvidarme de las ideas locas que mi cabeza tramaba. Tardó en llegar. Me subí y sólo hallé disponible un asiento detrás del chofer. Ya por libertador, cerca de la ESMA, subieron dos marineritos uniformados; aparentemente no cargaban armas ni rangos, su expresión era neutral. Se pararon justo a mi lado y prestaban particular atención a mi herida fresca del pómulo; comentaban algo al oído y yo trataba de distraer mi atención. Nunca tuve repulsión a los uniformes, pero los hechos de aquel día cambiaban ese punto.
En un momento, un hombre que estaba de pie, al fondo del colectivo, se me acercó y me llamó tocando mi hombro:
-Señor. Acaso no se ha dado cuenta de que hay dos servidores de la Patria?.
Lo miré con desprecio e hice un comentario irónico
-No. En dónde?
Los jóvenes me observaron con detenimiento, hasta el punto de incomodarme.
-Tenga la bondad, señor- continuó el hombre –de dejar libre su asiento para que dispongan de él; la tarea de cuidarnos ha de ser agotadora.
-Cuidarnos? Já.
-Señor; por última vez lo sugiero- dijo mientras ya podía sentir el recientemente conocido roce de una pistola contra mi tórax.
Podría decirse que el aquel vehículo había tantos partidarios de mi causa como contrarios a ella. Todos cuchicheaban por lo bajo. Me puse de pie.
-Ahí tienen su asiento- dije
-Siempre es bueno que la gente sea considerada dijo el hombre y regresó al fondo.
Uno de los muchachos caminó un par de metros hasta donde estaba una señorita bastante atractiva; la tomó del brazo y la acompañó hasta el que, hasta hacía escasos segundos, era mi asiento.
-Gracias- dijo la muchacha.
Me bajé del colectivo unas cuadras antes de la escuela. Quería enfriarme. Los sucesos de aquella mañana no había sido del todo buenos para llegar y pararme frente a cuarenta chicos inquietos.
Al llegar a la escuela, desacostumbradamente cerrada, golpeé el portón. Se asomó el portero.
-Profesor, va a ser mejor que se vaya- me dijo con preocupada expresión.
-Cómo voy a irme si tengo clase en diez minutos?.
-Le sugiero que se vaya, de verdad. Las cosas no están bien para usted.
Le juro que lo que había sido preocupación, ira, angustia, mortificación; se convirtió en la más patética tristeza.
-Qué pasa, ahora?
El portero me miró como si no estuviera muy convencido de decírmelo.
-Acérquese- me dijo en voz baja. Yo me acerqué con curiosidad. –Se lo vincula con Montoneros. Va a ser mejor que se vaya hasta que se aclare todo.
-Pero de dónde mierda sacaron eso?. Vos sabés bien que no tengo nada que ver.
-Yo lo sé, pero ellos no. Están interrogando a sus alumnos. Arguedas dijo que en clase usted habló a favor de la lucha armada.
-Pero eso no fue así.
Por el pequeño cuadrante vi que hombres uniformados abandonaban la oficina del director. Me di vuelta y comencé a caminar despacio hacia el bajo. Mientras caminaba me detuve a pensar en lo que Arguedas había dicho; si bien no era del todo cierto, tampoco lo era del todo falso. Usted sabe que en un clima de revolución todo ánimo se politiza, surgen inquietudes y dudas, sobre todo en las aulas; y uno está allí para hacer mención y evacuar cuanto pueda. La pregunta que había surgido en clase era la verdadera causa de Montoneros; estúpido yo, al creer que chicos de quince años podía comprender mi versión dentro de contexto, respondí que Montoneros había surgido como una forma “congruente” de intentar la justicia social. También agregué que en un mundo despótico, la lucha armada suele aparecer como la única alternativa para ser oído. Por último, y cerrando mi discurso dije que, en realidad, Montoneros había extraviado su causa primordial y su lucha era simple carnicería. Pero como usted sabe, los chicos fijan sólo lo que les interesa.
Saliendo de mis cavilaciones busqué un teléfono público para llamar a casa. Si era cierto que me buscaban no podía regresar; aunque le juro que en mi razón no cabía la posibilidad de que en realidad me estuvieran buscando por una confusión. En definitiva sólo era cuestión de aclarar algunos puntos.
No tenía cospeles para el teléfono, como siempre pasa en las urgencias. Fui hasta el bar D’ Gregorio, donde solía reunirme con otros profesores por los tiempos en los que aún se podía. Llegué y la viuda me pidió que me fuera. Me dijo que ya me había buscado por ahí.
No me pregunte por qué, pero corrí. Me alejé corriendo como nunca; escapando de una confusión irremediable que me estaba llevando a la locura en una sola mañana.
En una esquina detuve mi marcha. Sentí que el tipo que estaba en el kiosko de diarios me observaba obstinadamente, escrutándome. Estaba sudado y desprolijo; era lógico, después de todo, que me observaran con desconfianza. Por el lugar en el que estaba no se me ocurrió más que ir donde el viejo Pesota; no sé si usted lo recuerda, el bicicletero; ahora vive en Saavedra. Corrí a esconderme en su casa pero no hallé a nadie. Al voltear descubrí al hombre del kiosco.
Compré cospeles en la estación y llamé a casa. Mónica me atendió espantada sin dejarme hablar.
-Dónde estás?. Te están buscando. Dicen que agrediste a un oficial esta mañana y que en la escuela incentivaste a los chicos a la lucha armada. Además vinieron a casa; entraron por la fuerza y encontraron tu revólver y el libro de Perón. Te acusan de montonero, Roberto.
Las novedades no me asombraban demasiado, salvo la velocidad a la que se había difundido mi presunta agresión.
-Calmate Mónica. Sabés que es una confusión. Se va a aclarar todo.
Colgué el auricular y me alejé del teléfono sumido en un estado que no podría definir con palabras. Renté una habitación en un hotelucho de mala muerte, cerca de ahí. Después de todo, escapar teatralmente, alejándome demasiado levantaría sospechas. Debía pensar.
Pensé en entregarme. Esa sería una buena forma de demostrar que no tengo nada que ocultar. Salvo el libro de Perón todo tenía una explicación lógica; pero eso inclusive era explicable. En este país tan cambiante... En otra época hubiese sido delito no tener al menos un libro de Perón. Nunca fui peronista, pero me intrigó por aquella época saber quién había sido aquel hombre en realidad. El arma?. El arma era de mi padre; todos tienen armas; eso no supone que por tenerla uno vaya a usarlas para matar a alguien. Y la agresión. Yo no agredí a nadie; fui agredido.
En esas cavilaciones me dormí; como siempre que me sucede algo que obnubila mi razón.
Carta Tercera
No me pregunte usted cuanto dormí. Lo que sé es que me desperté en la noche y decidí abandonar la habitación. Salí a la recepción y encontré al empleado dormido. No tenía ninguna intención de despertarlo, por lo que sólo dejé las llaves sobre el mostrador. Imprudentemente olvidé la cédula que dejara como garantía al ingresar; pero ya podría volver más tarde por ella.
La calle estaba desierta. Caminé hasta Libertador sin pensar en nada, o en todo. Paré un taxi y como un autómata le indiqué la dirección de mi casa sin pensarlo. Recién al llegar comprendí lo que había hecho. En la puerta del edificio permanecía estacionado un Falcon verde; en su interior cuatro personas dormían. Comprendí que era demasiado peligroso intentar entrar. Le indiqué al taxista una dirección en Flores, la casa de una tía que hacía tiempo no veía. Me bajé en la esquina porque noté que el hombre sospechaba algo; el repentino cambio de dirección ante la presencia de los militares. Le pagué y esperé a que arrancara para caminar hasta la casa.
Durante veinte minutos toqué el timbre hasta que salió mi primo. Se restregó los ojos sin salir de su asombro.
-Roberto!- dijo –Qué hacés por acá a esta hora?; le pasó algo a la tía Ofelia?.
Es lógico, como siempre pasa, que ante la visita inoportuna de un pariente distanciado en el tiempo, uno sospeche lo peor.
-No- dije –Quedate tranquilo; es por mi.
Me hizo pasar y le comenté brevemente lo ocurrido.
-Lo mejor es que te entregues para aclarar las cosas- me dijo.
Si bien yo también lo había pensado en algún momento, dadas las circunstancias, no confiaba en la imparcialidad ante las revelaciones.
Esperé la luz del día para salir. Volví a llamar a casa esperando que Mónica estuviese más tranquila; pero recibí otra vez la perorata. Aunque le garantizo que con algunos extras impensados por mi: ahora se me vinculaba con la fuerza de choque de montoneros, con el primer frente armado; se me vinculaba, entre otras acciones armadas, con la voladura de una comisaría en algún lugar de la provincia. Incluso se decía que por mi conocimiento en física y química, era yo quien muñía al grupo de explosivos.
Me sentí agobiado. Cómo podría yo, solo un hombre, ante un sistema de facto, totalmente parcial, argüir mi inocencia.
Finalmente me desmayé en la avenida. Abrumado.
Desperté horas más tarde en una celda; en esta celda desde la que le escribo gracias al guardia de la noche.
No sé por qué razón recibí la visita de Mónica; o mejor dicho, no sé cómo hizo para enterarse, aunque lo descubrí más tarde en la conversación. Ella, a pesar de mi crítico momento, en el que mi vida se había derrumbado por completo, me confesó su infidelidad. Pero no crea usted que el hecho fue casual; sacó a colación aquel romance oculto porque tal vez, su amante, pudiera hacer algo por mi. A diferencia de lo que yo creía la infidelidad en sí misma no me importó, o mejor dicho, no desde lo emocional; en todo caso mis problemas eran mucho mayores. El amante de mi mujer era un oficial de alto rango, un general para ser más preciso; aunque no me develó su nombre. Ella me dijo que haría todo lo posible para aclarar todo para que él me devolviera mi libertad.
Imagine usted la ironía; depender de mi rival para recuperar mi vida.
Entretanto yo, por mi cuenta, lo intento por su vía; sé que usted, a pesar de las disputas de infancia, sabrá comprender que no merezco este tormento. Incluso he oído que la gente que es trasladada de esta comisaría, ya nunca regresa. Le garantizo que temo por mi vida; mis traslado está programado para mañana.
Ruego su clemencia. Ruego su perdón de antaño. Ruego su gestión, Señor General.
Carta Cuarta
CONFIDENCIAL
Buenos Aires, 19 de Junio de 1976
Ejército Argentino:
Att. General Jorge Andrés Maschi
Séptima Brigada de Infantería
General:
Habiéndose cumplido lo dispuesto por el Tribunal
Que el ciudadano Roberto Arquímedes Galván, reo de nuestra institución, ha sido ejecutado según lo dispuesto por el Tribunal Militar según lo establecido por los representantes del Proceso de Reorganización Nacional por los cargos de:
Resistencia a la autoridad, Agresión contra un representante del Proceso de Reorganización, Difusión de Propaganda Subversiva, Terrorismo contra el Estado Nacional y Traición a la Patria. Dando calidad de improcedente a su solicitud de desechar cargos.
Asimismo informo que este Tribunal ha previsto las salvaguardas para Ismael Arguedas, alumno del mencionado. Mónica Levingston de Gaitán, esposa. Leonidas Morante, director del establecimiento educativo y demás informantes sobre el específico.
Sin otro particular me despido de Usted.
Patrióticamente.
Mayor Julio Manuel Deza
Secretario Estado Mayor Conjunto.
El General Maschi dobló la hoja membretada con el escudo nacional, la ensobró y la deslizó por la ínfima brecha del cajón abierto. La puerta del despacho se abrió de pronto. Una mujer ingresó corriendo y lo abrazó con los ojos llenos de lágrimas. Se separó unos centímetros y lo observó a los ojos.
-Lo hicieron- dijo –se lo llevaron-
-Ya lo sé, Mónica; ya lo sé. Hice todo lo que pude. Ahora sólo nos resta pensar en nosotros.
La tomó fuertemente contra su pecho, ella lo rodeó con sus brazos.
Con la mirada puesta en la puerta, el General esbozó una maliciosa sonrisa. Su pensamiento nunca había sido tan limpio en años; sus rencores de niño escapaban de su mente liberándolo todo. “Jamás creí que pudiera ser tan fácil”, pensó y besó a Mónica en la frente.
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