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Inicio / Cuenteros Locales / eaco / La traicion a Judas

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:181043]

Aún no amanecía.
En el pequeño cuarto de la rústica cabaña comenzaban a oírse voces, o, como arriesga la mayoría, las voces no habían cesado en toda la noche. El alumno apoyó su oído contra los vetustos maderos de la puerta. El corazón le palpitaba por tan importante empresa. Oyó pasos en su dirección y corrió a ocultarse detrás de los hierros cruzados del horno de pan, procurando ocultar su perfil tras las sombras, pero dejando un ojo expectante hacia la portezuela.
El Maestro dejó el cuarto; junto con él salió de la habitación un aroma particular: el injurioso olor del sexo, mezclado con una tenue fragancia de incienso y hachís. Tomó una fuente metálica con agua de encima de la estufa y un jarro pequeño para el aseo matutino. Estaba desnudo y las murmuraciones desde el cuarto indicaban que no estaba solo. Ingresó por el umbral de la puerta sin cerrarla.
Las ideas de fuga del discípulo se disiparon ante los hechos: jamás podría salir sin ser visto y en caso de ser descubierto después de esta escena se lo ubicaría entre los más incautos mirones.
Sobre el lecho de paja la mujer que acompañaba al maestro descorrió las mantas. Dejó a la luz de los candiles y los primeros rayos de sol que se filtraban por las hendijas del techo, su hermoso cuerpo desnudo. Sus pechos, pequeños y turgentes apuntaban amenazadores al cielo con los pezones erguidos como dagas; su plano abdomen, aparecía como una vasta llanura blanca y perfecta entre dos colinas al norte y un monte poblado de castaños bellos al sur. Giró la mujer sobre sí permitiendo al Maestro frotar su paño húmedo limpiando su cuerpo, acariciando con paciencia y pasión cada diminuto rincón de su cuerpo todo. Sus glúteos firmes eran la viva representación de la perfección anatómica, simétricos y erguidos. Una escultura de mujer, tan descomunalmente bella como criticada.
El alumno fascinado ante tal escena olvidó el motivo primordial de su tan temprana visita. -Es muy importante que lleves este recado al Maestro- le habían confiado –Su propia vida corre peligro-.
-Peligro- se dijo y reaccionó de su embotamiento lascivo. Se arrastró pegado al suelo de cieno y se dirigió a la salida. Regresaría en escasos momentos, cuando hubiese acabado el Maestro la ceremonia matinal. Se puso de pie a las puertas de la cabaña y tomó rumbo hacia la costa tanteando en su morral el trozo de papiro que le fuera entregado.
Caminaba lentamente. De pronto oyó que lo llamaban.
-Judas!- Volteó en dirección a la voz con temor. Temor que se disipó al tiempo que descubrió en aquel rostro a alguien cercano. Sonrió.
-Qué haces merodeando la casa del Maestro antes del alba?-
-Una coincidencia me trajo hasta aquí, un sueño, nada más- reveló.
-Un sueño. Ya veo. Y qué hace vuestro maestro?. Imagino que duerme aletargado o es que acaso desveló su sueño en compañía de la puta?.
-No lo se- respondió –La cabaña permanece en silencio y no pude más que continuar mi camino para no perturbarlo.
-Qué gesto tan noble de tu parte. El fiel Judas Tadeo tiene un sueño revelador y va en busca del Maestro que duerme. Así nada más.
-Así nada más- dijo –Ahora si me perdonas...
-Irás por pescado fresco.
-Justamente.
Giró sobre sus talones y emprendió el camino hacia la playa donde las pequeñas barcazas orillaban abarrotadas de pescado.
Se sentó en la arena hundiendo sus pies en el frescor húmedo y tomó el pequeño retazo de papiro sobre el que sólo había un dibujo. Un triángulo perfecto con una reseña en cada vértice. Lo arrugó y lo devolvió al morral. Se detuvo a pensar en las palabras del Maestro de la noche anterior. Acaso estaría Él convencido que él, su humilde servidor podría entregarlo?. No había manera de saberlo. La única posibilidad que cabía era visitarlo y confesar todo cuanto sabía.
De regreso a la cabaña del Maestro los ojos de Judas volvieron a cruzarse con el cínico aplomo de su compañero. Era evidente que nunca se había ido de aquel sitio. Intentó evadirlo con un simple blandir de brazos a modo de saludo. El otro se acercó con expresión misteriosa interponiéndose en su camino. No podía correr; al cabo la carrera levantaría sospechas y se detuvo.
-Dime Judas, qué te trae con tanto ahínco a la casa del Maestro?. Acaso lo has delatado como Él mismo ha predicho y ahora te sientes culpable y quieres salvarlo?. O es que tú sabes algo que yo no?.
Instintivamente llevó su mano al morral y cerró su puño en torno al papiro.
-Ya veo. La respuesta se encuentra en ese vetusto morral...
-No, es sólo que...
De pronto, de entre las cabañas más próximas una urbe desenfrenada se agolpó en torno a los discípulos. Rostros conocidos y foráneos, miradas de rencor o otras de sorpresa.
-Entrégame ese morral –dijo.
-No tengo por qué.
Un hombre robusto se lo arrancó de un solo tirón y se lo entregó al otro. Lo abrió lentamente y extrajo el papiro. Lo desdobló y se detuvo en el dibujo en él plasmado.
-Imagino que no creerás estas tonterías. Tú sabes tan bien como yo que la trinidad no puede ser completada por aquella puta. Tú, que como yo has sido forjador y partícipe en esta afrenta; perseguido por todos en busca de este ideal conciliador que Él nos ha enseñado, no puedes convencerte acaso de que el poder debe ser nuestro?. La lucidez que el Maestro tuvo algún día se desvaneció con su primer pecado, perdió la razón por una sucia vagina.
-Estás equivocado...
-Perdóname Judas, esto no es contigo. Es algo que va mucho más allá del entendimiento y la razón, incluso mucho más allá de la ley de Dios.
Fue de pronto cegado por un golpe.
Despertó ya muy lejos de allí, en el interior de una finca en penumbras, rodeado de media docena de fornidos campesinos que lo observaban con desdén.
-Agua- suplicó –tan solo un poco de agua.
El que estaba más cerca avanzó hasta el depósito y colmó una pequeña vasija, se acercó a él y con leves movimientos lo ayudó a beber. Detrás una cortina sucia se oían murmuraciones en voz baja. La voz dominante era sin duda alguna la de su compañero y explicaba a otro, quién sabe quién, algo acerca de la imperiosa necesidad de realizar lo convenido.
-Tú lo has oído- decía -Él mismo desconfía de su lealtad. Incluso aquel incidente en la sinagoga por ese puñado de monedas será motivo suficiente para condenarlo-.
-No lo sé- replicaba el otro.
-Qué es lo que no sabes?. Acaso no has luchado suficiente?. Sólo estamos pugnando por lo que justamente merecemos. Tantas noches de vigilia, escapando como fugitivos para que de pronto una miserable puta se haga con todo.
-Bien sabes que no es una puta.
-Es una buena manera de llamarla.
Judas estaba aturdido, sin poder creer lo que oía. El mismísimo discípulo era mentor y artífice de la conflagración en contra del Maestro sin saberlo. La misma confabulación de la que él iba a advertirle. Él, el humilde Judas Tadeo se desvanecía inerme mientras a voces comenzaba a circular la versión de que él mismo había entregado a su Mecías.
El confabulador corrió la sucia cortina, y se acercó a Judas. Lo observó fijamente a los ojos y le dijo:
-Ya ves. Tú que sólo querías salvarlo serás para la historia su verdugo. Tú que tanto lo adoras y veneras serás el asesino del mártir.
-Pero yo no...
-Como verás, hasta el hijo de Dios puede equivocarse. Anoche has sido decretado el asesino de hoy. Igualmente no sufras por Él, me han prometido que su muerte sería rápida.

Simón llegó corriendo desesperadamente hasta la cabaña. En su interior Magdalena cocía pan y calentaba el té. El Maestro estaba sentado junto a ella, palpando sus muslos por debajo del amplio, blanco y transparente vestido. Simón se detuvo en el acto, giró la vista hacia la portezuela para no observar los pezones a través del género. El propio hijo de Dios lo observó y soltó una risa inquietante.
-No temas Simón- dijo el Maestro –Son tan sólo senos de mujer; cimiente del sagrado néctar de la vida. Tú mismo eres por haberte alimentado de su esencia- Alzó la mano que acariciaba el muslo de Magdalena sin retirarla del delgado vestido –Y esto- agregó –es la mismísima cimiente de la vida-.
Simón se volvió con incomodidad imaginando la escena.
-Perdón Maestro, pero debo decirle algo muy importante. Su secreto ha sido revelado y vienen por Usted. Judas Tadeo ha confesado. Ha delatado el Altísimo Secreto. Debe escapar Señor.
-No temas Simón. No temas.

La puerta de la pequeña cabaña fue violentada a pesar de que jamás era cerrada con trancas. Ingresaron los hombres como una multitud de famélicos tras un banquete. En una silla, sentado y esperando en calma el Maestro no atinó a moverse. Magdalena se había retirado, también Simón. Sólo estaban el Maestro y la compañía de Su Padre. Lo golpearon, lo arrastraron y lo cargaron en andas.
Fue torturado días y noches en un lóbrego rincón del palacio. Herido una y otra vez entre tanto sus verdugos reían, blasfemaban. Él sólo los observaba tristemente, mientras Judas moría no muy lejos a manos del verdadero traidor.

La cruz se alzaba entre otras dos cruces. La supuesta multitud de espectadores se reducía a un pequeño grupo de inquietos transeúntes. El Maestro, cansado, aturdido, herido de muerte, tenía la vista clavada en el suelo arcilloso.
Una dama se acercó a los pies de la cruz.
-Resiste, amor. Resiste!- dijo.
-No debo resistirme, el destino está sellado a la continuidad de tu nombre –respondió balbuciendo.
Ella lloró. Se desplomó a los pies de la cruz y la abrazó como si se tratara del muy dañado cuerpo de su amado.
Repentinamente un hombre se acercó. Alzó del hombro a Magdalena que aullaba de dolor. Se descorrió el velo. El Maestro reconoció a Simón. Sorprendido dado el peligro que este corría al visitar aquel páramo custodiado por guardias romanos le dijo.
-Huye Simón. Lleva contigo a Magdalena y procura que nuestro mensaje de amor permanezca vivo en ella. Custódiala por esos caminos peligrosos donde sola no pueda deambular. Ella es nuestro legado de amor. Ella es nuestra Iglesia.
Simón cambió repentinamente su expresión. Sus ojos ardieron por un momento. Magdalena miró esos ojos encendidos e intentó huir. Él la tomó con una mano, sacó un pesado mazo que guardaba bajo su sotana y la golpeó despiadadamente ante los impotentes ojos del Maestro. La golpeó hasta verla quieta, muerta, inerte como una bolsa. Elevó la vista al Maestro y dijo:
-Tu me pides que mantenga vivo el legado de Tu Iglesia en la imagen de una puta. Has perdido el criterio y la cordura, Señor. Has imaginado acaso cuanto devendría de esta enseña?. El desastre, la total y completa pérdida del poder absoluto que mueve la fe. La fe en ti, en tu legado de santidad.
-Dios te perdone lo que haces-dijo el maestro con el último aliento.
-Dios no me lo perdonará, pero la historia sí!- aseguró- Yo soy Simón Pedro y sobre esta piedra levantaré Tu Iglesia, que derramará el mensaje allí donde quiera que existan los hombres.
Simón cubrió su cabeza, escupió en rostro inanimado de Magdalena, dio la espalda a la cruz y comenzó a descender del monte, dejando el páramo donde yacía la Santa Sangre fruto de su traición. Se alejó sin penas ni culpa, anhelando un destino de grandeza más allá de toda verdad posible.
El Maestro lo miraba impasible desde la cruz.
Dios había muerto.

Texto agregado el 14-02-2006, y leído por 296 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2006-02-21 20:24:19 ***** Excelente y ya. Cualquier cosa que añada es solo redundancia. Athenea
2006-02-21 01:38:24 No comparto con Lu_Folino. Se me hace que esta parametrada por su fe. Continua en este plan, es muy interesante la tematica. lucanor_bri tez
2006-02-20 16:39:38 Una idea muy personal de un tema muy espinoso. calelo
2006-02-17 02:26:36 Francamente aburrido como relato. No importa el final, no atrapa. Lu_Folino
2006-02-16 17:40:02 Muy bueno, la manera de enfocar el tema es sumamente original. ***** sorgalim
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