Juliana era una mujer hermosa, de una belleza prodigiosa y un extraño sentido del humor. La voluptuosidad de sus carnes era únicamente comparable con la dulzura de sus modos. Lamentablemente y como suele suceder, las mujeres más extraordinarias se arrojan en los lechos más funestos y nunca en los de uno.
Secretamente la amé durante años, ocultándome detrás de las in-fructuosas formas de una amistad que trascendía los límites lógicos. Soporté abatido cientos de apasionadas relaciones que trascurrían sin más ante mis ojos tristes. La vi besarse tantas veces...
Cierto día de verano imaginé que había llegado mi tiempo.
Corrió a arrojarse en mis brazos luego de una ruptura impensable. Su amado Iván, su verdadero amor, la había abandonado de la manera más ruin. Esa misma noche, mientras conversábamos y bebíamos cognac, nos acercamos demasiado y entre sus lágrimas y mi desesperación nos encontramos en un beso magistralmente cálido. Se produjo un silencio opresivo, incómodo. Esperaba el reproche o la disculpa que jamás se produjo. Ella se durmió plácidamente en mis brazos.
Me levanté del sofá y fui hasta la cocina, allí donde podría encender la luz sin perturbar su sueño, a escribirle la carta que tantas veces le fue concedida a mi razón como tantas le fue vedada a mi puño. La misma decía:
Querida Juliana:
En ocasiones me pregunto por qué demonios escribo. Las más de las veces motivado por la pasión que siempre pongo en mis ideas, en tantas ocasiones defraudadas por los hechos. Otras veces dejo fluir mis ideas no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Intuyo, es más, que la motivación del alma de plasmar ideas está ligada directamente a la necesidad de compartirlas. Hoy tal vez sea por la necesidad que siento de compartirlas contigo.
Por estos días me detuve a pensar por qué había percibido en ti un vínculo ultraterreno, una necesidad incontenible de hacerte parte de mi mundo; pero pensando detenidamente el transcurso de los hechos comprendí que no deseaba yo acercarte a mi mundo, sino formar parte del que armónicamente tu compones. Y por qué?. Porque eres parte elemental de una concepción superior.
Antes de conjeturar análisis abstractos espera a que complete mi idea. Me encuentro atravesando los umbrales de un destierro, un destierro sutil pero trascendente, irónicamente voluntario. Pero de antemano todo destierro presupone la ruptura arbitraria y antagónica de un yo menos agudo, tal vez más superficial y efímero que formará parte de un presente compuesto. Como toda ruptura (y quiero que prestes particular atención a este punto) nos eleva a un estado preeminente y superior en cuanto a lo intelectual, comenzando a moldear el transcurso de un nuevo presente sujeto a nuevos ligandos. Para tal fin es necesario hallar la complementariedad lógica que reside en un número finito de personas; este sentimiento es vulgarmente llamado amistad; pero yo arriesgo mucho más allá; yo lo designo arbitrariamente como un signo inequívoco de amor, rudimentario pero amor al fin. La complementariedad de la que te hablaba radica en dos dimensiones irreconciliables pero cuyo equilibrio es imprescindible. La primera de estas es la social, la cual se entiende como aquella a la que se debe su enraizamiento, sus proyectos concretos. La segunda es la espiritual; la que encuentra al ser humano en apertura, en su capacidad de trascender límites, en su proyecto infinito. La regulación entre ambas es sabia; en ella hay regularidades y armonías, la articulación de la parte y del todo.
Tu representas a tu modo ambas dimensiones.
A propósito de lo que conversábamos el otro día perfilé unas ideas que quiero compartir contigo. Solo quiero que sigas adelante en la lectura si en verdad me consideras tu amigo. Sino serán frases al viento y estarán mejor contenidas en un cesto de basura. De verdad encuentro en ti una complementariedad intelectual que no te imaginas. Sinceramente lo digo. Retomando lo anterior y si no estoy a estas alturas hablando con un cesto de basura.
Cuando se produce una ruptura intempestiva; como toda ruptura, inesperada, inconcebible; inicialmente nos asfixia un dolor hipotético, que no es en realidad el dolor de la pérdida sino el temor de recomenzar, la pérdida de la estabilidad. Todo comienzo presupone un desafío, todo desafío presupone un nuevo sistema que devendrá en un nuevo esquema de conducta, pero por sobre todas las cosas, de incertidumbre. Por un momento creemos que aquel dolor opresivo jamás habrá de abandonarnos, por la irremediable pérdida, por el matiz atroz que el fraccionamiento arroja sobre el equilibrio dinámico preexistente, pero a la vez nos arroja a un estadío intelectual no frecuente, a un nivel superior y más abierto. Este equilibrio es espiritual, intelectual y físico; cada movimiento entonces es regulado por un orden estricto –esto es: universal-. La ruptura de todo orden propicia el caos al que indefectiblemente seguirá otro estadío de orden más elevado, superior. El hombre difícilmente reconoce en estas condiciones que el verdadero equilibrio no radica en la preservación indefinida de una estabilidad sino la capacidad de crear estabilidades a partir de inestabilidades. La lógica no es recuperar el equilibrio anterior sino gestar nuevas y más elevadas formas de equilibrio abierto.
En ocasiones luego del quiebre, de la fractura que desmedra aquel equilibrio preexistente, el espíritu humano tiende a la superficialidad; se hace entonces trivialista, piensa y divaga en desmedro de antiguas e hipotéticamente funestas sensaciones. Inevitablemente el hombre, como todos los soñadores confunde el desencanto con la verdad; por lo tanto, para evitar esa sensación de verdad-desencanto automáticamente tiende a abolir los recuerdos sujetos a una justificación lógica. Esos recuerdos que llegan a gopear las puertas de nuestro reposo haciéndolo aciago.
Si bien es justo reconocer que la ausencia con carácter permanente de ciertas personas (no en cuanto a ausencia física, sino en cuanto a ausencia espiritual; la ausencia del contacto visceral, del metódico y controlado dar y recibir “amor”) subyuga y atemoriza, sobre todo cuando vienen a la mente gratos momentos compartidos en el pasado, también ingratos; incluso cuando en caracteres blanco grisáceos sobrevienen también los mutilados proyectos del futuro. Aquí llegamos a un punto importante. ¿Qué duele en realidad?. ¿La nostalgia del pasado, la ausencia del presente o la desintegración del futuro?. El verdadero problema del hombre consiste en que ha salido en busca de la verdad y de la felicidad justamente allí donde difícilmente podrá hallarla. El error es de tiempo, no de espacio. Somos, como ya te dije alguna vez, seres que nos debatimos entre la corrupción y putrefacción de la carne y la inmortalidad del alma; seres cuyo destino ineluctable es la muerte. Es por eso que tanto duele recomenzar, replantear nuevas y mejores normas de vida y de conducta, porque sabemos inconscientemente que el tiempo es implacable y no da lugar a capitulaciones; porque sabemos que nuestra carne caduca, se pudre, y mientras la putrefacción avanza aún no hemos “vivido”.
Debemos pensar objetivamente o positivamente: Todo final da origen a un nuevo principio más vigoroso y rico. O no es acaso el nacimiento la única y verdadera plenitud del hombre? Es hipotéticamente el único momento en que el soma carece totalmente de putrefacción, el único momento en que la mente se encuentra completamente limpia de recuerdos y por ende de nostalgias o frustraciones. Sólo resta aprender a convertir cada día en un nuevo nacimiento y eso es algo que se logra con el tiempo, solo con el tiempo.
Nos hemos mal acostumbrado a buscar la felicidad, pero buscar la felicidad es una monstruosidad que se paga. Gustave Flaubert decía que la felicidad está siempre en el futuro y en el pasado, el presente se asemeja a una pequeña nube oscura. Y sabes por qué? Porque el universo es una perversa inmensidad hecha de ausencia. Por lo tanto debemos aprender a vivir en la plenitud del hoy, cada amanecer como un nuevo nacimiento, cada noche como una muerte lejana y fugaz.
No es que el hombre aprenda de sus errores para ya no cometerlos, sino que no hay error posible. En definitiva todos los sucesos del cuerpo y del alma están sujetos a un orden universal de Interrelación definida.
Solo debemos vivir con intensidad.
Vivir cada instante con intensidad, que no es con prisa, sino con una intensidad visceral e intelectual próxima a dolor. Hay quienes equivocadamente suponen la intensidad como un bien cuantitativo, esto es, omitiendo completamente que su verdadero valor radica en lo cualitativo. Quienes desatinadamente priman la cantidad pretenden alcanzar una dimensión abarcativa del todo, un ser superfluo, un espíritu ubicuo, sin importar el trazado inconcluso de muchas cosas. En la calidad radica la intensidad.
Estos hombres descreen también de la trascendencia implícita de los hechos, no fundados en las expectativas. Son tecnólatras, ególatras y por qué no decirlo, tan necios a su entorno que por momentos olvidan la horizontalidad de las consecuencias que luego serán causas.
Que nadie me insulte ubicándome en su futuro. Yo soy presente, en tal caso, el yo de mi futuro es tan errático como aquel que murió ayer por la noche.
Con qué derecho se quebranta el presente alegando el futuro.
El secreto radica en conjugar lo lacónico con lo visceral. El secreto radica en el hoy, único e irrepetible.
Ayer, recuerdo; Hoy, plenitud; Mañana, tal vez.
Te quiero.
Manuel.
Cuando terminé la carta observé el reloj de pared y comprendí que debía correr al trabajo. Ubiqué prolijamente las hojas de tal manera que no podía despertarse y no verlas. Salí al trabajo con la alegría de un niño en día de Reyes. Las arduas horas de rutina laboral se me hicieron escasísimas. En verdad en ningún momento puse atención al trabajo, el día pasó pensando en ella.
Al regresar a casa encontré todo en perfecto orden. Todo tal y como a mi me gustaba, cada pieza en su lugar como los engranajes de una máquina, excepto por el pequeño papel que descansaba sobre la mesa y un puñado de monedas a su lado.
Corrí desesperadamente a abrirlo y encontré estas líneas.
Querido Manuel:
Eres demasiado complicado. La vida es mucho más simple.
Yo te quiero pero no como tu me quieres.
P.D. Usé tu teléfono para llamar a Iván. Y adivina qué?. Nos reconciliamos.
Te dejo unas monedas por lo de la llamada.
Juliana.
Es increíble cuan pocas palabras utilizó y con cuanta simpleza, mi amada Juliana me hizo comprender finalmente y a pesar de tantas elucubraciones, que soy un simple idiota.
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