Grifito se presentó esa mañana de primavera y expuso sus hechos, convenciéndome para que comprara sus extravagantes artículos, mercancías a las que el aludía como de alto nivel creativo.
A mi me parecieron chucherías, baratijas, como seguramente fueron los primeros instrumentos de los les luthiers, que luego alcanzaron fama y oropeles. Estos eran de un material desconocido que refulgía ante mis ojos y hacía extraviar mis pensamientos.
El segundo día que vino dejó sobre el piso un elemento extraño que se arrastraba como un tablero de ajedrez, para terminar jaqueando a no se qué rey imaginario. Eran siluetas desconocidas, saltarinas, y me contagiaron sabiduría y bienestar. Emitían sonidos que parecian pájaros cantando y se contestaban mutuamente.
El tercer día se sentaron a mi mesa, según Grifito porque apreciaron mis manjares. Yo comía por aquel entonces, palta, queso, zanahoria rallada. A las paltas verdes las miraron con desdén primero, luego con una sonrisa de aprobación, cantaban y masticaban a la vez, y emitían gorjeos complacientes. Grifito mimaba a sus congeneres de una forma muy particular. Se extasiaba dos horas afilando sus contornos y alargaba sus filosas pestañas que destellaban y a sus hijos, eso parecia conmoverlos, dandoles mucho candor. Las cosas en mi casa empezaron a transformarse. Yo, en lugar de caminar daba pequeños saltitos para adelante y para atrás. Emitía sonidos de pájaros enjaulados- hasta que aprendas- me decían los grifos que interpretaban maravillosamente lo que yo quería decir. Los vecinos cuando me veían, hacían gestos que no vacilaría en afirmar de insania. A mi ,ese estado de cosas no me preocupaba y ya no necesite de mentiras de ahi en adelante. No fui mas hipócrita, ni siquiera inventaba excusas piadosas, disculpas para que la gente me amara.
Como siempre desprecié los inútiles oropeles, fastuosos y ostentosos signos de decadencia de la naturaleza humana, de omnipotentes y poderosos, y nunca fui muy sociable, ni rodeado de gente influyente, ya estaba amparado por ellos.
Ahora no hablo más con nadie. Solo me canto a mi mismo y a mis grifitos.
Eso si, la casa desde afuera tiene un cartelito que dice-clausurado- pero eso a mis amigos no les importa para nada. |