Tuto y Gladis llevaron a su bebé al médico por una diarreilla. Como no paraba lo examinaron muchísimos especialistas, que le hicieron todo tipo de análisis, pero ninguno supo lo que era. A las tres semanas al fin pudieron observar el hecho que les permitió hacer un diagnóstico: síndrome de muerte súbita.
No volvieron a levantarse de la cama. No comieron. Jamás durmieron. No se bañaban ni se cepillaban. Sólo maldecían y lloraban.
Dos semanas después, temprano en la mañana, Tuto despertó con un ruido. Se levantó, merodeó la casa, abrió la puerta principal, permaneció largo rato mirando el cúmulo de diarios en el piso, y comprendió que el repartidor golpeó la puerta al lanzar el periódico sin cuidado. Tomó un ejemplar, lo abrió y leyó algunos titulares. Poco a poco empezó a leer periódicos, y prendía el televisor, duraba horas en el Internet, y se preparaba sándwiches. Cada vez que le llevó uno a Gladys, ella lo ni siquiera lo miraba, resentida por no quedarse a morir con ella. Una vez Tuto le dijo que le haría bien salir a ver los árboles y el cielo. Ella respondió que jamás volvería a levantarse de la cama, que todo había acabado, que se iba a morir, que cómo iba a vivir siendo observada por esos ojitos que no se le apartaban ni un segundo de la mente, y que era asqueroso que él, precisamente él, su padre, intentara hacerla desistir cuando también debió quedarse a morir. Después de llorar largo rato se quedó dormida. Tuto se sintió optimista al ver que Gladys expresaba sus sentimientos. A los dos días Tuto le propuso grupos de ayuda, terapias, viajes, religiones, otro bebé. Que no, ella respondió, que el único era el que murió, que ella tenía la culpa de que falleciera, que él tenía la culpa, que sabía que él jamás quiso al bebé, que recordaba su expresión cuando lo vio la primera vez, como un disgusto que no pudo disimular, que por qué no murió ella en vez de él, ¡por qué, por qué!, y que la ilusión de su vida se había ido para siempre, y que la esperanza...
–¿Esperanza, mi cielo? –la interrumpió Tuto–. Echémosle un vistazo a la Patria. ¿Qué valor surgió en nuestra convalecencia? ¿Cuáles son los grandes que parió la Patria, aquellos que cruzaron el océano y alcanzaron trascendencia planetaria? Somos de un país del que no surge casi nada meritorio, mi cielo, ni religioso ni político ni artístico ni científico ni militar ni filosófico ni de nada; país sólo de envidiosos, oportunistas, vividores, ladrones, asesinos, narcotraficantes; país donde la decencia está perdida; en fin, país de cuanta lacra, mugre y bazofia humana existe. Era nuestro hijo. Teníamos ilusiones y eso. Correcto. Pero me pregunto, ¿hasta dónde eran producto de una justa apreciación y no de nuestro amor? Somos ocho millones en un pedazo de isla con cinco siglos de la más vergonzosa historia, sin contar la de los aborígenes, cuya historia es de las más lamentables que pueblo haya sufrido.
Tuto mismo lo contó. Yo estaba ahí. También le dijo a Gladys que somos de un país donde unos cuantos hacen lo que les da la gana y el resto muere de envidia, donde en cada censo se descubre que nos hemos duplicado, que dignidad es sólo una palabra más del diccionario, si no que se fijara en el problema eléctrico, el cual existe desde tiempos de Edison, y lo que hacemos es juguetear emporcar regodearnos con cáscaras de plátano como puercos, y que ella lo sabía porque era la primera en pegar el grito al cielo cuando tenía que ir al súper diario por la diarreilla de bebé y encontraba que los pampers estaban cada vez más caros, y cuando hubo que meterse en prestamos para pagarle a los doctores los análisis y las consultas, ¿y para qué?, para que hicieran el inútil pero gracioso diagnóstico de síndrome de muerte súbita. Y siguió diciendo dizque que este es un país en su mayoría de gente pobre, a la que cada cuatro años un sabio les da un pequeño obsequio prometiéndoles el gran regalo, pero que se conforma con un plato de excremento que se come al ritmo de los últimos reggetones y bachatas, ¡ay qué felicidad tan grande en este país de mierda!, exclamó, y que la única manera de remediar esto sería que nos cayera una de esas bombas que pueden acabar con todo o una interminable ráfaga de balas para liberarnos y liberar al mundo de nosotros, ¿y por qué no, mi cielo?, le dijo Tuto a Gladys, si jamás nombraremos uno que valga la pena para la posteridad universal, si está claro que debíamos tener algo en la sangre, un tollo congénito, y que qué absurdo era creer que las cosas algún día mejorarán, cuando todo indicaba que iba rumbo a algo peor.
Funcionó. Al otro día Tuto y Gladis hicieron una fiesta por lo alto para celebrar su recuperación. Yo estaba ahí. Bien entrada la noche, habiéndose bebido buena cantidad de alcohol, Tuto lo contó y Gladis no paraba de reír. Nunca la había visto tan contenta.
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