Los candiles del templo infinito ardían pendiendo de gruesas cadenas de cobre de una cúpula extraordinariamente alta, dispuestos en seis hileras rectas tomando como punto de origen el sagrario. Ni bien el último y más cercano al altar estuvo encendido, la pequeña puerta de la sacristía se abrió con un crujido. El que encendió las antorchas se persignó ante la cruz mayor y alzó la vista hacia la cúpula. El sacerdote oficiante cerró la portezuela de la sacristía, caminó en silencio hasta el altar; el otro recogió la escalera y la ocultó detrás de una escultura desproporcionada de una virgen que lloraba.
Todos los santos tenían una imagen en el templo infinito; todas las devociones se aunaban en aquel colosal santuario, sin importar raza ni alcurnia.
Busqué con mis ojos los muros y entonces comprendí el por qué de su nombre: el templo era verdaderamente infinito; allí donde en un momento parecía hallarse su final, surgía una nueva bóveda o galería que lo extendía mucho más allá. Más tarde comprendí que aquel sitio tenía las dimensiones de la fe de sus devotos: allí donde la fe de unos hallaba su límite, surgían nuevos y más suntuosos habitáculos fruto de la fe de los otros.
Intenté luego distraerme observando a los presentes, a los ciervos mansos que esperaban por el oficiante. Imposible sería estimar un número de feligreses; cada banca estaba ocupada por devotos, en cada recinto se los encontraba sentados, de rodillas o de pie pero en abultadísimo número. Si en aquel templo no se hallaba la humanidad toda, al menos estaría en él su gran mayoría. Todos se hallaban con la cabeza gacha.
El místico silencio, fruto de la devoción, era apabullante. De no ser por el chasquido que las llamas soltaban al quemar los pabilos, podría jurar que había quedado completamente sordo. El sacerdote alzó las manos, con las palmas hacia la cúpula, o hacia el cielo en clara señal de agradecimiento. Volvió la vista a los corderos que mansos pastaban certidumbre y subordinación al ente magnánimo.
-Oremos- dijo –este es el misterio de nuestra fe.
La multitud de autómatas, entre los que me hallaba, soltó al unísono la reiterativa serie de oraciones y vítores, credos y plegarias que conformaban la rudimentaria celebración.
-El Señor obra de maneras misteriosas. Pone a prueba nuestra fe y nuestra confianza con amor de padre. Hoy es el día de Su anunciación; Él vendrá y se hará carne en la carne y engendrará la semilla del amor en todos nosotros. Qué no haría un padre por sus amados hijos. Debemos estar listos para recibirlo.
Los feligreses permanecieron impasibles durante la hora que durara el oficio.
El hombre fornido que oficiara las veces de monaguillo, tomó la antorcha del altar y, a paso lento, se dirigió al presunto fondo del templo infinito hasta desaparecer, o casi desaparecer pues la antorcha aún podía verse como un punto de luz entre tinieblas. Donde antes hubo oscuridad ahora había luz. La inmensa muchedumbre continuaba orando obstinadamente, ajena al entorno que yo escrutaba con detenimiento.
Repentinamente la penetrante fragancia del incienso desapareció, reemplazado ahora por el inconfundible olor del fuego ardiendo en leños. Giré completamente para descubrir la fuente del aroma mas no vi nada. Un segundo después, el monaguillo pasó delante de mis ojos a toda carrera. Ya no sostenía la antorcha y su blanca sotana estaba tiznada en el pecho.
-Esta es una prueba del Señor, Nuestro Dios- dijo el sacerdote mientras los feligreses se ponían de pie –tomémosla en paz y en calma. Nuestro Padre jamás nos haría daño.
El monaguillo hizo un gesto afirmativo al cura.
-Recibid esta prueba como una señal de amor. Quienes verdaderamente crean en Él sabrán ser pacientes y se dejarán envolver por Su amor hasta alcanzar la gloria. Quienes no tengan fe escaparán aterrorizados ante la revelación de Su poder.
Un instante después, una colosal lengua de fuego avanzó por sobre las cabezas de los creyentes; luego otra y otra más. Confundido me eché al suelo mientras los que estaban a escasos metros de mi comenzaban a arder entre llamas sin hacer nada por evitarlo, sólo gritar. Debía escapar. Recordé la puerta de la sacristía y comencé a reptar en esa dirección; alcé la vista, hallé al sacerdote con los bazos en alto. Continué mi camino sin importarme nada más allá de mi propia vida. Me puse de pié frente a la puerta a riesgo de quemarme, atravesé el umbral y corrí. Detrás de mí las llamas azules lo devoraban todo. Hallé una salida rudimentaria, aunque no sabía dónde me conduciría; ni siquiera sabía si tendría fin. El pasillo era demasiado estrecho.
El fuego profano me alcanzaba, como me alcanzaban también los alaridos de otros muchos que se quemaban, negligentes, aturdidos entre las pétreas columnas del templo; como flores marchitas, inmóviles, dispuestas a desaparecer abrasadas como todo destino; convertidas a cenizas por la inacción; por la ciega confianza, o por la fe. Pero yo aún podía escapar; artífice de mi propia suerte, a diferencia de esas flores mis piernas buscaban libertad, mientras la dulce pestilencia de la carne quemada ocupaba mis sentidos. Por un instante creí que me desvanecería en plena marcha y las voraces lenguas de fuego sagrado me envolverían, encendiéndolo todo, apagándolo todo. Imaginé que el angosto pasaje estaría colmado de feligreses en fuga, pero me equivocaba; el escaso metro de ancho estaba libre y despejado para mi carrera frenética. Intenté rezar pero había olvidado todas las plegarias; intenté pedir a Dios pero había olvidado Su santo nombre. Cuando ya no sentí calor abrasador de las llamas, observé a mis espaldas el sendero vacío como todo signo de piedad; me maldije por no haber hecho algo por todos aquellos que yacían ahora devorados por el fuego entre los gruesos muros del templo infinito. Al cabo tranquilicé mi espíritu “soy tan sólo uno”, me dije; “qué podía hacer yo por todos ellos”. Egoísta. Acaso siquiera podría haberles señalado el camino hacia este angosto pasillo hacia la libertad, hacia la vida.
Me volví hacia el extremo del sendero y detuve mis cavilaciones; incluso mi lástima desapareció. Necios, eso es lo que son. Y de pronto, todo cuanto fue pena en mi corazón mutó en ira y frenesí, hasta llegué a especular que verdaderamente lo merecían. Incluso aquel templo, otrora infinito conservaba una salida, la fractura del todo, el límite del vacío. Lejos de ser infinito el templo ardía y mi mente oscilaba en sus confines, como una monstruosidad una plegaria avanzó tras mis muslos.
Corrí. Acaso escapando de mi falta de fe. Acaso mi falta de fe ayudó a mi escape.
A paso firme llegué hasta la puerta que me separaba del mundo, la abrí y los goznes rechinaron. Al salir no supe si cerrarla o dejarla abierta de par en par; si la cerraba, podía ocurrir que ya nadie nunca descubriera aquella verdad que me fue revelada; si la dejaba abierta, otros incautos podían sucumbir entre las llamas del templo infinito. Sólo la solté, dejé que el tiempo decidiera por mí, sobre revelaciones y secretos; la puerta quedó entreabierta.
De pronto sentí un rumor de pasos frenéticos, la puerta se abrió y fui atropellado. Se trataba de dos hombres que escapaban. Experimenté cierta alegría al saber que no era el único sobreviviente. Me incorporé y con la tenue luz que la luna arrojaba sobre la tierra y sobre sus seres y objetos adiviné las facciones del sacerdote y el robusto monaguillo con la sotana tiznada. Se detuvieron a observarme por un instante. El sacerdote encogió los hombros como toda revelación; bienaventurados los que creen porque de ellos será el reino de los cielos, me dijo y ambos continuaron su carrera frenética alejándose para siempre del templo infinito. |