Con la llave todavía en la mano Ada encendió un cigarrillo. No era tanto porque se estuviera ridiculizando a si misma, tampoco por una ligera aprehensión, sino por el hecho de sentir un vacío desagradable.
Solía tomar un poco de whisky antes de acostarse. Tenía un sueño precario con tendencia a las pesadillas.
Ya era una vieja, a los sesenta y siete ,pero puesto que era capaz todavía de sentir goce, sus sentimientos en aquel momento la estaban acosando.
La fealdad de la vejez, la decrepitud. Sintió una oleada de soledad teñida de tristeza. O ambas lo que la atenaceaba era la desolación de la vejez. La mente que no va a acompañando la decadencia del cuerpo, las manos ajadas, el cuello despilfarrando sus arrugas.
Y ahora aquel recuerdo que volvía fresco se transformo en piedad hacia el muchacho que desprendía la fragancia del candor juvenil.
La pureza del muchacho antagonizaba con la fealdad de los ancianos. Entro a su casa, tranquilamente, contemplo su rostro y su cuello en el espejo de la sala. Era enteramente libre de entregarse sin limitaciones, sueños y recuerdos ¿Qué clase de emoción la asaltaría mañana si el llegara a cambiar la dirección de su vida?
Un ser joven le daba conciencia todavía de su propia edad de los estragos del tiempo en su piel.
¿¡Por qué se había entregado dócilmente a el sin resistencias ni reservas. No había nada perverso. De hecho no había tenido menos sentimientos de culpa ahora en ese momento, que cuando era joven, y tenía los ojos almendrados y una cara vivaz ¿Qué edad tenía entonces? No podría recordarlo, pero aunque fuese una edad en la que podría divertirse sin ningún remordimiento ni pesadumbre, su mente y cuerpo estaban siempre ausentes.
Quizás en la trascendencia de lo sublime del acto, estaría el misterio, El hecho de que no fuera tan joven y le acometiera ese impulso, la hacia trastabillar y temblar. Debia haber alguno que no solo miraban con nostalgia hacia el pasado sino que lo añoraban.
Volvió a la habitación, la mejillas del muchacho estaban encendidas, la esa piel joven la animaba tanto.
Al entrar vio sobre la almohada unos mechones de pelo irreconocibles, dorados ondulados, mientras los de ella ya peinaban canas, desde hace tiempo. Le dolió el alma de desazón, tristeza, tedio, impotencia.
Lentamente encendió un fósforo y lo colocó debajo de las cortinas. Todo comenzó a arder rápidamente, las alfombras, los cuadros. Sus talismanes pasados.
Ardían sus pensamientos, sus mejillas, sus trémulas manos, su rictus en la boca.
Caminó despaciosamente mientras todo quedaba atrás, desvastandose.
Había, ya arribado irremediablemente a su soledad.
Homenaje a Yasunari Kawawatta
Gracias!!!
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