Colgado en el cuello has llevado un pez y un anillo, te los has quitado.
Te he llevado como talismán en el pecho, en le medio del corazón, impreso en el alma mía, durante años y aún te llevo.
El poder de todo esto dónde nos ha de llevar, no lo sé, tampoco quiero saberlo, colgado del alma y el espíritu, llevamos un amor imperecedero, dedicado a nosotros mismos, dedicado a la vida y en medio de tanto jaleo nuestro, está la rutina de quien manda qué, de quien se queda con qué y tanta mierda, en medio del vos hiciste tal y vos tal otro, se queda colgado un encuentro en algún día, alguna hora, tiempo y lugar, sin fecha, con la promesa de un café y un chocolate caliente, tal vez una ensalada, en fin de aquello que nos gusta.
Tal vez sean los últimos versos que te escribo, como Neruda, pero tal vez la Maga aún por ahí escondida, entre Serrat, Facundo Cabral, Silvio Rodríguez, La Rayuela, Horacio, nos encuentre a los dos, hechos flecos en nuestras vidas, para solo entender que no debió ser el final, que no debió ser tanta espera, que no importa tu edad ni la mía, que el tiempo sigue y espera por ambos en un día sin noche o en una noche con lluvia, o en un perdernos el uno en la mirada del otro.
Mi capacidad de perdón sin límite, tu mierda de prejuicio que no permite, no admite el perdón, rocamadour en medio, tantas en medio, uno en medio, y las ganas de que aparezcas en mi puerta, rescatándome como a las princesas de los cuentos de hadas, blandiendo lanzas para vencer molinos de viento y prejuicios, los tuyos y los de otros.
Esperando de ti la callada llegada, que sin pronunciar nada me agarres de la mano y me lleves lejos de mi, de vos, de los dos, para ser ambos.
Sin plata, sin posesiones, sin tiempo, sin hogar, haciendo del amor el hogar verdadero, la maga no ha muerto, pero te has quedado como el moralista Horacio.
Me juzgas, te juzgo y nos perdemos.
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