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Inicio / Cuenteros Locales / eaco / El encantador infierno I

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:183703]

I LA TRAVESÍA

Me dispuse a dormir. Lo conseguí muy tarde y con un sueño demasiado liviano. Aproximadamente a las cuatro de la madrugada desperté o creí despertar. Junto a mi cama hallé un hombre muy delgado, de prominente nariz, cabello crespo azabache bastante largo, tez trigueña y expresión sabia. En su cuerpo y las grietas de su rostro se adivinaban todos los años y todas las vivencias; sus ojos tenían ese resplandor tan manifiesto de la sabiduría y su boca era el cofre de todas las palabras dichas y por decir; permanecía de pié sobre sus largas piernas velludas y curvas. Desnudo y en silencio me observaba. Entonces yo, aterrorizado, salté de un movimiento a los pies de la cama con dirección a la puerta. Entonces, él alargó uno de sus brazos aparentemente tan débiles, lo cruzó delante de mi pecho y me detuvo en el aire. Tan seco fue el golpe que mis extremidades inferiores, continuando con la inercia de mi movimiento inicial, continuaron descontroladas hacia delante. Todo mi cuerpo se invirtió; giró con su brazo como eje y me desplomé reciamente con la cabeza en el suelo de cemento. Mientras me frotaba el punto de impacto, aturdido por el golpe, intentaba concebir un nuevo intento de fuga.
El hombre acercó su rostro al mío y su aliento me paseó todas las geografías (el puerto de Mar del plata, el Riachuelo, el camino del Buen Ayre y tantos otros lares desagradabilísimos para la olfación) que me desmayé en el acto.
Reaccioné no sé cuanto tiempo más tarde en un sitio muy extraño. Una especie de viejo edificio colonial encastrado entre otros tantos edificios y rascacielos de cristal. Esto hacía que aún a pleno día, las sombras de las moles de concreto y acero, oscurecieran permanentemente la fachada y toda su estructura. Las paredes del claustro estaban coloreadas en sepia, como una foto antigua. Agrietado el estuco desde una saliente a media altura, como una pequeña cornisa, hasta el zócalo carmesí que forjaba la unión con el empedrado del patio. Pensé que la observación de aquella estructura desde la calle sería imposible. Incluso la vista aérea sería complicada, dado que la brecha ocupada por la casa entre los colosos no superaría los cien metros cuadrados. El hombre esperaba mi reacción sentado debajo de una higuera junto a un aljibe. Se puso de pié y pude observarlo mejor. Era muy delgado como ya he dicho. Su rostro era amable y cristalino. Sus ojos oscuros de mirada generosa; encerraba en ellos una sabiduría incalculable, y a cada mirar destellaban reflejos plateados en insospechadas direcciones.
-Veo que reaccionaste -observó.
-¿Quién es usted y dónde estoy?-levantándome.
-De a una pregunta por vez nos vamos a entender mejor.
-Entonces respóndame de una en una, pero las necesito.
-Mi nombre es Poetres y he sido designado tu guía para la travesía que has de emprender –dijo solemne.
-¿Qué travesía?-me apuré a preguntar.
-Te dije de a una en vez, mocoso de mierda.
-Veo que olvidó completamente su solemnidad y sus formas.
-Soy solemne como pedo de inglés-. Se puso de pié e hizo una reverencia y luego otra.
-Esta puerta que ves es la entrada al Tártaro Cambalache o Argenferno.
-¿Y qué es...?.
-¡De a una en vez, carajo!.
-Ya comprendí. Hago silencio -repuse.
-En cuanto a la travesía, te digo que he sido nombrado tu guía para que conozcas el Argenferno y con él, parte de la verdad que se debate resonando en tu cabeza. Una respuesta a una pregunta que aún no te hiciste, la resolución a una duda que no tienes.
-¿Y por qué habría de aceptar?-. Le pregunté riéndome de sus formas y ademanes. Al hablar movía mucho sus brazos y gesticulaba de todas las maneras posibles. Su desnudez se veía ridícula y entre movimiento y movimiento de su cuerpo, bailaba su miembro al son del merengue.
-¿Te molesta mi desnudez?. ¿Acaso quieres que me cubra?-dijo perturbado.
-De a una pregunta en vez –respondí –Además su desnudez no es otra cosa que otro de los tantos castigos en mi pesadilla.
-¿Acaso estás burlándote de mi? –me observó duramente –“La venganza será terrible”.
-En uno o en otro sentido –volví a burlarme.
Circunspecto y en silencio avanzó hasta la puerta. Mirándome fijamente dijo:
-No puedes negarte a esta travesía. Una vez aquí la única salida es el otro extremo-. Señaló la puerta a un lado.
Era una puerta de dos hojas, de unos tres metros de altura; en cada hoja y perfectamente centrada, una cabeza de gárgola sostenía un aro llamador. La puerta era evidentemente sólida, de madera maciza tal vez, coloreada desprolijamente en color rosa viejo; podían apreciarse a simple vista las líneas dejadas por un pincel incompetente conducido por una mano despiadada. Su apariencia no intimidaba pero contagiaba cierto misticismo.
-Y esta es la puerta del infierno –comenté irónicamente.
-Es la puerta del Argenferno –repuso con seriedad –Es el infierno argentino, tanto como el dulce de leche y el colectivo y...
-Entonces usted es una especie de Virgilio y yo una especie de Dante –dije con una sonrisa burlona.
-No entiendo a qué viene la risa ni que es lo que te causa gracia. Si bien el Infierno ha tenido que evolucionar en pos de los tiempos se podría decir que sí, que sos una especie de Dante –se detuvo a pensar un momento y agregó: -Ya dejémonos de conversaciones estúpidas e inconducentes y atravesemos la puerta.
-Me parece lógico –le dije.
Se acercó a la puerta, tomó el llamador y golpeó tres veces sobre la robusta madera; el sonido fue seco y distante; esta se abrió hacia adentro con un chirrido espantoso de los goznes, a la vez que miles de alaridos salían con una ráfaga fétida de cabello quemado. Por primera vez creía al individuo todo lo que había dicho. Por primera vez empezaba a preocuparme. Mientras tanto en mi cabeza resonaba, “Argenferno”. Entonces decidí preguntar a mi guía:
-¿Por qué Argenferno?¿No es acaso el infierno solo uno?.
Rió, se retorció y me miró fríamente con sus ojos hundidos y demasiado centelleantes:
-¿Cómo crees que con el terrible aumento de la maldad sobre esta tierra podría existir aún un solo infierno?. Inicialmente fue solo uno, pero con el correr de los tiempos y la palpable influencia del Príncipe sobre la humanidad toda, aquel recinto primero resultó insuficiente para albergar a tantas almas castigadas. No sólo eso. El crecimiento continúa geométricamente y pronto tampoco alcanzará un infierno por nación y habrá que modificar nuevamente la estructura.
Me quedé atónito ante la explicación. Cuán estúpida parecía mas cuanto sentido encerraba en si. Luego de atravesar el umbral, entramos en una cámara pequeña completamente oscura y silenciosa. Mientras esperábamos en esa sala me explicó que debía dejar allí todos mis prejuicios. Debía olvidar a Dante y los nueve círculos y todas las ideas prefundadas. Me explicó también que Argenferno era un gran recinto o ciudad dividida en barrios con sus correspondientes suburbios, a la vez, estos barrios estaban subdivididos en manzanas o grandes celdas. Pregunté entonces por qué tan solo una y me respondió:
-Se debe a la ambición expansionista de los demonios trasandinos que intentan día a día acrecentar su infierno.
Si cada país tenia su infierno, pensé, seguramente habría una especie de ente internacional que los regularía todos, donde también seguramente estaba el Amo de la Oscuridad controlando su imperio.
-Poetres, si cada país tiene su infierno nacional, seguramente existe un organismo regulador. ¿Está acaso en el Infierno Original? –pregunté.
-Responderé a tus interrogantes mientras descendemos hasta las orillas del Aqueronte donde esperaremos nuestro traslado a las verdaderas puertas del Tártaro y de el primero de sus barrios “Temópolis”.
El nombre me resultó gracioso, pero preferí callar para no ofenderlo. De pronto la completa oscuridad se rompió por la potente luz de un ascensor.
-¿Un ascensor? –pregunté.
-¡Claro!. ¿Acaso esperabas a un cuervo gigante con ojos de fuego que nos llevara volando sobre su pegajoso lomo de plumífero infernal?. Todo evoluciona, ya te lo dije. Todo se transforma.
Subimos al ascensor. Mi guía presionó el único botón en el tablero de mando y comenzamos a descender de una manera estrepitosa. Podía sentirlo, si bien no podía verlo, por la sensación horrible pero momentánea de mis testículos intentando elevarse. Sentía que mis pies despegaban del piso. Sin más, Poetres comenzó a hablarme:
-Ahora sí voy a responder a tus preguntas. El viaje es largo y es mejor que lo sepas antes de llegar. Existe, sí, un ente regulador de todas las actividades infernales. El FMI, por Fuente de la Maldad Internacional. Tiene su sede central en USAH ( United States of America Hell), el infierno norteamericano. Desde allí el mismísimo Satanás... –aclaró su garganta -dirige su imperio y decide por el futuro de todos y cada uno de los infiernos del mundo. Cada pequeño infierno es a la vez conducido por un Diablo secundario o Predemonio, cuyo mandato caduca, según cada uno de ellos cada una determinada cantidad de lustros. Pero el nuevo elegido es puesto en su sitio por orden del FMI indefectiblemente. La calidad de Demonio propiamente dicha es atribuible únicamente a los miembros del ente regulador y sólo llegan a formar parte de éste, aquellos personajes realmente demoníacos.

Casi al mismo tiempo que detuvo su soliloquio explicativo, el ascensor detuvo su marcha. Intenté recordar a en qué se parecía aquella organización a algo que yo conocía pero no atinaba acertar. Descendimos del aparato e ingresamos por un estrecho pasillo que se afinaba más y más a medida que avanzábamos. Hacia su desembocadura se hacía tan angosto que a duras penas se podía avanzar de perfil. Por fin salimos. Aparecimos en una vasta sala abovedada iluminada por potentes mercurios que pendían de la bóveda rocosa enmohecida con delgados alambres. El suelo arcilloso y estéril era blando cual un colchón de plumas, su color amarillo radiante destellaba con el resplandor de los mercurios. Más adelante se adivinaba un río, no muy ancho pero sí torrentoso. Hacia nuestra derecha se veían puentes demasiado angostos, unos cinco o seis, partían de una a otra orilla del afluente. De este lado de la orilla unos seres horribles de frente humana, ojos humanos, cuerpo de humano, cabello de humano y hocico de lobo o de perro, enfundados en azules y desgarradas vestimentas daban terribles alaridos. Uno de ellos golpeaba con un largo bastón negro a una indefensa niña que intentaba cruzar por el puente y lloraba clamando por su madre. No le pregunté a mi guía quienes eran esos seres ni cuál era su función pero sí pregunté qué crimen podía haber cometido una niña para estar allí a lo que respondió:
-Parece que no fueses del mundo del que eres, ni del país en el que vives. Es probable que esa niña de apariencia inocente haya cometido peores atrocidades que aquellos adultos que hacen fila en aquel sitio –dijo señalando a nuestra izquierda.
Sobre ese lado, un centenar de ventanillas atendían de una en una a las almas en pena. Las filas eran larguísimas. Acumulaban sombras de a millares.
-Allí se retira la carta de destino. A cuál barrio y a cuál recinto de cada una de ellas debe ir –me explicó. –Seguime –agregó tomándome del brazo.
Nos dirigimos hasta las ventanillas y gritando algo así como “¡Abran cancha, canejo”, llegamos hasta una de ellas. Habló con el empleado público con una retórica magistral; este con su característica sonrisa con sabor a puteada extendió sendos formularios que fueron completados por Poetres. Al terminar la tarea en aquella ventanilla del demonio, nos dirigimos a la subsiguiente, donde otro empleado con sonrisa de burro, legalizó las firmas anteriormente asentadas; inmediatamente nos dirigimos a otra en donde finalmente y luego de una larga espera, se nos entregó una planilla numerada en la que se leía “Autorizado”.
Gajes de la burocracia infernal.
La mayoría de los condenados, papel en mano, hacían fila en la margen del río a la espera de los botes que iban y venían constantemente abarrotados de sombras. Yo tomé esa dirección y volvió a tomarme del brazo.
-Los Cruzófocos son para los condenados. Nosotros debemos pasar por el puente.
Caminábamos hacia el puente y a segmentos regulares volteaba yo para ver a aquellos condenados. No había visto hasta allí tortura alguna salvo la niña golpeada por los perricías. De repente, desde uno de los Cruzófocos, un hombre cayó a las aguas. Tan pronto como tocó la líquida superficie, una lengua de fuego del tamaño de su corpachón lo devoró; el gondolero, bajó un gancho firmemente anudado a una caña y recogió los restos inertes del condenado. Era el primer vestigio de castigo infernal.
Seguí caminando absorto junto a mi Virgilio en pelotas. Mantenía la cabeza gacha hasta llegar al lugar en el que la niña yacía golpeada hasta el hartazgo. Uno de los perricías, el “colmisario”, de colmillos evidentemente más grandes y agudos que los del resto, con una borla dorada y desmedidamente grande pendiente del cuello, se acercó a nosotros y exigió el documento que autorizaba el cruce a través del puente. Nos observó detenidamente, olfateó y nos autorizó a avanzar. Poetres avanzó primero y yo, a cierta distancia, lo seguía. Ya a las puertas de Temópolis me advirtió:
-Una vez que entremos quiero que sepas que no puedes abandonar en ningún momento la línea amarilla que será de ahora en más nuestro único vigía. Los diablos guardianes evitarán que algo nos pase mientras estemos sobre el sendero. Si te sales de ella a tu propio juicio no harán nada por evitar que algo te suceda. Tampoco debes detenerte por un plazo que exceda los cinco minutos a observar, a conversar con algún conocido o a esperar respuestas. El infierno es mucho menos terrible de lo que imaginas pero de todas formas debes manejarte con cuidado. ¿Está claro? –terminó.
-Clarísimo.
Esperamos nuestro turno de ingreso frente al Argenferno rodeados de condenados. Sobre la puerta de metal oxidado, un cartel enorme anunciaba lo que me había advertido. “permanezca sobre la línea amarilla”. Las puertas se abrieron hacia adentro y la horda avanzó sin rumbo fijo hacia el enorme espacio abierto que aparecía tras ella. Comenzaron a empujarse, a pisotearse. Muchos caían y quedaban tendidos para ser aplastados luego por quienes venían detrás. Entre los gritos de dolor, los gritos frenéticos de los violentos que deseaban llegar a toda prisa a su tortuoso destino eterno, se oía también el “crack” de los huesos al estallar bajo la presión de miles de pies inquietos. La tropa me separó de mi guía y comencé a preocuparme por mi integridad. De pronto, una unidad completa de “culópteros”, una especie de culo con hélices, negro y velludo, redondeado hacia arriba, terminando en un tubo aplanado hacia el extremo, que volaba rapazmente soltando enormes y pesados bolos de materia fecal pegajosa y maloliente, avanzaron sobre el populacho causando estragos. Inmediatamente un batallón de perricías avanzó bastón en mano desparramando sesos y sangre por doquier. Un altoparlante intentaba poner orden con gritos insoportables. Todo se detuvo. El avance, los golpes, los bolos. Por el altavoz se impartían órdenes para abordar un centenar de ómnibus que estaban aparcados frente a la entrada, a unos doscientos metros. Los sobrevivientes de aquel horror avanzaron hacia sus destinos como corderos. Solo quedaron los defenestrados, las víctimas de aquel castigo. Estos también avanzaron. Reptando, saltando en un pié, cojeando, como pudiesen. Otros permanecían en el lugar del choque juntando sus sesos y colocándolos precariamente por los orificios del cráneo. Un perricía se acercó a una anciana y pateó fuertemente su cabeza. –A donde vas no vas a necesitar los sesos –le dijo.

Minutos más tarde encontré a mi guía cuando ya todo estaba en calma.
-¡Qué desconche! –repetía él con un cínico brillo en los ojos.
-¿A dónde está la línea amarilla? –pregunté.
-Ya va a aparecer. Mira, allá está. ¡Vamos!. Moviendo el culo.
Avanzamos en silencio durante unos minutos sobre la línea. Estaba demasiado distraído por lo que había visto. Aquellos despojos levantándose y levantando sus despojos. Pero claro... ¿Como iban a morir si ya estaban muertos?.
-Estamos llegando al Noconózcono, mantenete cerca y no boquees al dope.
Yo permanecí en silencio. Qué era el Noconózcono?.Se lo pregunté a Poetres.
-Es el lugar en el que se encuentran todos los pecadores sin condena. En Argenferno la justicia es poco expeditiva, más bien lenta. Para los que están estancados en este sitio inventaron una ley, la del uno por dos, que reduce los castigos. De esta manera a la hora de la pateadura, una vale por dos, o dos por una, o como carajo sea.
Avanzamos unos pasos. De repente la oscuridad se hizo absoluta. De nada servían mis ojos pues no divisaba nada más allá de mi imaginación. Sentí sobre mi hombro las delgadas y puntiagudas falanges de mi tutor.
-Mantenete en línea recta y no cometas la estupidez de prestar atención a nada que no sea mi mano. Sentirás que muchas cosas rozan tus piernas, tus brazos. Oirás leves susurros al oído, insultos y alaridos. Pero no te preocupes. Son las almas del Noconózcono, que purgan su nada en esta nebulosa, en esta oscuridad abismal. Intentarán seducirte, enfrentarte, enfadarte o intimidarte para que abandones el sendero y, una vez fuera de él asesinarte vilmente para así acelerar su condena. Aquí no se conocen los unos a los otros, no conocen sus pecados ni sus virtudes, desconocen su destino y su vocación. Este paraje es el caos. El abismo. Estas almas aún están cayendo, y bien sabes que la suspensión es más difícil que la caída.
Me sentía más disgustado que temeroso. ¿Por qué debía pasar por aquella espantosa situación?. ¿Para qué?. Acaso no era ya suficiente el intrincado espiral de mi mente. Ese espiral que, a diferencia de todos, al llegar hasta el final recomenzaba. El fin coincidía con el principio. Desgarrando mi razón intentaba avanzar con la mano de mi preceptor como brújula. ¡Qué infierno extremadamente estúpido!. ¡Qué aburrida odisea!. Mejor la habrían pasado Ulises y Dante. Ellos habían visitado el Tártaro. Con Caronte, Cancerbero y todo. Con personajes realmente espantosos y demoníacos. En cambio yo, paseando a oscuras con un guía en pelotas, por lares infernales que nada tienen que envidiarle a la superficie. Personajes más horribles e infernales se veían a diario en la televisión. Pero, ¿no sería acaso la superficie una extensión del infierno mismo?. O sería acaso la Buenos Aires de Caminito, Recoleta, Puerto Madero, Florida y sus fachas, Corrientes y sus luces, Libertador y sus sombras la primera de las ciudades infernales.
No, yo no había nacido en el infierno... ¿o sí?.
La voz de Poetres me hizo reaccionar de mis cavilaciones. Habíamos dejado atrás el Noconózcono y el descenso infernal. Estábamos en el Argenferno propiamente dicho.

Texto agregado el 24-02-2006, y leído por 90 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2006-02-28 16:23:13 Un bocado de cardenal, excelente redacción, ameno, de fino humor y mi atención no decayó en ningún momento. Te felicito. Sin embargo Poetres ocultó algo, cuando se materializa en el mundo real, se lo conoce por Menem. ergo ergozsoft
2006-02-28 03:37:25 ufff. que intensidad, madre mía! wonderguri
2006-02-25 02:47:31 Una forma muy buena de empezar. Está bien estructurado y es lo suficiente descriptivo (ni mucho ni muy poco) como para capturar al lector. Mis estrellas y sueños para vos ;) Athenea
2006-02-25 00:28:06 Interesante propuesta. No engancha mucho, para ser honesta. El tema del infierno... pues está algo manoseado. El Fondo Monetario Internacional puede ser algo susceptible ante el uso de su sigla (FMI) sin tener en cuenta el paralelismo que podía ser un tanto más profundo. El final del capítulo engancha un poco más... cuando se detienen los diálogos forzados e innecesarios en esta parte de la historia donde era mejor contextualizar al lector. La narración en primera persona puede ser un poco delicada en un caso de ficción, ya que no podrás explicar nada que no sea vivencial. Yo hubiera elegido un narrador omnipresente dado el género. Las citas mitológicas suelen ser un buen elemento... me enganchó lo suficiente para continuar leyendo. 4* c_posada
2006-02-25 00:26:11 Me gusto mucho, aunque me hizo comprender que aún tengo largo camino por andar HabloconmiPared
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