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Inicio / Cuenteros Locales / yajalon / El santo de los misterios

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El santo de los misterios

La primera vez que les vi, fue allá por el 64, cuando yo rondaba los 15; había visitado por primera vez la ciudad de México, y ansioso, buscaba un lugar en la Preparatoria. El tío Prudencio era el mayor de los hermanos de mi padre, alejado de la familia, vividor y mujeriego, la oveja negra, en una extensión de la palabra; nunca buscó a sus hermanos, y por cierto, ellos tampoco lo hicieron; de vez en cuando alguna referencia de algún paisano: –me encontré al Prudencio— decían a mi padre, --de pura casualidad por la Merced, anda muy de‘altiro-- después, en las reuniones de la familia, salía a relucir su nombre. --Que fulanito de tal se encontró con aquel pendejo—decía mi padre, y los hermanos en coro: --él se lo buscó--. Y después pasaban al olvido.

En mi primer encuentro el tío andaba en los 55, regordete y chaparrón, con la dentadura picada y sin los dientes del frente, el pantalón y la camisa tan desgastados, que por un momento pensé en darme la vuelta y esconder en mi memoria la idea que me llevó a buscarle. Me invitó a pasar a su casa, pequeña, con un hacinamiento indescriptible, sillas y mesa sostenidas por algún milagro; me presentó a su mujer: --tu tía Angelina—dijo, y por poco reviento de vergüenza al descubrirla en tales fachas, –es el hijo de mi hermano Antonio—le dijo a su mujer.
Tenían en aquella casucha un tendejón bastante miserable, en el barrio de Tlacoapa, allí en pleno centro de Xochimilco, a escasas cuadras de la catedral de San Bernardino. ¿Cómo podían vivir de esto?, pensé en aquel entonces: paquetillos de galletas, dulces, chicles, alguna latita de sardinas, chiles chipotles.
La prole que siempre había ido en aumento, 8 en total, en aquella ocasión sólo conocí a los más pequeños: Enrique y Eduviges.

“les vi”, dije al principio, luego entonces: no sólo al tío Prudencio; arrumbado a un lado de la puerta, una talla de madera maciza, de aproximadamente un metro de altura: un hombre montado en un caballo; el rostro del hombre un poco mas grande que el puño de mi mano, el ropaje cubriéndole el hombro y el brazo, por debajo se alcanzaba a imaginar una lanza. El rostro, y en general la escultura toda ella, bastante desfigurada.
--Es un San Jorge—dije al tío Prudencio, acordándome de viejas estampas que había descubierto en casa del abuelo; recordando no solamente el aspecto de soldado y caballero del santo, si no también la historia del dragón y la princesa. –No creo—respondió él, --me lo encontré en la Merced, voy a averiguar de quien se trata—agregó, esbozando una amplia sonrisa, y mostrándome su rostro chimuelo.

Volví a visitarlo mas o menos tres meses después, el tío y su vivienda seguían igualitos, sin embargo el santo aquel, había experimentado un notable cambio, el tío se había encargado poco a poco de restaurarlo, ahora, el rostro mostraba ya una nariz y unos ojos, --vivaces por cierto--, la boca dejaba entrever una discreta sonrisa, el cabello, --que la primera vez me pareció ensortijado y rubio--, ahora lucia lacio y negro, el caballo, color blanco al principio, era ahora un hermoso corcel negro, y había dejado escapar los arreglos muy romanos de las riendas y la silla de montar, pero sobre todo: ¡la lanza!, yo juraría que allí estaba la primera vez, ahora, evidentemente había sido retirada.
--no es San Jorge—me dijo el tío Prudencio, --aun estoy averiguando de quien se trata--.

La ciudad de México siempre ha sido difícil de cruzarla, yo vivía en la Roma, me representaba un enorme esfuerzo llegar hasta su casa, después, los amigos, las pachangas, los partidos de fútbol, en fin; se pasó mi tiempo de Preparatoria, y con el mi afán de visitar al tío Prudencio. Mi padre de vez en cuando preguntaba por él: --no has ido con tu tío Prudencio—, no papá, la próxima semana--; respondía yo.

Cinco años pasaron de mi ultima visita, ya estaba yo en la facultad de medicina; me animé un domingo que estaba mas aburrido que una ostra, tomé el autobús, y luego el tranvía que me dejó a escasas cuadras de su casa, no podía creerlo: en lugar de la casucha y el tendejón, me encontré con una casa de dos plantas; arriba, la vivienda; todavía con el hacinamiento pero evidentemente con muebles mejor puestos, abajo, una tienda repleta de chucherías: bolsas y bolsas de dulces, pan de Bimbo, refrescos en una nevera, jabones, pasta para dientes, etcétera, etcétera.
El rostro del tío Prudencio muy sonriente, mostrándome una dentadura de mal gusto, pero ya completa. Y en una esquina de la tienda: el Santo aquel con una veladora al centro y decenas alrededor.
--ya averiguaste de quien se trata—pregunté al tío
--ya, sobrino—me respondió
--sólo que su nombre, sólo lo decimos a los que vienen a su fiesta— dijo
--si vieras que milagroso resultó—agregó sonriente

Regresé, exactamente el 28 de septiembre, a invitación expresa del tío Prudencio; aquel día era sin duda alguna el día de su fiesta, aquello, una autentica romería; el tío y los primos, (por fin pude conocerlos a todos), apenas si se daban a vasto; vendían velas y veladoras, estampas a colores, golosinas y refrescos; en la calle, junto a las banquetas: helados de pétalos de rosa, queso, tres leches, y una larga procesión de sabores; enormes vitroleras con litros de agua de chía; e impresos en folletines: plegarias y recomendaciones para pedir al santo; recuerdo que algunos decían al respecto:

--No tienes trabajo, o lo has perdido por incompetencia
--No tienes dinero, o lo has perdido en malos tratos
--No tienes novia, o te la han quitado
--Se burlan de ti
--Siempre se aprovechan otros
--Te enfermas muy seguido
--Te salen mal las cosas

Y así una larga fila de interrogantes y recomendaciones.

Pero además de la enorme cantidad de luces alrededor del santo, --compradas evidentemente al tío Prudencio--, una hermosa urna, recogía las limosnas.
Cuando le platiqué a mi padre, sonrió, y sólo alcanzó a decirme: --pobre mí hermano—nunca va a salir de perico y pobre--.
Por tanta algarabía, y más que nada por la engentada que me puse entre tantas procesiones, en aquella ocasión apenas tuve tiempo de cruzar con mi tío palabra alguna, por lo tanto, tampoco en esa fecha pude conocer el nombre de aquel santo.

Terminé la carrera de medicina, me alejé de la ciudad de México en el internado y el servicio social, la especialidad la hice en Guadalajara, y me quedé a radicar allí. Volví a esta enorme urbe de concreto y hierro después de casi 20 años de alejarme de ella. Por esas nostalgias de la vida decidí saber que había pasado con el tío Prudencio, de nuevo, no podía creerlo: se había hecho dueño de 4 o 5 casas, y de un enorme terreno, en pleno centro de Xochimilco, allí mismo en donde comenzó este cuento, el tendejón aquel era ya un enorme establecimiento, perfectamente ordenado: en una área, ferretería y pinturas, en otra refrescos y alimentos, juguetes, bicicletas y llantas de repuesto; y en un extremo la capilla del santo, muy formal, con reclinatorio y oratorio como correspondía a su fama de resolverlo todo. El tío Prudencio a sus ochenta y tantos años, me recibió sonriendo, mostrándome de nueva cuenta sus dientes nacarados y completos; mi padre y sus hermanos habían ido falleciendo poco a poco, a cual más con enfermedades que les mantuvieron casi en cama sus últimos momentos, y en cambio, este hombre conservaba aun una vitalidad indescriptible, una viveza que casi no podía creerlo; había ya viajado por España, predicando los milagros del santo, había llegado a Roma y nadie le había hecho caso, se había peleado con la Iglesia en México, su santo sin embargo, día a día, seguía creciendo, y cada 28 de septiembre, recibía a miles de devotos.

Nos sentamos en aquel oratorio, me miró con aquellos ojos tan llenos de vida y me dijo:
--Me lo ha dado todo, es muy bueno—
--mi salud, mi negocio, mis hijos, mis viajes y mis paseos—todo me lo ha dado, es muy milagroso—dijo sonriendo.
Tío, le digo yo: --San judas Tadeo es el patrón de los casos difíciles; San Antonio de Padua, de los enamorados; San Martín de Porres es el santo de los pobres; San Cristóbal, de los viajeros; Santa Cecilia lo es de los músicos; hay un Cristo de los gitanos, y otro de los ladrones. Pero para mi, que este siempre ha sido un San Jorge. (el justiciero)
--No sobrino, y aunque no sea su fiesta te voy a decir su nombre—dijo
--San Gorgorote—
Y me mostró toda su dentadura perfectamente arreglada en la más franca de las carcajadas.
! San Gorgorote¡-- exclamé yo,
--y ese, santo de que es—le pregunté al tío Prudencio
Y él, todavía sin parar de reír, me contestó:
--el Santo de los Pendejos, por que crees que el bendito, tiene tanto seguidor.

Texto agregado el 27-11-2003, y leído por 436 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2003-11-30 22:07:32 Me ha gustado mucho el texto y la historia que se va entretejiendo. Hay tres puntos de referencia que, me parece, explotan cada uno a su momento y no hay que perder de vista porque podrían desarrollarse aún más. Primero es la vida de la familia del preparatoriano (narrador). Aunque podría omitirse. Después es el tío Prudencio y su famila en función de un desarrollo como historia de una gran trama. En tercer lugar está la historia del santo y cómo fue creciendo su devoción (¿así se escribe?) en el pueblo. Tengo un par de textos que voy a tratar de transcribir para ejemplificar lo que trato de decirte. También hay unas fallas técnicas que está por demás decir, lo que más importa son los personajes. Un abrazo. gammboa
2003-11-28 02:55:16 Mi Estimado Oscar, estoy llegando a media noche al consultorio, y me sugieres leer tu cuento, extenso. Pero te refiero que escribes tan bien, que se reduce a la mitad, despues de leer, uno pronostica finales y la carcaja me invade al ver el final. <Conservas estilo, no te desapartas de la idea, el ritmo se mantien y por supuesto el interes. Muy bien construido tu cuento. Me gustó oscar. De momento no le encuentro observaciones, mañana lo leere y si las hay te las digo. un abrazo ruben sendero
 
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