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Inicio / Cuenteros Locales / eaco / El encantador infierno III(a)

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III(a) PRIMER BARRIO: TODOS LOS PECADOS LOS DEMADICTATIRAOLIGOGOS

-¡Qué olor a podrido! –comenté a Poetres al tiempo que cubría mi nariz con el cuello de la camiseta –¿de dónde viene?. Es insoportable.
-Es el aroma patente del próximo barrio, tan fétido como quienes en el habitan, tan infecto como los crímenes que han cometido en su vida. El barrio de los Demadictatiraoligogos. Esa perniciosa emanación proviene de sus cuerpos en constante putrefacción y de sus podridos ideales. Al llegar allí vas a darte cuenta de quienes son aquellos. Reconocerás a más de uno, pero tendrás que tener cuidado, pues tratarán de envolverte con sus palabras hipnóticas y sus cantos inflexivos, sus odas e inclusive con el himno nacional.
La bruma que acercaba el pestilente aroma a mis fosas nasales para luego embutirlo de lleno en mi cerebro para ya nunca olvidarlo provenía de un edificio alto y gris; si bien no podía divisarlo completamente, adivinaba su silueta, alta y delgada. Poetres ordenó detenernos un momento hasta que amaneciera y el Tulgio o sol del infierno ahuyentara la niebla asquerosa. Cuando por fin la bruma comenzó a disiparse pude ver con claridad por primera vez desde nuestro ingreso el paisaje infernal. Vi hacia atrás por el sendero amarillo por el que habíamos avanzado. Nos encontrábamos en una plano elevado con respecto a lo recorrido. Al horizonte todo era árido e inerte, tan muerto como las sombras que allí descansaban en eterno movimiento. ¿Qué peor castigo que la falta de descanso?. Al cabo la muerte parece prometernos el lecho soñado en la paz absoluta, pero aquel descanso estaría en el otro sitio, allí donde seguramente no iré pues a mi muerte recorreré la aridez quebradiza de el infierno que conocí entonces y purgaré la condena de todos los pecados y todos los vicios del hombre.
Sobre nuestras cabezas, giraban en círculos enormes chimangos azules de inmensos ojos rojos chillando estruendosamente y ensombreciendo a su paso el suelo arenoso. Aquella arena de color blanco grisáceo, delgada y escurridiza, iluminada brutalmente por el Tulgio rojo intenso, candente, enceguecedor, reflejaba en el cielo o en el techo del basto Cambalache toda la furia del astro.

Avanzamos por el sendero hacia la entrada de la gran ciudad, que a la vez, yacía edificada dentro del magnífico edificio del que había adivinado su silueta momentos atrás. Estaba enclavado en una cadena montañosa o tallado en ella; a sus puertas, un gigante melenudo en camiseta musculosa, abundante de papada, escaso de cabello, incierto de higiene, fehaciente de abdomen, rudo de mirada, largo de piernas y corto de brazos, pantalón beige de vestir, calzado en sandalias, cubierto con boina, cejijunto, mal afeitado y manifiestamente circunciso por sus afirmaciones; esperaba nuestra llegada.
-¿Qué hacéis aquí a las puertas de este infierno?. Volved sobre sus pasos y marchaos, pues no es este sitio para mortales y calvos en traje de Adán –dijo gesticulando enormemente con sus manos. Ampulosos giros daban estas en torno a las puertas cual molinos quijotescos.
-Venimos en justa misión –aclaró mi guía.
-¡Coño!. ¡Mal rayo me parta!. Nunca se me pone al tanto de las excursiones.
Detuvo sus convulsos movimientos, frunció el ceño y se quedó observando a Poetres que no lo observaba. Aterrorizado yo, no por su tamaño pero si por sus formas, silbé para que dirigiese la vista al gigante.
-Es una misión secreta. Dudo que alguien más la conozca pero aquí traigo los papeles que la acreditan y el manojo de llaves de la Putiesfinge, por lo que solo pedimos nos dejes pasar.
-Ma fangulo, la putiesfinge. Papeles un stronzo. No me piace dejar pasar a nadie.
-¿Pero cual es el motivo? –preguntó Poetres.
-Per que no. No amerita explicaciones –dijo el gigante rojo de ira.
-Lea la autorización, por favor. Haremos lo que pida.
-Presto.
-Todo está en orden, solo pedimos que nos deje pasar.
El hombre devolvió los papeles luego de observarlos detalladamente, quitó su monumental humanidad del camino y, extendiendo su corto brazo nos convidó a avanzar. Poetres abrió la cerradura, abrió una brecha suficiente por donde cabríamos los dos y el gigante acotó:
-Si al regresar a la tierra de la que fui brutalmente expulsado, busquen en Flores al rabino Shoeder y díganle que este año ayuné debidamente para el Yom Kippur. Díganle que pida a Yahvé por mí y díganle también que ya me sé el Kaddish a la perfección.
-Así será –dijo mi consejero y cerró la puerta en la que, antes de desaparecer por completo, aún podía verse un ojo gris lluvioso de aquel gigante bonachón.
Nos adentramos unos pasos en un magnífico hall. Una especie de palier de teatro francés majestuosamente decorado, con incrustaciones en oro, ídolos en plata y mármol, fastuosos muebles y magistrales arañas minuciosamente trabajadas por algún eximio artista, en las que podían adivinarse todo tipo de piedras preciosas y metales forjados.
-¡Cuánto lujo! –exclamé.
-En el infierno no todo es infernal –dijo Poetres.
Pero una vez que la imponencia de aquel hall dejó de asombrarme y distraerme, recordé al coloso portero.
-¿Quién o qué era ese o eso de la puerta? –pregunté -¿era gallego, tano o judío?.
-Los era todos –respondió solemne.
-¿Cómo que los era todos?.
-Tan claro como eso. Los era todos. Era el Argentipo. Era Manuel, Nicolino y David. Una mezcla de dramaturgo castellano, gallego bruto, romano, calabrés e israelita, con una pizca de beduino, unas gotas de germano, un chorrito de galo y bastante de sudaca . Todo junto y revuelto en un caldo espeso y bien batido, se lo agita con prudencia durante unos minutos y... ¡sás!...cien por ciento argentino. Una enorme masa de contradicciones, creencias superpuestas y valores dudosos.
-Já. Qué buen chiste.
-No es ningún chiste –dijo circunspecto.

Nos adentramos en el palier. Iba yo pensando lo que vería en adelante: siniestros castigos infundidos por terroríficos demonios, cuevas lúgubres colmadas de condenados gritando atrocidades mientras cerdos enormes los devoraban una y otra vez. Llegamos hasta una línea de ascensores; en él, un viejo maquinista enfundado en overol engrasado preguntó:
-¿Piso?.
-Primero –respondió mi tutor.
A diferencia del otro elevador en el que viajamos, este se encontraba pobremente iluminado y avanzaba lentamente. Ninguno de los tres ocupantes hicimos el mínimo intento por iniciar una inútil conversación. Al cabo del recorrido el desconocido gritó:
-Primer piso afuera.
Bajamos y entonces ominé a Poetres:
-Seguramente esta primera ciudad o barrio, o como sea que esta estructura se llame será sin duda el sitio de los no bautizados o los pequeños pecadores que pugnan sus pequeños pecados. Los levemente castigados y de allí tanta belleza en sus palieres y pasillos.
Rió burlonamente cosa que me incomodó de sobremanera me miró a los ojos fríamente y dijo:
-Voy a evacuar tus dudas. Primero, este sitio donde tus pies se apoyan no es una ciudad, ni siquiera un edificio, esa imagen es tan solo una fachada; parte del romanticismo infernal, como otros inventos como el demonio rojo con cuernos. Dime si no es mucho mas siniestro penar en Mefistófeles como un ser humano perfectamente simple, que viste y calza como humano, se expresa como humano, vive como humano y convive con los humanos. Pensarías sin duda que cualquiera de quienes te rodean puede ser Belcebú en persona que te convida con una sonrisa ladeada a trocar tu alma por un vermú en Constitución. Además, ¿quién ha dicho que es hombre?. Podría ser aquella mujer que golpea en tus sueños y te deja sin habla en su sola presencia y que, con gestos galantes te convida un infierno de lujuria, pues es la lujuria. O tal ve podría ser el niño que día a día llama al timbre en tu puerta y corre para no ser descubierto, intentando despertar tu ira. O el pizzero gordo y bigotudo que prepara la mejor de anchoas que jamás hayas probado, y una tras otra acerca porciones irresistibles a tu mesa despertando tu gula. O aquel gerente de banco, que te invita sonriente a ahorrar peso sobre peso en una caja de seguridad de acero con dos llaves o en una cuenta corriente, contagiándote su avaricia. Podría ser cualquiera o ninguno, uno o muchos, o todos a la vez.

Texto agregado el 01-03-2006, y leído por 27 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2006-03-04 03:00:18 Me uno a esa última intervención de Poetres... En cuanto al texto como tal.. va bien... Continúo... Athenea
 
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