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Inicio / Cuenteros Locales / eaco / El encantador infierno III(b)

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:185054]

-Otro tema: ¿por qué supones que este primer barrio infernal ha de ser el de los menos culpables y menos castigados?. ¿No te he dicho acaso que dejes afuera todo preconcepto?. Paso entonces a explicarte: Bien has hecho en suponer que este primer y más superficial de los antros infernales es el de los más gallardos castigos pero estás equivocado en la estirpe de pecadores. Quienes menor castigo reciben, en este caso, son quienes peores atrocidades han cometido en su vida.
-Pero... ¿Cómo puede ser? –pregunté confundido. Era a mi entender el infierno el sitio en que se castigaba a los pecadores según la magnitud de sus pecados.
-Imagino lo que estarás pensando pero te sacaré del error. ¿por qué crees que el infierno debe guardar un orden divino?. ¿Acaso no comprendes que quien rige el infierno es la maldad absoluta, que solo alguien como el Soberano del Otro Lado podría instaurar un régimen de tormentos directamente proporcionales a los pecados?. Lucifer pregona la cultura del pecado e imparte sus dictámenes es pos de este. Jamás castigaría duramente a alguien que ha cumplido sus doctrinas a la perfección. ¿Imaginas a Dios golpeando a Francisco y torturándolo cruelmente por seguir al pie de la letra todas sus enseñas?. ¡Claro que no!.
-En un principio y cuando el mundo era otro, cuando El tenía dominada a la Bestia, el hombre solo llenaba su boca y sus manos en nombre del libro y sus pregones, no dejaba que el pecado ingresara en sus casas, el infierno guardaba Su orden. Pero con el tiempo, el hombre fue poniendo cada vez más votos por la Maldad que por la Bondad, la balanza se fue emparejando hasta que se desequilibró en sentido contrario. Dios se vio obligado a liberar a Juan sin ropa e implementaron un régimen de diplomacia bipartita para el correcto ejercer de la bondad y la maldad en la vida y en la muerte. Tal es así que ambos debían hacer concesiones para obtener licencias; por lo que Dios, quien exigía la subsistencia del infierno como medio de castigo a los pecadores, consiguió si pedido a cambio de ceder en la reestructuración infernal al orden satánico.
-¿Pero entonces en este infierno no se castiga a nadie? –dije.
-Si se castiga, pero en orden inversamente proporcional al pecado. A lo que iba era que, en la cumbre divino-infernal, celebrada en Suiza...
-¿Suiza? –lo interrumpí.
-¡Pero claro, hombre!. Debía ser en la superficie, ni debajo, ni arriba; neutral absolutamente. Allí se pactó que en el infierno se castigaría a todas las almas pecadoras con la justicia infernal. Al cabo todas recibirían castigo pero en escala distinta. No se si me explico –terminó.
Continuamos avanzando por el corredor magistralmente iluminado con candiles ornamentales, cuando de pronto y dando tumbos, una mujer obesa hasta la crueldad, nos arrolló por detrás y caímos los tres de bruces sobre el piso alfombrado. La dama quedó tumbada boca arriba, moviendo las extremidades sin poder ayudarse a sí misma para ponerse de pie, como una tortuga volteada. Poetres se acercó a ella en cuclillas e intentó vanamente ayudarla, me clavó su mirada y cabeceó en dirección a la mujer tendida instigándome a colaborar con él en tan engorrosa tarea. Me sumé al trabajo y los tres comprendimos la inutilidad del intento. La mujer sonrojada dijo:
-Os lo agradezco, gentiles caballeros, pero más vale que continúen su camino pues por lo visto no llegaré a tiempo a mi deber.
-¿Hacia dónde se dirigía usted? –pregunté.
-Soy la soprano –contestó –vengo a la gala de los Demadictatiraoligogos. Hoy es el encuentro mensual y ya estoy retrasada. Estarán y clamando por mi.
-No se preocupe, querida mía –dijo Poetres –la sacaremos de este brete.
Lo miré con desconcierto. Sería imposible que dos hombrecillos de nuestro tamaño ayudaran a moverse, siquiera a aquella mujerona.
-Señora, si tuviese usted la deferencia de girar sobre sí quedando boca abajo nos facilitaría usted mucho el trabajo.
La soprano, en un intento cósmico de movimiento, giró primero parte de su tronco y luego, muy lentamente, movió la cintura en el mismo sentido. Cuando el giro sobre si estaba prácticamente completo, sus nalgas oscilantes dieron paso al pedo más estruendoso del que mis oídos fueron testigos. La mujer se ruborizó y sonrió nerviosamente ocultando sus facciones bajo las rechonchas mejillas soltando un nuevo flato, con tal suerte que, Poetres al tiempo intentando ayudarla desde el sitio puntual de la emanación despiadada, se elevó unos veinte centímetros de cualquier punto de apoyo, cayendo al cabo violentamente sobre la señora.
-Sepan disculpar ustedes –nos dijo –esto me sucede siempre que hago fuerza, cuando me pongo nerviosa o se me estimula el vientre.
-Por así decirlo: “con peligrosa frecuencia”.
-Siquiera sobre el escenario puedo contener tales agitaciones. Es así como aprovecho el tiempo de la ovación para solapar los estruendos con el batir de las palmas.
-Debe usted cantar muy bien –dijo mi guía.
-Gracias –dijo ella –¿pero por qué lo dice?.
-No encuentro otro modo en que usted pueda despertar tales ovaciones que solapen tales estruendos.
-Usted me ofende. Es natura quien habla.
-En usted natura no habla, más bien grita con desesperación y ni que hablar del aliento –dijo al tiempo que pasaba su mano derecha extendida y ventilando por delante de su nariz.
Hicimos un último esfuerzo y lo conseguimos, mitad por ayudarla, mitad por nuestra salud.
-Me acompañan –dijo la dama acomodándose el peinado.
-Adelántese usted. Mi amigo y yo debemos conversar por un minuto.
-Muy bien –dijo ella –pero la función ya empieza.
La mujer se alejó por el pasillo a paso firme, se plantó delante de una puerta de doble hoja, se aclaró la garganta y entró.

-¿Quiénes son los Demadictatiraoligogos? –pregunté
-Son los peores pecadores que puedas imaginar.
-¿Y qué pecado han cometido?.
-Más sencillo sería preguntar cuál de ellos no han cometido –respondió –Como ya te había dicho, aquí reconocerás a más de uno pero no te detengas mucho tiempo. Entre ellos encontrarás genocidas y tiranos, demagogos, oligarcas y guerrilleros, dictadores y subversivos. En resumen, toda la lacra de nuestra tierra.
-Pero...¿Cómo están todos juntos? –pregunté.
-Los unos y los otros, mi querido, son exactamente lo mismo. Nunca podría haber disputas entre ellos. Solo difiere la terminología que utilizan y la posición de poder en la que se encuentran. Lo que para los unos es guerra, es para los otros represión; lo que para los unos es revolución, es subversión para los otros; lo que para unos es causa, para los otros es persecución; limpieza para unos, genocidio para otros. Todos aspiran al poder y, desde allí, a la imposición de voluntades y normas.
-Es cierto –respondí.
Quedé pensativo por un instante; un segundo que fue un siglo.
-Entremos –dijo Poetres –y afiná tu vista.

Ingresamos por la misma puerta vaivén por donde atravesó la soprano; era un auditorio descomunalmente grande, decorado tan suntuosamente como el resto del edificio; miles de butacas forradas con el más fino género oriental, ancladas la roja alfombra con hilado de oro a espacios regulares y magníficos bordados arabescos en forma de mosaico. Pendiendo de la cúpula, una imponente araña dorada iluminaba suavemente la platea. Sentados sobre tal lujo, miles de personajes silenciosos, oían con sublime atención en concierto de la soprano. Los personajes, si bien no portaban visiblemente extrañeza alguna, eran extraños a mis ojos. No podían mis ojos distinguir cual era el defecto común a todos ellos, pero pude comprobarlo más tarde; precisamente cuando la soprano completó la pieza que interpretaba y tras una larga carcajada mía recordando lo anecdótico del caso con respecto a la ovación, descubrí que todas aquellas sombras, de pié y aplaudiendo fervorosamente conservaban sus rostros en perfecto orden, mas no así sus cuerpos. Estaban retorcidos hasta el punto de lo tolerable en forma de tirabuzón; tan retorcidos y compactados sus cuerpos y sus extremidades que de pié sobre las butacas, todos eran enanos. Retorcidos como un trapo de piso; estrujados. Por finas grietas en su piel, fruto de la tensión, manaba un fluido blanquecino y maloliente como la espesa bruma que encontráramos antes de ingresar. Supuse que era pus, fétido y viscoso. Esas personas estaban infectas al extremo. Para evacuar mis dudas le pregunté a mi guía quien respondió:
-Nada tienen estas sombras que las haga diferentes hoy con respecto a la vida que llevaron sobre la tierra –dijo –devoran iguales banquetes, son habitués de los mismos círculos sociales, practican los mismos deportes y, como ya ves, hasta cuentan con un magnífico auditorio para su esparcimiento cultural. El precio que deben pagar por esto, es el de soportar sus cuerpos retorcidos e infectos; tan retorcidos e infectos como sus ideales y sus actitudes en la vida terrenal. No te dejes llevar por lo que crees que significa esta tortura. Es un precio módico que deben pagar para conservar esta vida aun después de la muerte.
Poetres había sido bastante gráfico. No necesitaba más explicaciones que las dadas para comprender aquello que mis ojos veían. Estaba absorto. ¡Cuántos rostros conocidos!. La emblemática mano derecha de la Segunda Mujer, con su rostro amenazante y su mirada cínica e imposible de olvidar; el virrey que escapara con el oro de los ingleses; el manitú que en el 55, golpeara con fuego la Plaza de Mayo y su sucesor; el Gran Líder alardeando en su uniforme blanco; el Fausto educador que diera en sus tiempos genital importancia (le importaba un pito) al gaucho patrio; Julio, el argentino de pétreo apellido que hiciera recular a la indiada sable en mano, oro en alforjas; el entrerriano picaflor, dueño de San José, a quien cegara la venganza de un balazo en el rostro; y tantos otros a los que ustedes ya imaginaran en tal recinto.
A lo lejos y en el centro de la primera fila, se alzaban por demás tres butacas vacías y notoriamente más ornamentadas, forradas en oro y labradas magníficamente. Mi curiosidad me llevó nuevamente a inquirir a Poetres, cuando de pronto:
-Pst!. Che!, Angelito.
Me di vuelta pues la voz me resultaba muy familiar pero no alcancé a distinguir a nadie.
-Che!, Angelito. Acá abajo –dijo la misma voz.
Bajé la vista y lo vi. Enormemente empequeñecido por el tirabuzón que era su cuerpo, el coronel Sacci me observaba sonriendo.
-¿Qué hacés por acá? –me preguntó -¿a vos también te tocó?.
-El aún no está muerto –acotó Poetres y se alejó unos metros –seguramente querrás cruzar unas palabras con él.
-Que no está muerto está por verse. Tal vez todos estuvimos muertos. Tal vez nadie haya muerto. Es un dilema.
-Jamás pensé encontrarlo acá –le dije al enano.
-Tampoco yo. Pero una cosa lleva a la otra. Las órdenes vienen de muy arriba, uno acata, le toma el gustito y después ya no lo puede dejar.
-¿Pero entonces...?
-Sí. El también está acá y fue por mi culpa. Bah! Eso depende desde donde se mire. De no ser por mi tal vez no estaría precisamente en este lugar pero si en un barrio vecino.
Hablábamos de mi padre. Se me hizo un nudo en la garganta pero no de tristeza, sino de impotencia y enojo. La sola posibilidad de volver a verlo me retorcía las entrañas como los miembros de aquellos hombrecillos.
-¿Querés que te lo llame?
-No, en lo absoluto.
-¿Qué te trae por acá? –me preguntó.
Poetres apoyado en una columna estaba oyendo la conversación. Me miró fijamente y me hizo señas de no comentar nada.
-Un simple paseo –le respondí.
-Pavada de paseo te viniste a buscar.
Comenzó a monologar, cuestión que le gustaba bastante. De su relación con los jefes, de las primeras batidas y de cómo lo mataron cruelmente a su entender. Yo lo escuchaba sin oírlo; es por eso que no puedo transcribir textualmente lo expuesto; estaba viendo hacia uno de los lados, cuando por detrás de las sombras, en el auditorio que ya avanzaba hacia la salida, creí distinguir al dictador alemán del gracioso peinado y risible bigote evidentemente decrépito. Sacci advirtió mi confusión y dijo:
-Si, no estas loco; es él.
-Pero...
-No Angelito, él no se mató allá como hizo creer al mundo. El vino a morirse acá y de viejo. Está acá desde hace pocos años. Dicen que está demorada la extradición para el infierno germano –dijo jocoso y agregó cambiando drásticamente su tono de voz –es buena gente, aunque está un poco deteriorado, ya no asusta a nadie.
-No lo puedo creer –dije.
-¿Qué es lo que no podés creer?.
-Que el infierno se parezca tanto a la vida.
-¿Y no pensaste nunca que la vida es un infierno?.
Seguí con la vista al extranjero hasta que desapareció por una de las puertas laterales, entonces volví la vista al auditorio y puntualmente a las tres butacas en la primera fila.
-¿Te intrigan esas butacas especiales? –me preguntó.
-Si. ¿De quién son?.
-Todavía no las ocupa nadie pero ya tienen dueño –me dijo y soltó una risita estúpida.
-¿Quién?.
-De los tres monstruos. Acá se los espera hace rato. Ellos son el ejemplo magnificente de todos nosotros. Ellos son el resume perfecto de todo lo aberrante y les corresponde el lugar de privilegio.
Ya no necesitaba detalles. Sabía perfectamente quienes eran. Sin embargo, aturdido por todo lo visto pregunté estúpidamente:
-¿Por qué?.
-Angelito, Angelito!. No te confundas. No es por qué, sino cómo. Y te lo explico sencillito: nuestro país es una mina facilonga, madre de muchos hijos, casada con un boca floja y gran productora de leche. Tanta leche tiene que no solo puede alimentar a sus hijos sino a algunos adoptados más, por lo que, para hacer alarde de las superbondades de su esposa, el esposo le dice al jefe que puede llevar a sus hijos a mamar cuando guste. Por supuesto el jefe acepta contento, pues no tendrá que gastar en sus propios hijos la poca leche que mana su esposa. El jefe entonces invita a cenar al marido, quien orgulloso acepta y además lleva el vino. Ya en casa del jefe, el marido sigue alardeando de la capacidad de su mujer en cuanto a amamantamiento, a lo que el patrón pregunta tímidamente si puede, además de a sus hijos, llevar a amamantar a sus sobrinos, pues su hermana también escasea en savia materna. El tipo, doblemente orgulloso, lo convida a llevar a cuantos niños quiera. Días después el jefe aparece en la casa de la mujer-vaca con millares de niños a los que esta alimenta con placer luego de que sus hijos se satisfacen. Pero viendo las posibilidades, el jefe continúa enviando, ya no a hijos y sobrinos, sino incluso desconocidos a amamantar de la esposa del gil. En un punto los adoptados son tantos que empiezan a tomarse la leche de sus propios hijos y la aparentemente infinita leche comienza a escasear para propios y ajenos. El cónyuge va otra vez a casa del jefe pero esta vez a suplicar que ya no lleve a sus hijos a comer, ya que por alguna razón su mujer está perdiendo la capacidad de producir y sus hijos están hambrientos; el jefe refunfuña pero acepta. El marido regresa preocupado a su hogar y encuentra a su mujer llorando desesperadamente, pues ya ni una gota mana el pezón y sus hijos aúllan de hambre; el tipo se pone como loco y corre otra vez a casa del jefe y le suplica que deje a sus hijos amamantar de su esposa, pues la propia se ha secado y sus niños lloran de hambre. El jefe asiente pero le comunica que tendrá que pagar la leche de su esposa, o bien con trabajo, o bien con la leche que su esposa produzca más adelante. El hombre busca a sus hijos y los lleva donde el jefe, estos amamantan bien y deciden ya no regresar a casa. Mamá los llora pero comprende “en su seno tendrían hambre”. Un día el jefe lo llama a la gerencia y le comunica que ha vencido el plazo para el pago, que quiere la retribución con intereses de la leche que ha prestado. El pobre infeliz llora y le responde que su mujer está seca, que ya no manan sus senos como antaño y que solo alcanza para alimentar escasamente a los hijos que quedan con él; pero el jefe inflexible le da una semana de plazo. El marido vuelve a casa llorando y se lo cuenta a su mujer, quien llora enloquecida. Piensan juntos, piensan y repiensan cómo pueden sacar leche o como pueden pagar aquella deuda de otra manera. Por fin, luego de dos días al marido se le ocurre: “venderle al jefe uno de los pechos de su mujer a cambio de la deuda adquirida anteriormente y, en el transcurso de los meses, ese pecho, ahora propiedad del jefe, comenzaría a producir y lo dejaría enormemente contento”. El jefe acepta sin dudarlo y la esposa hace malabares para alimentar a todos sus hijos con un único pecho propio. La leche vuelve a escasear y pactan con el ahora dueño del otro pecho, utilizar también para sus hijos la leche del seno que ya no le pertenece. El jefe fija el precio de igual manera que antes. Al tiempo, otra vez la escasez y la finalización de los plazos. Otra vez la desesperación y la estúpida decisión: “venderle al jefe también el otro pecho”. El jefe acepta. Pero ahora ni una pizca de la leche que maman sus hijos les pertenece, la deuda se acumula, los hijos desesperan e insultan a su padre mientras sufren de hambre e intentan por sus medios conseguir madre sustituta. El marido desespera ante la magnitud de la deuda y suplica al jefe, quien lo mira inflexible y lo hecha a patadas. Además por no honrar sus deudas y ser un irresponsable, sus hijos tampoco serán bien recibidos en casa del patrón. Desesperado regresa a la suya y observa a su mujer amamantando a todos menos a sus propios hijos. El jefe, luego de unos días en los que el marido lloró y desesperó ante el repudio de sus niños, lo visita otra vez en la oficina y le dice –mi amigo, vea. Para que usted no crea que soy completamente inhumano le propongo un trato que saldará definitivamente sus deudas y ya no tendrá responsabilidad alguna para conmigo, salvo su propio trabajo que yo remunero justamente- y luego de la introducción sublime le dice –le cambio la deuda por su esposa-. Le propone quedarse con la esposa, y lo peor del caso es que el muy estúpido acepta el trato para salvar su orgullo, aún a costo de perder su dignidad. Se va a casa con la cabeza gacha y no se atreve a mirar a los ojos a ninguno de sus hijos; se encierra en la habitación que compartiera con su mujer y... ¡Paf!, un tiro en la cabeza y a otra cosa.
-¿Se suicida? –pregunté.
-No y aquí lo interesante, lo mata un hijo enceguecido de ira. Entonces este hijo, parricida y negado por su madre, intenta hasta hoy reunir a sus hermanos para recuperar a su madre, pero jamás lo consigue porque así no lo sienten los demás. Al cabo todo mamaron de distinto seno, y bien sabemos que todos llamamos mamá a la teta que nos da de comer. Jamás serán hermanos aunque provengan de la misma madre porque todos mordieron distinto pezón.
-Muy gráfico lo suyo, pero sigo sin entender –dije –sólo me ha explicado cómo hemos perdido a nuestra made.
-Ahí radica el punto.
-Sinceramente no lo veo.
-Es muy fácil: de una u otra manera todos los hijos de esta dama tenemos un Edipo con ella, o por lo menos la gran mayoría. Odiamos a Layo y, sin asesinarlo (aún), lo hacemos a un lado a empujones. Más tarde entendemos que el verdadero peligro no es Layo, de quien Yocasta se ha desencantado, sino nuestros propios hermanos y, reuniendo un grupo limitado de defensores de la causa, cruzamos los valles para darles caza.No podemos con todos, pero cuando ya hemos asesinado a una buena cantidad, basta para que los otros se dispersen. Pero al tiempo ellos vuelven para acabar con nosotros. Y así indefinidamente.
-Pero una vez perdida por completo nuestra madre, ya no hay por qué luchar.
-Ese es el único error –dijo solemne –y radica en no haber asesinado a Layo. No han sido los hijos de la hermosa mujer quienes la han vendido al truhán; ha sido Layo mismo quien decidió cruelmente que si no era suya, no sería de ninguno de sus hijos, y en la angustia de su ocaso, gozaría olvidando entre costosísimas copas de vino pagadas con su traición.
-Ahora entiendo. Muy claro.
-Así soy yo Angelito. Así soy yo.
-Y...
-Y yo fui uno de los tantos que apoyaron al marido pelotudo de la mujer a la que mas le han chupado las tetas. Luego apoyé a uno de mis hermanos y más tarde corrí de otros. Así fue que un día me alcanzaron y volé por los aires al volante de mi auto.
Sacci terminó de hablar y corrió con sus cortas piernas en busca de alguien que acababa de atravesar el umbral. Poetres, desde la columna en la que se apoyaba, alzó su mano y, juntando erguidos índice y mayor, simuló una tijera que debía cortar mi conversación con el coronel. Me encogí de hombros y antes de que el otro regresara ya nos habíamos escurrido por el pasillo siguiente.

Texto agregado el 01-03-2006, y leído por 55 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2006-03-04 04:02:38 Excelente. Perdí la noción del tiempo-espacio mientras leía. Bien logrado... Athenea
 
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