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Inicio / Cuenteros Locales / eaco / El encantador infierno IV

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SEGUNDO BARRIO: AVARICIA BANFUGAS Y TERRALINCUENTES

Avanzamos por el pasillo en absoluto silencio. Las sombras habían desaparecido por sendas puertas con rumbo a sendos penthouse con hidromasajes y señoritas en trajes de Eva. Poetres guardaba silencio pues suponía que meditaba la conversación con Sacci, pero no era así. Estaba pensando realmente en los planes que mis camaradas y yo debíamos llevar a cabo en pocos días e indirectamente sí pensaba en las palabras del coronel pero simplemente para convencerme de que el móvil que nos impulsaba a sembrar el terror no era el Edipo sino la venganza.
-En la próxima puerta a la derecha –me dijo Poetres.
-Entendido –respondí.
-¿Qué te tiene tan perdido, Angel?. ¿Acaso no disfrutas del paseo?.
-Si disfruto. Me resulta magnífico saber que salvo unos pequeños instantes de tortura, los Maquiavelos y los Calígulas de nuestra Patria, vivirán holgada y felizmente su muerte. Ni más ni menos que como allá arriba.
Mi consejero no respondió pero hizo destellar su mirada y bajó su rostro para esconderlo. Supuse, sería aquella su manera de llorar. Al llegar a la puerta, de oro sólido y cerradura de diamante, alzó su rostro y extrajo el manojo de llaves guardados a la Papillon; colocó en la hendija la más pequeña y movió el mecanismo de cierre. Adentro de aquel barrio u hotel o edificio majestuoso, la decoración no difería del anterior.
-¿Es necesaria tanta riqueza en los páramos infernales? –pregunté.
-El Vaticano posee igual riqueza sobre la superficie. No veo por qué entonces no puede el infierno mantenerla bajo tierra.
No estaba dispuesto a oír otro gran sermón por lo que preferí cambiar de tema:
-Me parece raro que aquellos a quienes vimos retorcidos de tal manera, se encuentren tan cerca de la superficie.
-No es para nada extraño –objetó -Dicen que en aquella torre que visitamos junto a esta, existe una puerta secreta por donde las sombras emergen a al tierra con asiduidad a conversar con los mortales que ostentan el poder; y por ello puede tan frecuentemente observarse en los últimos el accionar de los primeros.
Continuamos por el hall hasta una puerta mas pequeña y menos decorativa, de color rojo sangre y ornada con achuras y facturas de cerdo. Ni bien hubo Poetres entreabierto un pliego, desde el interior de aquel recinto, avanzó hasta nosotros un hedor repelente a chiquero y sonidos alocados de animales en pugna.
-Prepara tus ojos para contemplar lo que sigue –apuró mi tutor infernal.
Tal como él lo había dicho; para ver lo que a continuación relataré había que preparar los ojos, y si bien los míos ya no ven, sólo me basta el recuerdo.
Era un recinto gigantesco que parecía perderse en el horizonte, pobremente iluminado, sucio al extremo en sus paredes y columnas como así también sus alfombras exteriores. En el centro, una hondonada lodosa abarrotada de cerdos que, con rostro humano, pugnaban a embestidas con sus vecinos recogiendo con sus hocicos lingotes enlodados y piedras preciosas de las más variadas especies y tamaños. Corrían bestialmente y se arrollaban profanando el botín de sus camaradas. Encarnizadas luchas por doblones y pesos, alaridos espantosos y blasfemias, insultos, eructos. Hacia los lados, sobre el plano alto de la colosal habitación, homocerdos huidos de la lucha intentaban vanamente realizar la ardua tarea de contar sus doblones con el hocico, pues sus patas inhábiles no les era útiles a tan fin. –Tengo treinta y uno –gritaba ya uno por aquí. –Yo he conseguido setenta –alardeaba otro más lejano. De repente una sirena ensordecedora detuvo la riña y los cerdos se atropellaban entonces por esconderse y buscar refugio. Luces cegadoras se encendieron en lo alto de la sala cubriendo todo de un brillo blanco sin sombras; hacia los lados, diminutas puertas de no más de un metro cincuenta de altura se abrieron, la bocina cambió su tono y a través de las portezuelas comenzaron a avanzar dentro del recinto millares y millares de niños semidesnudos de aspecto humilde, famélicos al extremo, empuñando cuchillos de carnicero filosos como escalpelos. Se lanzaron sobre los hombres-cerdo y comenzaron a cortarlos en delgadas lonjas y arrancarle de sus hocicos los tesoros acumulados. -¡Saqueo, saqueo! –gritaban los cerdos. Los niños encarnizados y encolerizados atacaban con cruel furia a los animales aterrorizados. La sirena cambió su timbre y los niños desaparecieron de la sala tan raudamente como habían ingresado, mientras los cerdos comenzaban poco a poco a ponerse en pié, heridos en su cuerpo y en su orgullo, cortados y devorados por partes, agitaban sus cabezas para acomodar inexistentes peinados.
Algunos rostros me resultaban conocidos, pero ninguno particularmente familiar. Poetres me indicó que mirase hacia la derecha de donde estábamos. Allí un cerdo estaba recostado, no parecía herido como el resto de ellos; seguramente había simulado estar abatido para no ser mutilado por lo pequeños famélicos. Dio vuelta su pesado y sucio cuerpo y de frente a mi pude reconocerlo. Era Godofredo Ipswitz, el aristócrata amigo de mi abuelo que tan gentilmente ofreciera hospedarnos a mamá, a Víctor y a mí en Buenos Aires. Lo miré fijamente y el volteó su cabeza. ¿Acaso todas las personas que conocí en mi infancia estarían en el infierno?. Quise avanzar hacia él pero Poetres me detuvo.
-La línea –me dijo señalando al suelo –déjalo que se acerque, no va a resistir la tentación de conversar con vos. Ese es el Polimático Aristogarca.
Dicho y hecho. Un minuto más tarde Godofredo estaba a mi lado.
-¿Cómo te encuentras Angel? –me preguntó.
-Mejor que a usted, seguramente –respondí
Igual que en mi anterior encuentro, mi guía se alejó unos pasos para otorgarme privacidad. Aunque supuse que más que por mí, sería por el condenado.
-Sin duda alguna.
-¿Qué ha sido de su vida?.
-De mi muerte querrás decir. Hace años que estoy aquí, y mi dinero, oro y diamantes no sirven en este lugar para comprar mi libertad como allá arriba. Aquí son inflexibles. A pesar de ser quienes crearon la corrupción no permiten su ejercicio aquí. Siquiera mi mansión en Villa Crespo fue un buen precio para ellos. Pensar que aquella casa lo era todo para mi. En ella tenía las más robustas cajas fuertes para amontonar mis doblones, además de lo que guardaba en el banco, allí tenía una suntuosa cama donde pasaba noches de ardorosa pasión con bellísimas señoritas, de a una o de a varias. Allí tenía mi mesa de cedro libanés trabajada por los más sublimes artistas del ébano, donde con frecuencia se servían a toneladas los más exquisitos y exóticos platos que el dinero puede comprar. Tenía mi diván en el que pasaba largas horas reposando sin pensar siquiera. Una habitación hermosamente decorada, repleta hasta su tope de los diseños más exclusivos de los más exclusivos sastres, me convertían en el hombre mejor vestido y galante en toda reunión social. También poseía un magnífico escritorio sobre una alfombra persa, donde por las noches me desvelaba odiando la suerte de las gentes a quienes ese día, el movimiento de los mercados había aumentado su fortuna y, finalmente, el armario espléndido en el que guardaba mi pistola Máuser, con la que asesinara a mi archienemigo, cuyo hijo se encargara luego de pagar una jugosa suma, para acabar con mi vida, a unos mercenarios de Olavarría.
-No hay vicio en el que no haya caído, señor –comenté.
-Así es, y no me enorgullece en este momento.
-¿Por la condena?
-No exactamente –dijo misterioso
-¿Entonces?
-Entonces he descubierto que mi calaña de hombre, de la mejor cuna, de la mejor educación ha contribuido permanentemente al quebrantamiento de los órdenes necesarios para la vida. El castigo que a diario sufrimos no es otra cosa que la demostración de tal teoría. Niños famélicos devorando nuestras carnes. Precisamente esos niños a quienes nuestra avaricia convirtió en lacra.
-Carne de cerdo –acoté.
-Cerdo no. Jabalí, que es una especie más fina de cerdo –me corrigió.
-Pero a la vez más salvaje y más preciada por los cazadores y sus fusiles.
-Es cierto. Nada más cierto –dijo acompañando la afirmación con un movimiento de cabeza.
Siguió por un momento meneando la cabeza y afirmando al tiempo que movía la pequeña cola. Para detener aquellos movimientos que me ponían nervioso pregunté:
-¿Y cómo puede explicar usted, que su calaña de hombre haya roto el equilibrio de tal forma que la vida ya no...?
-La vida consiste en la preservación del justo equilibrio entre lo material y lo espiritual, entre lo divisible y lo intangible –se aclaró la garganta –Lo uno y lo otro deben complementarse de manera tal que, la mala distribución de cualquiera de ambos, ya por escaso ya por exagerado, deteriora el mecanismo motor del ser hasta la exacerbación. Ahora bien. Partamos de la base, en que como justa necesidad debe a tal fin, ubicarse en el poder a un órgano regente, al que llamaremos “poder regente”, a cuyo cargo se encuentra el mantenimiento de la equidad, ubicando a la vez tras de sí a un número determinado de órganos subordinados a su poder. Suponiendo que el “poder regente” lleve a cabo la consigna de manera justa y precisa; en tal caso el orden perfecto y cada uno de los órganos subordinados que completan el sistema o motor funcionaría correctamente, haciendo justo uso de sus derechos y ejerciendo prudentemente sus responsabilidades. Esto como mecanismo “Ideal”. El caso opuesto; el “poder regente”es injusto e inconsistente, no provee equilibrio ni pauta límites a los órganos subordinados; los que, sobrepasados sus derechos por sus obligaciones, atentan por contraposición al “poder regente” intentando usurparlo quebrando así el mecanismo y deteniendo la máquina. El regidor quebrantado cede su paso a uno nuevo o a una coalición de “nuevo poder regente”. Los órganos pueden consignarse de la siguiente manera: Pueblo, fuente del trabajo y la producción, raíz de la vida misma, por y para el cual surgieron los restantes; Iglesia, fuente del alimento espiritual del pueblo, representante terreno del Ente Celestial; Armas, fuente del orden global de los órganos, hijo del pueblo; Burguesía, fuente y custodia de toda la riqueza, hija bastarda del pueblo; Estado, fuente natural del poder regente, árbitro de todos los órganos, cuya herramienta es la justicia.
-Redondee que me pongo mustio- le dije.
-No me apure si me quiere sacar bueno. Llevo una eternidad y la mitad de la otra en pos de estas elucubraciones. Este es un mea culpa y espero ya no ser interrumpido hasta acabar.
-Prosiga, prosiga- lo alenté con gesto de cortesía.
-Como bien sabemos y el magnánimo Aristóteles proclamara; el poder del estado justo regido por monarquía, aristocracia o democracia puede degenerar en tiranía, oligarquía o demagogia respectivamente; ésta degeneración es la manifiesta ruptura del orden y el primer paso en el desplazamiento del poder regente. Le graficaré entonces, para su sencilla comprensión, el o los procesos por medio de los cuales el poder puede ser usurpado para el restablecimiento del orden elemental. Llamaré entonces, en pos de la gráfica: Pancho al Estado; Aristóbulo a la burguesía; Severino a las Armas; Jesús a la Iglesia y Juan al Pueblo; y aquí la proclama y el inicio de la historia.
-Lo escucho con atención –le dije.
-“Pancho es un tipo bonachón, de buena familia y educado, dos hijos, buena imagen pública y un perro llamado Jacinto que le lleva el diario a la cama los domingos. Se presenta a elecciones en un partido tradicional y populista. Llega al poder apoyado por Juan, financiado por Aristóbulo, bendecido por Jesús y respetado por Severino. Este último y ante tanto orden se refugia en la paz de los cuarteles en paz y duerme el sueño de los justos con justa razón pues todo goza de una tranquilidad increíble. Pero no todo puede ser color de rosa por siempre. Cierto día Aristóbulo despierta por la mañana en su casa de campo, ornada como en dinastía, repleta de arte genuino costosísimo y sendos diplomas de las mejores casas de estudio del mundo con su nombre impreso, para cumplir con la rutina cotidiana de contar monedas, enfundado a la italiana, perfumado a la francesa, calzado a la inglesa y recostado a la santiagueña; cuenta su oro una y otra vez y tuerce la boca disconforme: “No hay tanto como esperaba”. Furioso, se levanta del sillón, llama a su chofer y se dirige a casa Pancho. Al llegar le comunica al gobernante su descontento; lo intima a tomar cartas en el asunto y pone precio a su favor. Pancho se encoge de hombros y cavila un momento; finalmente opta por apretarle el cinturón al pobre Juan que está sudando como un perro su veintiúnica camisa, en la oficina sucia y lóbrega que el burgués le ofrece a cambio de su trabajo. Juan protesta como loco, patalea y putea. Jesús, que oye los gritos del hombre simple, proclama entonces discursos poéticos del dogma y de la justicia divina aplicable a los injustos. Pero Juan, no conforme con el alimento espiritual que no calma el hambre de sus hijos, reclama el justo usufructo de su trabajo. Concluye entonces que nadie escucha sus voces con atención. Sudado y harapiento, Juan, arroja las herramientas y enciende sobre el asfalto el caucho de sus sueños esfumados. El gobernante, harto de tanto alboroto y enfermo de humos negros, va hasta el cuartel y despierta a Severino que, con modorra y lagañas en los ojos se calza las jinetas, toma el viejo garrote y sale hecho una tromba a redimir a Juan que, cantando el himno nacional frente a la casa del demagogo, intenta por una vez ser oído y corre a esconderse cuando llegan los verdes. Juan decide cambiar el blanco de sus cascotes que daban hasta entonces en la rosa fachada y los apunta al uniforme. Mientras tanto Pancho, aturdido y apenado, le avisa a Aristóbulo que reestablecería el orden primordial soltando un agujero al cinto del pobre de Juan. –“No, mi querido Mandatario. Lo que se inicio no puede detenerse hasta el prudente final –enuncia Aristóbulo. Pancho lanza una carcajada y dice: -“Acá el que manda soy yo” –. El otro lo mira con desprecio y se va dando un portazo. Momentos después, el ofendido, se reúne secretamente con Severino en una estancia correntina. Lo colma en su orgullo y lo infla como un globo. Promete colmar sus polvorines y cambiar sus uniformes, lo impulsa como único posible salvador ante la ineficiencia de Pancho llenándolo con halagos como: león, campeón, poder, el orden mismo hecho persona. Severino gordo de halagos sale disparado a enfrentar a Pancho y lo saca de su sillón de una patada en el traste. El destituido, abatido y sabiendo cual será el paso siguiente, va donde Jesús pero el religioso está demasiado ocupado bendiciendo el fusil de Severino, sus jaurías y asesinos, mientras busca en el Libro un pasaje que describa el Juan subversivo que se olvidó de Dios. Para entonces, Severino continua persiguiendo a Juan. Este, y a modo de repudio, arma explosivos caseros y los dirige al viento; pero inocentemente los instala en las propiedades de Aristóbulo. El rico ofendido va por Severino y le exige que aniquile a Juan. Le recuerda que la canilla de oro que paga las balas le pertenece. Severino le agradece los lingotes y se le ríe en la cara. Resentido Aristóbulo se va dando un portazo a casa de Juan (quien a todo esto olvidó a Jesús y extraña a Pancho que en definitiva era menos malo) y le ofrece el oro y el moro para que, con nuevas y carísimas armas lo ayude a abatir a Severino. El pobre acepta y, con el chipote de platino le abre el balero al militar, quien mancillado en su orgullo se retira nuevamente a sus aposentos a soñar con la gloria. Jesús aplaude a Juan y lo invita al templo. –“Has vencido al tirano” –le dice y lo bendice con un gloria hosanna. Juan se va a casa de Aristóbulo a buscar el oro y el moro prometidos pero el burgués lo mira con desprecio y le dice – “Minga”-. Juan se va herido y llorando a casa, no sin antes pasar por casa de Pancho y juntos llorar su miseria. Aristóbulo recupera lo invertido pero aún quiere más. Tanto exige a voz en cuello que despierta a Severino, quien en un ataque de escrúpulos, carga el fusil y lo pone en bandolera. Golpea frenéticamente la puerta de Pancho. Conversan largamente y, con Juan, avanzan los tres a casa de Aristóbulo, a quien hayan contando monedas. Severino entra hecho una furia y patea la mesa, arroja al oligarca al piso e invita a Pancho a regresar a su sillón. Juan y Severino se dan la mano y sonriendo miran a Pancho que llora de alegría. Aristóbulo junta las monedas del piso, los mira con desprecio y se va dando un portazo. Jesús los bendice a todos diciendo: -“Gracias a Dios hemos recuperado la democracia”. El burgués mira por televisión la plaza abarrotada de gente y ya busca a otro Pancho para repetir la historia.
-Muy bien, me quedó claro –dije –Pero, a tales fines en los que su “calaña” de hombre o cerdo manejan a su antojo cada sector, ¿no sería prudente decir que el verdadero poder regente permanece siempre oculto tras el discurso del gobernante?.
-Si bien es así no lo es completamente –respondió –Nosotros no aportamos a la maquina más que el combustible. Imprescindible, si. Pero eso no implica que no debamos enfrentar reveses.
-Entonces el verdadero motor de la vida no funciona a costa de los hombres sino de su...
-Justamente. Se moviliza a costa del carburante que nuestra ambición y avaricia acumula hasta el infinito, pero el mismo elemento que hace rodar el motor, es el que lo hace estallar.
-El dinero bien podría apodarse “discordia”.
-Has dado en el punto. El dinero es la creación diabólica por excelencia. Nos sólo dificulta la vida, sino que la corrompe. Todo se rige por y para el dinero.
-Es un buen método para la recolección de almas –dije. –aunque el precio a pagar por haber sucumbido a la tentación es bastante alto. Hombres-cerdos brutalmente atacados por niños hambrientos.
Hizo una pausa en la conversación. Silenciosamente observó sus patas delanteras y dejó escapar de sus ojos un raudal sin freno de lágrimas lodosas. Miró hacia el gran foso en donde los homocerdos habían vuelto a la carga sobre lingotes y piedras; nuevamente se arrollaban y disputaban los trozos de riquezas inútiles. Levantó tristemente su mirada hacia mí y dijo:
-Es un hábito tan ruin, pero a la vez tan irresistiblemente sabroso... Está en nuestra naturaleza. Lo que ha de ser será –concluyó.
Acomodó su cuerpo gordo y sucio, me dirigió una sonrisa ladina y corrió escaleras abajo hacia la batalla campal por el oro. Segundos después la sirena y las luces, luego los niños y el desborde sangriento. Nuevamente el castigo.

Poetres se acercó a mí. Contemplaba como yo el decadente espectáculo de los aristócratas convertidos en jabalíes; el de aquellos pobres niños hambrientos que no tenían otra culpa que el hambre y no cometían otro delito que intentar saciarlo. Decidí ya no verlo, era un espectáculo espantoso. Con la cabeza gacha, dirigida a la línea amarilla cubierta parcialmente por el fango, pregunté:
-¿Por qué en cerdos, Poetres?.
-Algunas personas no cambian su aspecto cuando llegan al infierno –me respondió.

Texto agregado el 01-03-2006, y leído por 24 visitantes. (0 votos)


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