CUARTO BARRIO: GULA LASTRONCIOS E INTELECGULOIDES
Apenas terminado el cañaveral y la gruesa hilera de ombúes, otro barrio se erguía ante mis ojos; de arquitectura... gastronómica. Los edificios, de los más variados colores y formas, representaban gigantescos platos de los más diversos y exóticos alimentos; ya por aquí un pastel de vainilla con una delgada cobertura de chocolate rematada con una descomunal cereza a la marrasquino, ya por allí un grueso plato de fideos al pesto con aromática albahaca y una suave llovizna de parmesano; unos metros adelante, una copa de langostinos con salsa golf.
En los edificios mencionados y en los que no mencionaré se hallaban representados todos los platos típicamente criollos y los más variados de la cocina internacional. Puertas y ventanas se hallaban perfectamente disimuladas entre salsas y cremas y sólo era posible distinguirlas por la luz artificial que pasaba a través de ellas.
En el centro de lo que ahora era una anchurosa avenida, se erguía un enorme tinglado aparentemente nacido de la tierra misma. Sobre su puerta vidriada, un letrero luminoso dictaba “Refectorio Comunal de Villa Comecó”; sus vidrios esfumados impedían observar hacia adentro, pero sin embargo, era posible desde la avenida imaginar las dimensiones del banquete: sonidos de vajillas enlosadas, ávidos cubiertos sobre metálicas bandejas, susurros infames y acaloradas conversaciones, castañar de dientes y blandir de lenguas.
Avanzamos con mi guía hasta la puerta; un pequeño cartel anunciaba “Toque timbre y espere ser atendido” y debajo, subrayando la frase, una delgada flecha indicaba la dirección del botón; sobre éste, un prolijo letrerito de bronce grabado sentenciaba: “La casa se reserva el derecho de admisión”. Sin más Poetres presionó el llamador en tres ocasiones. Un momento después. La puerta se descorrió y un hombre extremadamente rollizo, enfundado en un traje demasiado pequeño salió a nuestro encuentro. Era corto de piernas, aún más corto de brazos, chorreante de papada, desbordante de mejillas y exuberante de vientre; graciosamente peinado hacia atrás embarrado de gomina, pequeño bigote despoblado de bello y ojos intensos. Los botones de su blazer sujetaban con trabajosa desesperación los ojales de la solapa contraria y, un pequeño moño rojo, remataba su grotesca vestimenta, ceñido al cuello rígidamente almidonado de la camisa blanca. Con cálida sonrisa se dirigió a nosotros:
-¿Los señores desean tomar parte en el convite?.
El caballero escupía al hablar y sudaba a raudales. De tanto en tanto secaba el sudor de su frente con una servilleta blanca.
-Si fuera posible –respondió cortésmente Poetres.
-Aún está disponible una mesa –dijo el mofletudo –pero tengo la obligación de comunicarle que sólo podrán ingresar de rigurosa gala.
-Si usted fuese tan amable de facilitarnos un saco...
-Como no. Pasen ustedes –invitó.
Ingresamos a un estrecho salón, una especie de recibidor; sobre la izquierda, un cuarto aún más pequeño, a modo de guardarropas, era atendido por una simpática señorita que nos facilitó un saco a cada quien. Poetres se veía extremadamente gracioso, o grotesco tal vez, cubierto su tronco por un saco cruzado azul de perfecto corte y desnudo por debajo de la cintura. Igualmente ridículo me veía yo con el saco y mi pijama.
-Si fueran tan amables de seguirme... –indicó el garçon.
-En un momento estamos con usted.
Poetres se acercó a mí y en voz baja me dijo:
-Asistiremos al banquete más horrible que puedas imaginar; los comensales no conocen la saciedad ni las formas. Este es el banquete de la gula.
No acoté absolutamente nada, le indiqué siguiésemos a nuestro anfitrión y juntos ingresamos al inmenso salón. Como pude observar desde afuera del recinto, era un gigantesco tinglado de chapa galvanizada. En el interior, desprolijamente distribuidas, centenares de mesas abigarradas de comensales eran golpeadas por estos en son de disconformidad; en el centro de las mismas, sendas paneras vacías ya de contenido eran fieles testigos de la voracidad de las gentes; los invitados al banquete se hallaban prestos a comenzar la comilona; todos ellos de grueso porte y burlona sonrisa coreaban unánimemente la estúpida canción que pronuncia reiteradamente “queremos comer...queremos comer... queremos comer”. Sin duda alguna querían comer. Para tal fin, los hombres presentes, habían desabotonado sus pantalones y abierto sus sacos en pos de que no hubiese limitación física ajena a sus propios cuerpos, que les impidiese devorar hasta el hartazgo; las damas, cubiertas por holgados trajes, se disponían de igual modo a tragar locamente. Nos sentamos.
En un improvisado escenario, el personaje que nos había recibido, detuvo con ampulosos movimientos de brazos el bullicio indefinible:
-Damas y caballeros –dijo –que ingrese el primer plato –aplausos y ovaciones.
De dos pequeñas puertas laterales, un ejército de mozos vestidos de impoluto blanco avanzó raudo hacia las mesas portando enormes bandejas colmadas de platos, a la vez saturados de alimento.
-Pollo a la provenzal –anunció el oficiante.
Una vez que hubieron servido a todos y a cada uno de los presentes, el anfitrión enunció:
-Bon apetit.
Con un estruendo ensordecedor, los comensales se lanzaron contra el pábulo. Era un espectáculo asqueroso y decadente: omitiendo directamente el uso de cubiertos y utencillos, se abalanzaban ávidamente con uñas y dientes, tomando el pollo entre sus manos y, entero y sin fraccionar lo embutían en sus fauces escupiendo inmediatamente los huesos pelados libres incluso de cartílago; otros sin usar sus manos, sumergían sus cabezas en los platos rebosantes, engrasando y manchando sus vestimentas, sus orejas y sus hombros. Finalizada inmediatamente la tarea, se erguían con decoro en sus asientos y observaban al anfitrion. En seguida el ejército que había servido los platos los retiraba con premura y se perdían nuevamente por las puertas laterales. Poetres y yo no habíamos probado bocado, tal era el asco que provocaban aquellos personajes.
-Segundo plato: spaghetti a la florentina.
Nuevamente el ejército y nuevamente la desmedida voracidad. Acabaron con este plato y con los que siguieron. Paulatinamente el fervor y la avidez disminuía con el transcurso de los sucesivos alimentos, así como la velocidad para devorarlos.
-Vigésimo plato: costeleta de cerdo a la plancha.
El ejército sirvió pero los comensales observaban ya desencantados las mesas colmadas y se negaban a comer. La respiración de los era entrecortada y dificultosa, ya las ropas cedían a las carnes y comenzaban a desgarrarse. El anfitrión chasqueó sus dedos; en ese instante, la hueste de mozos avanzó hacia los convidados armados con enormes toscas de mortero, se ubicaron ordenadamente uno tras cada comilón, tomaron con perfecta coordinación una costeleta del platillo y las embutieron literalmente en las bocas ya saturadas de los agasajados empujando el bolo hacia el estómago ayudados con el palo. Uno tras otro fueron introduciendo en los condenados los bolos y uno tras otro los sucesivos platos.
-Damas y caballeros... el postre –anunció el patrón.
Mismo proceder por parte de la urbe de mozos, introduciendo violentamente ahora el postre. Una vez finalizado el tormento y vacías las bandejas, un temblor arreció el local, mas no provenía de la tierra sino de los cuerpos inflados de los ahítos; inmediatamente, uno a uno comenzaron a estallar estruendosamente; sus pieles tensas se desgarraban y daban paso a una chorrera de vísceras y tozos de alimento precariamente digerido. Todos y cada uno estalló a su tiempo dejando el lugar hecho una montaña de porquería humana y no humana. Los verdugos gastronómicos asidos a inmensos escobillones comenzaron la limpieza, juntando todo el fango de cabellos, sangre, tripas, pieles y alimentos en gruesas bolsas de consorcio que finalmente arrojaron en gigantescos cestos de basura ubicados fuera del recinto.
Escapamos raudamente de allí por la salida sin despedirnos y sin siquiera devolver los sacos que llevábamos puestos; corrimos por una sinuosa bajada en donde la avenida comenzaba a estrecharse, hasta convertirse en un apretado callejón. Sólo al observar el brusco cambio en la arquitectura detuvimos la carrera. Ya los edificios no mostraban la gastronómica arquitectura, sino una estructura simple sin extrañezas; casas bajas y pequeños chalet con floridos jardines poblados de dalias y jazmines.
Desde el interior de las simples viviendas partían acordes tropicales simples y estúpidos; la simpleza de la música solo era comparable a lo absurdo y estúpido de la letra; canciones para nada contagiosas y tan absurdas como rondas infantiles, de grosero lenguaje y monótono vibrar en los parlantes. Los sonidos provenían de televisores encendidos a todo volumen en programas basura y burdos programas de radio; conductores y locutores impostaban un tono festivo en sus estridentes voces, convirtiendo el ambiente en una tortura infernal.
En los zaguanes, apiladas de a cientos, publicaciones amarillas y rosas, portadas de farándula y chismes de novela y miles de folletos publicitarios de jabones y jamones, de cremas y mermeladas, aspirinas y vinos.
-¿Dónde estamos? –pregunté a Poetres.
-Aún no salimos del barrio de la Gula.
-¿La gula? –dije -¿y qué demonios tiene que ver esta música patética?.
-Es otro tipo de gula, querido Angel -respondió –No la del alimento físico sino la del metafísico. Aquí purgan su condena aquellos que en su vida fueron tan ávidos de la literatura y el conocimiento, como aquellos que antes viste lo fueron de las sazones. Devoradores de letras, obesos de conocimiento y cocineros expertos de los más imaginativos personajes, ensalzados con humanidad y con miseria, con metafóricos y surrealistas paisajes, con fantasías y realidades propias del hombre.
-Jamás imaginé que la gula de saber fuese condenada –dije circunspecto.
-Así es –respondió –pero este castigo solo rige para los infiernos de toda la América al sur del Río Grande pues bien sabemos que la erudición no llena las urnas del tirano ni las arcas del imperio. Y valla si se castiga el saber en estos antros infernales.
-¿Y por qué esa música y esas publicaciones?.
-Los aquí sometidos son culpables de saber, pero lo son aún más de sospechar. Condenados eternamente a la eterna desinformación y al atropello del intelecto con trivialidades y estupideces, bombardeados permanentemente con la incultura propia de los regímenes incultos; prisioneros del enmohecimiento mental que somete a los pueblos. Esas publicaciones no son más que el epíteto del ignorante.
Poetres había sido lo suficiente claro. Bastaba su explicación para entender que todo este infierno, era injusto en su extensión y en su condición. Creer que podía juzgarse el hambre de sabiduría era tan siniestro como la aplicación del castigo. Centenares de hombres de letras condenados eternamente a la brutalidad suprema; en definitiva es así como se somete a los sabios y con ellos a los pueblos, con los pueblos a las naciones y de allí...
Alcé la vista y descubrí a dos hombres que se acercaban por el camino; uno delgado en correctísimo traje, el otro de sport. Se acercaban a nosotros danzando al ritmo de los compases tropicales, tomados por el hombro, embriagados de idiotez. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, me horroricé. No podían ser ellos pero lo eran; nos miraron fijamente y detuvieron su baile para reanudarlo al cabo de un momento, meciéndose tomados de las manos, con ondulantes movimientos de piernas, alzar de brazos, girar de cabezas y, luego de girar noventa grados sobre si mismos, iniciar un movimiento rítmico y reiterativo: pie derecho dos veces adelante, pie izquierdo dos veces de lado, pie izquierdo una vez hacia atrás, media vuelta derecha, media vuelta izquierda, vuelta completa en el aire; y reiniciaban el movimiento inicial. Cantaban en un falsete ordinario, estomacal y gangoso:
Yo soy así, me gusta la vida
No quiero el trabajo
Quiero vino y quiero minas.
Si no me lo dan, yo salgo de fierros
Antes de laburar
Que me maten como un perro...ooh...oooh.
Realmente no podía creer que se tratara de quienes eran.
El hombre de traje era nada menos que aquel cultor de la literatura argentina, Martín Sacastrú, quien inventara a Morel y soñara con los héroes, para que más tarde una muñeca rusa recopilara su maravillosa obra desperdigada para darle a él, el descanso de los caminantes. El otro, vestido de sport, con una frondosa barba aunque con distinguido porte, no era otro que quien mostrara su presencia como Julio Denis y jugando a la rayuela diera la vuelta al día en ochenta mundos, para finalmente detenerse en París, soñando con una Nicaragua tan violentamente dulce.
Ninguno de los dos percibió mi sorpresa y continuaron su danza, ahora con otra canción:
Ella es María del Carmen,
Le dicen Marita
Le das cinco lucas
Y se baja la bombachita.
Que patética imagen daban con sus frenéticos movimientos y con la pestilente prosa de sus canciones. Aquellos hombres antaño ilustrados e ilustrativos, (que supieron con su pluma contagiar de romanticismo y esperanza, como así también bronca y resentimiento) a quienes imaginaba deleitándose en el paraíso de los conocimientos, aún explorando, aún reconociendo, con un viejo fonógrafo disfrutando de Haendel, Verdi, Bach, Wagner, Bizet y con los versos de Carriego, la prosa de Virgilio... ¡Qué tristeza!. Allí estaban hundidos en la más cruel de las torpezas.
-¡Che! –exclamó Sacastrú. -¿Vamo a pateá unas cumbias?.
-¡Dejá a estos salames!. Se ponen la gorra. –agregó Denis.
Yo estaba apesadumbrado, no podía creerlo.
-Maestro –dije dirigiéndome al primero –¿Usted que convidó al argentino con su exquisito diccionario se expresa de esa manera?.
-¿Só rati que hacé tanta pregunta?.
-¿No recuerdan a Haydn ni a sus pródigas obras?
-¿Lo qué?.
-¿Y grandes libros? –pregunté –El tambor de hojalata, Crimen y Castigo, Metamorfosis...
-¿Libros?. Los libros son para los que hablan en difícil, nosotro somo de la cumbia villera y de la birra fresquita. El único libro que leímos es el de la lleca.
En ese instante pude sentir en mi hombro una mano amiga que se posaba cariñosamente:
-Déjalos, es inútil. Así es como el diablo que gobierna y los demonios que lo gobiernan a él quieren que acaben los intelectuales argentinos.
-Pero es muy triste...
-Lo es, pero no podemos hacer nada para revertirlo. En este infierno el saber representa un pecado capital.
La conversación hubiese continuado de no ser porque, resignado ya, decidí prestar atención a la voz y a la mano en mi hombro, que supuse de Poetres. Giré y descubrí junto a mí al hombre de fuerte alma que dio inmortalidad al misionero.
-¿Justamente usted me pide que me de por vencido? –le pregunté.
-Hay batallas que, en el infierno, jamás podrán ganarse.
-¿Y qué hay de aquello que usted dijera “trémulo de pavor, piénsate bravo”?.
-Si fuese uno mismo en este endemoniado precipicio eterno en el que sucumbe toda alma, quien forjara su dignidad y pudiese sostenerla a pesar de los castigos repelentes a los que el diablo nos somete, fácilmente podría arremeter feroz, ya mal herido; más no es uno aquí dueño de su alma y raramente pueda uno cargar con el tesón del clavo enmohecido sin hincárselo de lleno y cruelmente en el corazón.
-Pero usted conserva la compostura. ¿Es acaso inmune a tanta basura?.
-No lo soy, pero si guardo conmigo un secreto.
-¿Cuál es? –pregunté.
-El secreto radica en no detenerse; permanecer en constante movimiento, hacer oídos sordos y ojos ciegos ante las situaciones adversas.
-¿Escaparse por la tangente? –dije.
-Algo así –respondió –Eso y estos tapones de cera que tuve la precaución de tomar prestados del primer edificio a mi llegada.
-¿Tapones?.
-Sí. Mira.
Se quitó los tapones para mostrármelos y, casi inmediatamente, su rostro sabio sufrió una metamorfosis. Sus ojos se llenaron de un brillo gracioso, su cuerpo de un movimiento festivo; sus piernas vibraron y sus brazos se alzaron. Con el último vestigio de claridad mental dijo:
-Maldita la hora que me detuve. Maldito el momento en que me acerqué a conversar con usted, maldita...
Maldita, te fuiste y me dejaste
Con un montón de ropa sucia
Y nada que morfar en la heladera
Te fuiste con el barrigón
No te voy a perdonar nunca
Me dejaste por un botón.
El último se tomó del hombro de los anteriores y, los tres juntos, unidos en la estúpida danza se perdieron en la oscuridad del barrio de los Intelecguloides. Yo quedé realmente apenado, pues contribuí a la destrucción del último vestigio de conocimiento y sabiduría que quedaba en el infierno argentino.
Agaché la cabeza con culpa y escondí mis penas bajo un manto de lágrimas; Poetres palmeó mi cabeza y continuamos hacia el próximo barrio infernal. |