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Inicio / Cuenteros Locales / eaco / El encantador infierno VIII

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SEXTO BARRIO: IRA. HOMOCANES

Seguimos la línea guía por el polvoriento suelo; sobre nuestras molleras el cielo se tornaba gris y apagado, el Tulgio refulgente se ocultaba tras un manto espeso de nubes y sólo algunos rayos se escurrían por pequeñas brechas tocando el suelo. El horizonte se apreciaba cerrado, un vestigio de temporal traía aroma de tierra mojada y sobre el suelo inerte, pequeños insectos emergían y a paso raudo volvían a ocultarse unos metros mas allá a una velocidad increíble, con la misma destreza con la que los cangrejos se ocultan en sus guaridas. Poetres andaba meditativo, cabeza gacha, ojos entrecerrados y manos inquietas; contaba con los dedos como siguiendo digitalmente una ecuación demasiado extensa o demasiado difícil, de tanto en tanto extendía sus dedos completamente y estiraba sus brazos como borrando una cuenta mal realizada; contaba cuatro dedos de una manos y cinco de la otra, los alargaba de uno en uno para, sin detenerse, continuar con una segunda ronda; intuí entonces que aquellos números superarían la decena y por tanto la elongación de todas sus falanges no alcanzaban para el asiento de aquellas cifras. En seguida me observó fríamente, detuvo su andar y se sentó sobre la arcilla; prosiguió la cuenta con los dedos de sus manos y, con las piernas extendidas y los dedos de los pies flexionados inició una tarea jamás imaginada: contaba de uno en uno elevando al tiempo los dedillos de sus manos y, al superar la vuelta completa, con un gesto sombrío, mitad ansiedad mitad dolor, extendía uno de su pié.
-¿Qué mirás? –me preguntó con violencia sin dejar de sostener la posición.
-Nada –respondí y me encogí de hombros–solo que me llama la atención.
-Estoy haciendo uso del ábaco natural –sentenció con naturalidad.
-¿Ábaco natural?.
-Exactamente –dijo –el Creador nos dotó de un sistema anotador natural, en el que, haciendo correcto uso de nuestras falanges de manos y pies, podemos realizar cuentas en cifras numéricas que oscilen entre el uno y el cien, y en una apreciación más ambiciosa, entre el uno y el ciento diez; utilizando como unidad cada uno de los dedos de las manos y como decena cada uno de los dedos de los pies.
-Interesante punto de vista.
-¿Cómo te creés que nació el ábaco de bolillas? –preguntó.
-No sé.
-Un tipo, un día, harto de contar con los dedos de las manos y los de los pies, en principio por la dificultad que el manejo individual de estos últimos representa, y podrido de los calambres, decidió trasladar el sistema a ese inanimado riel de bolillas y alambre. Inicialmente lo hizo con unidades y decenas, más tarde comprendió que el sistema podía llevar tantas cifras como quisiera y el resultado es el ábaco que conocemos; hasta que un día llegó un japonés que, harto de mover bolillas de un lado a otro inventó la calculadora Casio y se acabó el problema.
-¿Y qué estás contando?.
-Estoy practicando el teorema de Juan Cocciola.
-¿Le creíste?.
-No, pero nada se pierde con el intento. Además no está tan lejano de la realidad, pues amores que yo consideraba de diez, han resultado en tres.
-Ahí encontraste una falla entonces.
-Todo lo contrario, no he hecho otra cosa que comprender la veracidad de su práctica. El amor tendiente a diez es el amor ideal y por tanto no real, tan sólo sueño y el amor tendiente a uno no es amor, es frustración y desencanto. Por tanto la corrección que yo haría al teorema sería que el amor perfecto rondaría el ocho y el amor fatal el tres. Por lo demás el teorema está muy bien enunciado pues el amor verdadero resulta del equilibrio entre cuanto creemos que amamos y cuanto amamos realmente. Lo uno sin lo otro, o el desequilibrio caótico entre ambos resulta más cercano a la locura que al sentimiento; aunque te aseguro que de preferir, me gustaría una mina que me ame tres y me haga creer que me ama ocho que una que me ame ocho y me haga creer que me ama tres.
Terminada la clase de metafísica matemática se puso de pié y horrorizado descubrió que prendidos de su piel con sus potentes tenazas, cinco cangrejos bailaban al son de sus saltos desesperados por librarse de ellos. Una vez que los eliminó continuamos el camino hasta la entrada de un pueblo agreste, evidentemente hostil, en la entrada, un pórtico de madera seca y cuarteada, un cartel anunciaba “Calentobarrio”, y una osamenta de vaca, resplandeciente como a luz mala, proclamaba la violencia de sus habitantes.
Era un barrio bajo, con casuchas de madera, como aquellos que se aprecian en las películas del lejano oeste, o esos pequeños barrios fabriles del sur argentino que se alzan en torno a una industria en medio de la nada. El primer edificio era una magnífica taberna con hostería, de dos plantas, revestido en madera de cedro barnizada concienzudamente; un alero nacía en la división de ambos pisos, de chapa acanalada roja, imitación teja, sostenidas por un armazón de gruesas maderas a la vez aguantadas por enormes columnas. Desde el interior, una música suave partía como una melodía funcional; no se oían voces, tan sólo notas de piano correctamente ejecutadas. Poetres cabeceó hacia la entrada en ingresamos: Era un salón pequeño sin ornamentación alguna, con un gran mostrador, un piano en una esquina bajo la escalera de acceso a la planta superior, y figuras de rostros oscuros de profundo pesar acodados a la barra empinando vasitos de ginebra o vino tinto; no había mesas, solo banquetas de metal que eran utilizadas indistintamente de asiento y de mesa; el piso, de material rústico, se veía manchado aquí y allá de marrón, pequeñas y grandes manchas. De pronto una sirena proveniente desde la calle, enloqueció a los pacíficos personajes; todos se alborotaron y empezaron a correr escaleras arriba, a arrojarse detrás del mostrador, a ocultarse a duras penas debajo de las pequeñas banquetas de las que sobresalían grandes porciones de los escondidos.
Una voz áspera, desde lo alto de la escalera gritó:
-¡Redada, redada! –con desesperación.
De pronto la puerta fue derribada violentamente y una decena de perricías ingresó al recinto disparando a tontas y a locas, forrados con sus uniformes azules con vivos dorados y sus hocicos chorreando fluidos viscosos. Sin ninguna duda disfrutaban aquel salvajismo: las balas alcanzaban una y otra vez a los bebedores perforando sus cuerpos en todo sitio, los disparos retumbaban en el pequeño ambiente cual cañonazos y dejaban ese silbido despreciable en mis oídos de impactos demasiado fuertes. Los uniformados continuaban la cacería al tiempo que los cuerpos se desplomaban dando alaridos espantosos y la sangre manaba de sus cuerpos ensuciando el rústico suelo. Aquellas manchas marrones correspondían seguramente a matanzas anteriores, a sangre seca de anteriores ensañamientos. Una vez que los perricías culminaron su tarea en la planta baja, tres de ellos se precipitaron escaleras arriba dando aullidos de placer mientras los restantes tomaban posiciones en distintos puntos estratégicos de la sala empuñando sus armas apuntando agazapados al descanso medio de la escalinata. Uno de los aposentados dio un aullido y segundos después, una figura de fisonomía similar a la de los perricías pero calzado en un uniforme verde cubierto de jinetas y estrellas con sendas medallas en su solapa, entró por la puerta caída golpeando los tacones de sus botas negras de montar, acompañado de cinco similares igualmente uniformados de verde pero sin colgajos. Observó cada rincón de la sala con ojos rudos mientras los perricías lo saludaban con la venia. Nos observó a Poetres y a mi sin emitir comentario alguno y continuó su rutina. De lo alto de la escalera, los tres azules arrastraban a un grupo de personas incluido el que avisara de la redada, los ubicaron de espaldas al muro posterior y, alineados los perricías con sus gruesas armas, los fusilaron sin más y continuaron disparando aún con las víctimas desparramadas y desangradas en el suelo. El “milican” jefe hizo un gesto a los perpetradores y detuvieron el fuego, giró y volvió a mirarnos pero esta vez con intenciones manifiestas de hablarnos. Poetres con una solemnidad única y una filosofía inigualable me dijo:
-¡Rajemos!.
Intentó iniciar la fuga y un verde lo detuvo en seco.
-No se molesten –dijo el jefe –nos retiramos nosotros.
Se fueron tan raudamente como llegaron dejando tras de sí un tendal de muertos desangrados y dos vivos anonadados. Mi guía intentaba hacerme reaccionar, me dio un fuerte palmada en la nuca.
-¡Pará! –le dije amenazante.
-Rajemos de acá.
Una voz apagada partió desde atrás del mostrador:
-Esperen.
-¿Quién vive? –preguntó Poetres.
-En realidad vivimos todos –respondió la voz.
Giramos al mostrador y nos encontramos con tres cuerpos destrozados por las balas que se ponían dificultosamente en pié. El que había hablado dijo:
-Estamos acostumbrados a esto, es cosa de todos los días.
-¿Por qué? –pregunté.
-Estamos condenados por iracundos, pero iracundos menores, por haber alzado la voz una vez o dos contra el sistema, por haber marchado con el pabellón nacional en lo alto haciendo gala de la Patria y reclamando que se la respete como tal; por haber arrojado una o dos piedras a la fuerza pública o por haber iniciado cánticos insultantes con vital entusiasmo a los gobernantes que no entiende de razones. Condenados eternamente a padecer la violencia de un sistema violento y asesino que se deleita con la sangre.
-¿Y los verdaderos iracundos?.
-Ellos están condenados a pasar la eternidad convertidos en homocanes, mitad hombre mitad perro, sólo eso. Asesinos brutales, bestiales violadores, ladrones a ultranza, funcionarios corruptos que han matado a niños intoxicándolos con leche vencida o carnes rancias, inescrupulosos vende patria que llenaron sus bolsillos dando muestra de todo su poder y de todas sus armas. Los mismos que respondían a nuestras piedras con disparos de fusil, a nuestros cánticos con gases lacrimógenos, y a nuestro pabellón con la sangre.
-Los iracundos mayores son los perricías, entonces.
-No. Todos llegan al Cambalache y el Príncipe transforma sus cuerpos en las bestias que han visto. Todos se vuelven homocanes y de ellos sólo los más ineptos, son entrenados y convertidos en perricías y milicanes, sólo los menos aptos; las verdaderas bestias son premiadas con el uniforme que les permite maltratar, picanear, asesinar y ultrajar por la autoridad que ostentan, a cualquier peregrino.
-Entiendo –dije moviendo la cabeza a uno y otro lado.
Mientras conversábamos los disparos no cesaban aunque se los oía cada vez más lejos. Los perros avanzaban de recinto en recinto completando en todos ellos igual tarea, acribillando a todos los presentes.
-Cuénteme algo de usted –expresé al condenado.
-Ya sabe cuanto debe saber, ni una palabra más saldrá de mi boca, solo escápese de aquí cuanto antes, atraviesen el barrio a toda prisa, pues nosotros nos erguimos luego de la balacera pero ustedes aún son mortales.
-¡Adiós! –saludé y di media vuelta hacia la puerta.
-¡Espere! –me dijo –Sepa que mi nombre es Justo y que mi vida terminó en Neuquen, mientras manifestaba contra la tiranía del déspota y su política de hambre para el pueblo.
-Gracias.
-Los Justos estaremos condenados eternamente a las balas y las porras de los milicanes y los perricías, a las permanentes redadas del violento. Condenados a morir una y otra vez. Ni en el infierno ni en la vida existe el lugar justo para los Justos.
Partimos sin saludar.
Salimos a la calle en donde ahora se hallaban desparramados miles de cuerpos baleados tendidos aquí y allá. Sin embargo, a pesar de que todo lo visto era sorprendente, distraía mi atención el silencio sombrío que Poetres guardaba cada vez que nos encontrábamos con una sombra, salvo aquella vez de los homolumbrix, nunca había dialogado. ¿Acaso no tenía también él interrogantes sobre el particular?. Seguramente su enorme conocimiento estaba atado a su silencio, por algo era guía, debía conocer a todos los personajes de aquellos diabólicos confines. Sin embargo preferí no preguntar.
A paso ligero atravesábamos los frentes de las pequeñas casas sin ver movimiento alguno, sin observar rastros de vida. A unos metros, un brazo se alzaba, era el brazo de una víctima de la masacre; nos adelantamos y comprobamos con horror que no se trataba de un condenado: era un mortal a punto de morir. Un hombre joven de rostro envejecido, surcado de este a oeste por arrugas de nostalgia y un profundo pesar, sus ojos se apagaban junto con sus ánimos, simplemente un hilo de vida guardaba aún las fuerzas del habla; su cuerpo tendido, baleado seis veces se desangraba; su barbilla pobremente poblada de bellos estaba cortada, quizá por un fuerte golpe.
-¿Qué hace usted aquí? –le preguntó mi mentor.
-He venido a ver a mi padre –dijo en un susurro.
-¿Y cómo ha pasado esto?.
-Salí por un momento de la línea amarilla. Creí ver a mi papá y abandoné el sendero, y ráfagas asesinas me atravesaron.
Sus ojos comenzaban a cerrarse.
-¿Pero qué haría aquí su padre y para qué lo busca?.
-Lo busco para hacerle una pregunta muy importante, cuya respuesta pendiente me ata a la vida aún en esta dolorosa agonía.
-¿Qué pregunta?.
-Quiero saber el por qué.
-¿El por qué?.
-Mi padre fue un asesino, un terrible asesino que alzó su arma y la disparó mil veces en nombre de una Patria traidora, y detrás de él abandonó los cuerpos sin vida de cientos que en desigual batalla solo escapaban de las esquirlas.
-Pero no veo la posibilidad de que encuentre a su padre o su respuesta en este estado –dijo Poetres preocupado.
-Es cierto, pero al menos ustedes podrán hallarla junto con mi padre. Yo he sufrido, yo estaré muerto pero alguien sabrá el motivo. Sólo quiero que sepan antes de saber quién es mi padre, que hasta los más hijos de puta tienen hijos que los lloran y a pesar de todo los quieren.
-Discúlpeme, pero por lo que oigo no creo que sea éste el lugar en donde podríamos hallar a su padre, pues los más peligroso iracundos están en el primer edificio de este infierno –anunció Poetres.
-No, no, no....
Sus ojos se cerraron definitivamente, pero aun hoy no sé si por la desazón y la imposibilidad de encontrar a su padre y con él la ansiada respuesta, o por el hecho de que su progenitor se encontrase en el recinto de los privilegiados. Jamás supimos quien era su padre, aunque sin dificultad alguna, viajaron por nuestros pensamientos tantos posibles nombres como atrocidades.
Cubrimos el inerte cuerpo con un trapo y nos alejamos sin darle la espalda hasta una distancia prudente como muestra de respeto, continuaos por el sendero hasta salir por completo de aquella calle minada de cadáveres, algunos que pronto se levantarían para ser devueltos al fangal y otro que ya nunca se alzaría por sus medios ni volvería a disfrutar de la pena y de la duda.
-Che, Poetres. Esto es una verdadera mierda.
-Es la vida. O la muerte. Cuántos hay que mueren violentamente intentando hallar una respuesta que de sentido a su vida; en definitiva para ellos la vida es una constante muerte, pues la duda que atormenta mata; al morir realmente nacen a la plenitud sin el peso de la duda ni la liviandad de las respuestas.

Llegamos a una especie de elevación, subimos siguiendo la línea y nos encontramos al borde de un acantilado. Debajo, una vasta llanura se perdía en el horizonte, cubierta de matas verdes, prolijo césped, espléndidos árboles y magníficos edificios; diminutas figuras corrían en grupos de uno a otro lado y una bandera se alzaba en un gigantesco mástil, era una bandera similar a la argentina, simplemente que la franja central blanca no era tal, sino una anchurosa flanja negra y el sol no era un sol, sino una figura roja similar a una cabeza demoníaca.
-Es el Colegio Milican, y allá a la izquierda está la Academia de Perricía –me explicó mi mentor.
Los dos predios eran igualmente magníficos, con similares estructuras y similares follajes, igual bandera y mismo proceder.
-Bajemos para que veas mejor.
Descendimos por un costado del acantilado, acabando primero a las puertas de la Academia de Perricía. Dos horribles guardias nos apuntaron con sus fusiles esperando que nuestros pies se alejaran un centímetro del sendero para abatirnos a balazos; la ansiedad los ponía tensos y corcoveaban como caballos nerviosos y se relamían el hocico con una lengua negra y áspera.
-Nos los mires –dijo Poetres –mientras estemos sobre la línea amarilla sólo pueden desearlo.
Dentro de los altos alambrados cientos de perricías corrían en camisetas blancas y pantalones guerrilleros azules, con gruesas botas, coreando un sinfín de estupideces tan propias de ellos.
-Poetres, me estoy poniendo nervioso. ¿Por qué mejor no corremos?
-Tranquilo –me respondió –no pasa naranja.
Continuamos el sendero hasta llegar al Colegio Milican, los guardias de éste se veían más corteses que los anteriores y hasta me atrevería a decir que se los podía considerar minimamente más educados. Atravesábamos la entrada al tiempo que el milican que dirigiera el operativo siniestro nos llamó desde el interior de la alambrada.
-Caballeros, tengan a bien ingresar, no quiero que abandonen esta barriada sin conocer nuestra majestuosa fiesta de egresados ni el último examen que deben superar los conscriptos, para que le sean entregados con todo el orgullo posible, el uniforme que portarán distinguidos y el arma reglamentaria que empuñarán de hoy en más.
-No sé si debemos...
-No tienen por qué temer. Serán los primeros mortales en contemplar tal despilfarro de dignidad –anunció –Me presento, soy el Capicán Robledo y les doy absolutas garantías, les asignaré una escolta permanente de la que me responsabilizaré personalmente.
-¿Está seguro? –pregunté.
-Afirmativo.
Ingresamos y en seguida un Jeep con cuatro uniformados nos condujo hasta un enorme coliseo; descendimos del vehículo acompañados por los milicanitos, demasiado pequeños para los enormes fusiles, demasiado grandes para los juegos de guerra a los que estaban acostumbrados. Llegamos a una pequeña puerta de chapa celeste, como todas las aberturas del magnífico estadio de concreto gris, detrás de la misma, una estrecha escalera conducía a la planta alta. Nos detuvimos en el primero de los descansos e ingresamos en una especie de pequeño palco. Era un tinglado enorme, armoniosamente iluminado de manera tal que las figuras presentes en el centro no emitían sombra hacia ninguno de los lados. Sobre el lateral en el que nos encontrábamos había una veintena de palcos similares, hacia los lados a derecha e izquierda, tribunas cancheras de madera albergaban a un millar de milicanes uniformados de gala, y justo enfrente un escenario ornado con numerosas banderas argenferninas en el que se encontraban los milicanes de alto rango. Uno de ellos se acercó de súbito al micrófono, se aclaro la garganta y comenzó formalmente el acto:
-Homocanes y caballeros presentes, tengo el honor en este día de inaugurar la fiesta de graduación de una nueva generación de milicanes, que defenderán con orgullo y dignidad las fronteras de nuestro infierno, portando la insignia patria, el sublime uniforme y la protocolar pistola reglamentaria que empuñarán para defender los intereses de todos los condenados. Una nueva generación de servidores del orden, una nueva generación que llegó hasta aquí con la incapacitación necesaria para tamaña empresa, con las intrincadas ambiciones pertinentes y con la ira galante requerida. Llegaron siendo pequeños holgazanes y se van siendo grandes asesinos, hábiles como pocos, imprudentes como ninguno, ambiciosos como todos.
>Con un fuerte aplauso entonces, recibimos a estos pequeños grandes milicanes.
La bulla era ensordecedora, de los palcos bajaban vítores y nombres propios, aplausos, aullidos, ladridos; de las tribunas descendían como en una cascada, millones de papelitos que pronto convirtieron el suelo del salón en un grueso colchón blanco, mientras una banda entonaba los acordes de la marcha de San Lorenzo, Avenida de las Camelias, el Himno Nacional y La Cumparsita, en un potpurrí desaforado. Más cercano el suceso a un acto de escuela que a una ceremonia castrense. Instantáneamente todo fue silencio y volvió a hablar el maestro de ceremonias:
-Demos la bienvenida al pabellón nacional.
Todos los presentes saludaron con la venia.
-Ahora queridos alumnos, pasarán la última prueba antes de convertirse en milicanes. Si alguien está en desacuerdo o cree que no es este su destino correcto dé un paso al costado.
El silencio reinante era incluso molesto. Los conscriptos se miraban entre sí esperando la reacción o no de algunos de ellos. De pronto, uno que estaba en formación frente al escenario, rompió la línea y dio un paso al costado, luego otro en la fila siguiente y luego otro que estaba debajo nuestro. Todos los observaron con desconcierto, desertaban de las filas en el último instante.
-Pueden irse –sentenció el oficial.
Salieron de la sala a paso veloz, sin mirar atrás.
-¿Los restantes están seguros de querer servir a su infierno y a sus demonios líderes con subordinación y valor?.
-¡Sí mi Genecán! –respondieron todos a coro.
-Conforme entonces prepárense para la prueba final.
Los del playón rompieron filas y tomaron de sus cinturones enormes bastones negros aparentemente muy pesados, formaron un círculo con dos anillos, una hilera de conscriptos por dentro, otra por fuera enfrentando sus miradas; abriendo una pequeña brecha junto a una puerta de dos hojas. Las puertas se abrieron y para mi asombro vi aparecer primero a Euterpe, caminó un paso y una bota desde atrás la empujó hacia el pasillo formado por los conscriptos. Los primeros comenzaron a bajar sus bastones con una violencia desmedida; Euterpe avanzaba como podía, caía y se alzaba con dificultad y continuaba avanzando entre los anillos ensangrentada y llorando mientras el público presente bramaba de alegría, y los siguientes, y los de más allá. Euterpe avanzaba e iba siendo destruida por los bastones violentos. Uno de los milicanitos se compadeció de ella e intentó ayudarla levantarse, segundos mas tarde fue también él molido a palazos. Arrastrándose por el suelo y desarmada como una bolsa de huesos rotos Euterpe logró llegar al extremo completando el círculo y saliendo por donde había ingresado. Inmediatamente arrojaron dentro del mismo a Erato, a Calíope, a Clío, a Melpóneme, a Polimnia, a Terpsícore, a Talía, a Urama y finalmente a los tres desertores. Todos corrieron igual suerte. Los desertores apaleados al igual que las musas, no pudieron completar el trayecto y fueron salvajemente destrozados a golpes de palo, de puño y de pies embotados.
-Poetres, esto es una locura, acaban de destrozar a las musas.
-Tal es la tarea de quienes no deben pensar. Tampoco deben permitir que otros piensen. Ellos nunca deben saber lo que son las artes, jamás deben entender lo que es el amor, nunca se intrigarán con una poesía ni se contagiarán con una comedia.
-¿Pero y los otros pobres infelices? –pregunté.
-Evidentemente habían sido tocados por las musas –respondió.
Finalizada la mansalva, todo volvió a la tranquilidad y se procedió a la condecoración y los nombramientos de aquellos que se habían ganado el infierno aún estando en él.
Salimos de allí rajando.
Hábilmente, Poetres robó un Jeep milican y partimos raudamente anonadados por las atrocidades de las que fuimos testigos. En el camino me hizo saber que el próximo barrio se encontraba lejos, a unas dos horas de viaje y que en el camino, atravesaríamos las barriadas lúgubres de los marginales infernales.
El camino era angosto y fangoso, por lo que una marcha veloz era imposible. Sobre la margen derecha se contemplaba una aridez infinita y los polvos ocres cercanos a la banquina se enrojecían hacia el horizonte; cada tanto un arbusto pequeño y reseco rompía la monotonía del paisaje con sus matices verde amarillentos; sobre ese lado el tulgio, dibujaba formas de la fauna criolla: por aquí un hornero con un pico descomunal, por allí una mulita, un peludo o una vinchuca. Por la llaneza del terreno, se divisaba a lo lejos algo similar a una cadena montañosa. Sobre el lado opuesto de la carretera todo era floreciente y colorido: girasoles morados saludaban al astro infernal moviendo sus cogollos en torno a él, pastizales anaranjados eran mecidos por una suave brisa campera, rosas, gladiolos y calas abrían y cerraban sus pétalos acompasadamente cual una ola canchera. Sobre el fondo del cuadro, un pinar tupido, hacía la corte a un ceibo florecido que silbaba un tanguito de Mores. Las dos márgenes contrapuestas dejaban comprender que una de ellas sería un antiguo vestigio de la hegemonía celestial, mas nunca hasta hoy pude descubrir de cual se trataba.
Perdido yo en mis foscas elucubraciones no advertí la proximidad de una barriada rupestre y precaria, habitada por seres infames y desagradables. Las casillas de chapa y cartón, maderas y viguetas maltrechas eran vestigio de un descuido soez; de las aberturas sin ventanas posibles, ojos groseros manifestaban desagrado ante nuestra inoportuna visita. Pequeñas criaturas jugaban en un playón de cemento con una pelota de trapo un fútbol improvisado y desprolijo, carente de arcos, líneas laterales e, inclusive, equipos; todos y cada uno corría desaforadamente detrás del óvalo de tela que rodaba dando tumbos y salía de cuando en cuando del playón para dar contra algún cartón de un rancho. Muy cerca, dos niñas enfermizas daban vida a una soga que una tercera, con descomunales esfuerzos, saltaba repetidas veces. Las tres al tiempo coreaban un cántico para nada ingenuo:

Esta soguita en que brincas
se parece a nuestra vida
corta, flaca y malquerida
pobre y colmada de faltas:
pero a la cuerda que saltas
nunca le faltó comida
si bien le faltan pedazos,
pedazos que son heridas.

Una mujer mayor, delgada y desgarbada, torcida por todos los años se nos acercó sin decir palabra, sólo nos contempló con sus hermosos ojos castaños que se conservaban en la decrepitud absoluta de su cuerpo como gemas celosamente guardadas en un arcón demasiado riguroso. En sus frunces de su rostro, un mapa de la vida, vestigios de mala higiene oscurecían las profundidades; sus manos eran pequeñas, encallecidas en su palma y una piel transparente en el dorso; llevaba un solero que muchos años, o siglos atrás, debió ser de un verde precioso. La mujer continuaba mirando muda a los dos infelices paseantes. Poetres encaró la conversación:
-¡Buenas! –dijo con una sonrisa poco creíble.
La mujer parecía petrificada ahora, ya ni sus ojos resplandecían del modo en que yo los había visto.
-¡Buenas, señora! –repitió.
Nada, imperturbable. Mi mentor se puso nervioso, se paró en el vehículo, corcoveó hacia atrás tomando carrera en torno al rostro de la mujer y gritó de una manera insoportable a escasos treinta centímetros de ella.
-No te gastés, es sorda la javie –aclaró uno de los niños que instantes atrás corría desaforadamente tras la pelota de trapo. -¿qué quieren? –agregó.
-Queremos agua pibe –respondió Virgilio.
-Nosotros también –dijo el mocoso –Si saben donde hay avisen y si encuentran de morfar también.
Poetres cayó abatido sobre el asiento, necesitábamos agua para el Jeep y también para beber.
-¡Che, Macaco! –dijo el chico a otro que se acercaba a la carrera –estos dos pacúes quieren agua.
-¡Já! –acotó el otro.
-¿No saben si más adelante hay aunque sea un poco? –pregunté yo.
-En esta parte no, estamos lejos de todo. Acá ni comida ni agua, ni una mierda –reveló el primero.
-Claro, sin comida no hay mierda. Si no comés, no cagás–dijo el otro batiendo sus delgadísimos brazos.
-Acá nadie necesita tus aclaraciones, pelotudo –lo reprendió y le soltó un manotazo a la nuca.
El golpeado rió por un instante y luego de comprender tardíamente que el otro lo había magullado se le arrojó encima hecho una furia y, rodando los dos por el suelo comenzaron a molerse a piñas.
Yo bajé del auto y fui hasta donde las niñas saltaban la soga por turnos coreando el mismo cántico una y otra vez; la anciana me siguió de cerca y se paró a mi lado con expresión ansiosa.
-Disculpame nena. ¿No hay algún adulto con el que se pueda hablar?.
Desocupando solo una mano señaló a la anciana junto a mi.
-¿Pero no hay nadie con quien se pueda hablar?.
La niña negó con la cabeza.
De uno de los ranchos salió una pequeña de rostro astuto, de unos seis años vestida con una blusita roída a tal extremo que nada variaba de pasearse desnuda. Se acercó a mí, me tomó la mano, me hizo con el índice la señal de acercarme a ella y me dio un beso e la mejilla; tanto me enterneció que recordé que en el bolsillo de mi pijama suelo guardar caramelos de menta para el rancio paladeo matinal, lo busqué y se lo di, ella negó con la cabeza y me lo devolvió diciendo:
-Si ellos se enteran que yo comí un caramelo me matan a palos. Además yo ya estoy acostumbrada al hambre.
Volvió a besarme en la mejilla y agregó:
-Gracias.
Intenté abrazarla pero ella se escurrió y corrió rancho adentro. Al ponerme de pié, descubrí que la muchachada que corría alienada tras la pelota estaba detrás de mí observando el caramelo con expresión mitad deseo, mitad malicia. En el preciso instante en que la horda se abalanzó sobre mi y mi maltrecha golosina, una ráfaga de fusil rompió con el alboroto. Eran nada más y nada menos que dos vehículos milicanes con el simpático capicán incluido.
-¡Mocosos de mierda!. ¡Juira, canejo! –gritó.
Me ayudó a levantarme. Creí que era nuestro fin, que acabaríamos como Euterpe y sus pares apaleados por los novatos en la próxima fiesta de graduación, por el robo del Jeep y por el manifiesto esquivo a su cortesía. Pero me equivocaba: ninguna represalia, reprimenda ni grito, sólo la misma cortesía que nos demostrara antes.
Al avanzar hacia el auto que habíamos robado pude ver a Poetres llenando con enormes bidones dos más pequeños que estaban en la caja del vehículo, ante la mirada estupefacta de los niños.
-Capicán –lo llamé.
-¿Si?.
-¿En donde estamos?.
-En el infierno –respondió. Enorme virtud la inteligencia en los milicanes.
-Lo sé, pero puntualmente en qué parte.
El capicán se rascó la sien, frunció el entrecejo, se sacó la gorra y finalmente dijo:
-¡Ah, claro!. Ya entendí. Estamos en un pueblo intermedio entre la ira y la envidia, es el barrio del resentimiento. Un barrio de emergencia levantado ante las necesidades vigentes de alojar positivamente a esta sarta de miserables.
-Pero... ¿Y estos niños?.
-Son ellos justamente.
Poetres se acercó a mi interrumpiendo drásticamente la conversación. Subimos al Jeep, esta vez con el permiso de sus “propietarios” y luego de saludar, nosotros con batir de palma, ellos con una rígida venia, partimos.
-¿Por qué te empecinás en buscar respuestas donde no vas a encontrarlas? –me dijo.
-Me estaba explicando con bastante suficiencia.
-Los milicanes carecen de toda suficiencia, simplemente responden por libreto con la dialéctica que se les prescribe en los cuarteles y jamás utilizan la razón o el sentido común para ahondar en detalles de su discernimiento personal. Dudo que lo tengan.
-Pero quería respuestas.
-Yo puedo dártelas.
-¿Y por qué carajo no me dijiste?.
-Porque no me preguntaste.
Seguíamos sobre el sendero esta vez con la tranquilidad de la autorización de transitar en el vehículo oficial. Poetres entonces, me explicó las causas y razones de aquel enigmático barrio:
-Eso que acabamos de dejar atrás es nada más y nada menos que el barrio del resentimiento. En él habitan los marginados en vida, marginados incluso hoy, padeciendo el hambre y la miseria, con dolores angustiosos y terribles y el único afán de sostenerse en pié para aborrecer cualquier vestigio de indulgencia propia o ajena. Esos niños famélicos y desnutridos, abandonaron prematuramente el suelo terrestre ante el desaire general.
>Ellos son las víctimas primeras de este sistema infernal, víctimas de sus padeceres y victimarios en sus pesares, pero sin culpa alguna o tal vez, con la única culpa de ser y existir. Hambre, miseria, sed y dolor; bien creo que el resentimiento es el menos atroz de los pecados que estas pequeñas almas podían haber cometido. Ellos son réprobos obligados, pues Satán, haciendo gala de su poder conjura mil hechizos a cambio de mil plegarias de los diablos menores y convida con todos los males del hambre y de la imposibilidad a la ingenuidad más pura. Ellos que sufren pero no lloran, porque aún no han forjado un pensar ni un pesar, hacen del resentimiento el pan ausente de cada día y son bastardeados una y otra vez alimentándose puramente de odio y de envidia en justa medida. Ellos que inocentes y carentes cargan con el estigma de la plegaria desoída, irrumpen en el palacio del oligarca afeando sus murales con sus caritas sucias, son echados a patadas de los banquetes y las marquesinas, son fruto de miradas tiernas y sublimes llantos del soberbio, quien en su inescrupuloso actuar llena su boca maldiciendo a los culpables y reclamando la acción de los justos olvidadizos. Ellos que de tanto en tanto reciben una pequeña moneda de cinco guitas de manos de una dama enjoyada hasta la médula y además, deben soportar su cara displicente y presuntuosa; esa dama se irá a casa con el corazón momentáneamente dichoso, en cambio él, se irá a su rancho con las manos vacías y todo el rencor del mundo -Si ella que tanto tiene tan poco me da...- pensará. Con las cinco guitas y un manojo de tristezas sin consuelo, verá como sus brazos y piernas se despojan de carnes, su abdomen panzudo va apuntando al horizonte y su cabecita apenada cada vez más enmohecida y gacha va perdiendo toda razón. Y verá al demonio en su palacio o reposando en los olivos, a su séquito cargando el bastón de mando, a su padre morir de pena y a su madre morir de nostalgia. Y muy pronto también él morirá, víctima del mismo mal que gobierna su vida y su muerte.
-Entiendo –dije -¿y la vieja sorda?.
-¿Acaso no lo ves?. Todo es parte del todo. Están condenados al hambre eterno, amparados por una única autoridad que no puede oír sus necesidades. Desoye su hambre y su sed, sus reclamos y su justicia.
-¿Y cómo están tan tranquilos?.
-Cuando uno necesita pide hablando, si no lo oyen grita, si no lo oyen se exaspera y ruge, si todavía no lo oyen patalea y protesta con violencia, si aún no lo oyen llora, y si siguen sin oírlo se apacigua y se entrega a una muerte prematura, casi anhelada. A veces el silencio caótico del infierno suele ser más tranquilizador que el agobiante sonido armónico de la vida. La muerte es en este caso, el descanso glorioso aunque se trate del tártaro.
-Pero... ¿Dios no escucha sus plegarias?.
-Ellos en su sagrada ignorancia de liturgias y teologías, jamás verán en Dios a un ente capaz de subsanar sus pesares. Nunca alzan una plegaria al cielo pues su único Dios posible habita la tierra y se llama pan.

Texto agregado el 01-03-2006, y leído por 53 visitantes. (0 votos)


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