Todo cuento nace de un poema
No sabía cuan duro era ser buena, estar libre de pecados. Lo supe cuando en un día cualquiera, a la hora del té, salí a recorrer la aldea. Visite ferias, supuestos magos, vi a vagabundos dormitando en su mierda de vida, vi a ágiles ladrones de fruta arrancar del torpe vendedor que no sabía ni vender. Todo era tan cotidiano que me causaba risa. Hasta que algo llamo mi atención. Mientras seguía con la vista al ladrón de fruta se cruzó por mi camino una bella y agitada monja, me dispuse a seguirla, pero el eco de mi nombre lo evitó y partí rumbo a mi casa para tomar el té. Días más tarde salí denuevo, solo para averiguar quien era aquella monja tan poco común, que salía del estereotipo angelical de toda novicia. El ocio casi me hizo encontrarla y mi instinto vagabundo me dio un empujón. Pase por la feria preguntando puesto por puesto, nada. Pegunté en casas, en parques, en cantinas, nada. Creo que incluso pregunté en un prostíbulo y otra vez nada. Fruto de la desesperación fui a parar a un vieja casa al lado de un río, vi a un hombre sentado en el balcón y me acerque. Era un hombre viejo y arrugado, con aspecto de sabio, de tez blanca. Su pelo era de un tono grisáceo, como las depresivas nubes que están a punto de explotar en lágrimas. Sus ojos negros, su pupila no se alcanzaba a divisar. Tenía una nariz un tanto chueca y rota y unos labios gruesos que con el paso de los años se habían convertido en nada. Vestía de una forma muy peculiar, ocupaba un chaquetón que le cubría hasta los tobillos y una bufanda que no le dejaba ver ni la pera, ni el cuello, ni siquiera el pecho. De reojo me llego a dar miedo, parecía como si bajo la ropa no ocupara absolutamente nada. Luego me di cuenta que llevaba unos pantalones que le llegaban justo a las rodillas. Estaba descalzo. Le pregunte sobre la monja, si la conocía, o si la había visto alguna vez. Su cara fue de asombro y mi reacción de alegría.
-¿De donde la conoces? Me preguntó.
Ahí fue cuando le relate mi historia. Al terminar, una lágrima corrió por su mejilla y desapareció en la gran bufanda que tenía enrollada en el cuello. Quise saber porque lloraba, pero antes de pronunciar palabra alguna comencé a escuchar su voz, la cual dejaba en evidencia lo sabio que era.
-“Mi adolescencia comenzó tardíamente, cuando me enamoré de una joven y bella muchacha que vivía en el centro de la aldea. Yo era un simple ladrón, no robaba por maldad, robaba para sobrevivir. Solo robaba comida de los puestos de la feria, que en ese tiempo se ponían todos los domingos en la calle principal. Para ese entonces tenía ya veinte años. Un día, consumido por la cotidianeidad decidí hacer un giro en mi vida y dedicarme a ganar mi comida con esfuerzo y sudor. Por casualidades de la vida me ofrecieron trabajo justo en el puesto de frutas donde más había robado en mis tiempos de delincuente. Lo acepte con gusto, los recuerdos que se me venían a la mente eran generalmente gratos. De a poco me fui ganando la confianza del dueño del puesto, hasta que un día me invito a comer a su casa y conocí a su hija, me enamoré de ella con solo verla y comenzamos un romance secreto, a escondidas de nuestro enemigo, el mundo. En su patio había un gran almendro y cuando sucedió todo esto las almendras ya estaban maduras. Todas las noches recogía algunas almendras que se encontraban a los pies del árbol, y las arrojaba con gran cuidado a su ventana, de modo que solo ella me pudiera escuchar. Al mínimo roce de la almendra con la ventana ella despertaba de su ligero sueño y pasábamos la mitad de la noche en vela. Al principio bastaba con solo oír su voz para irme tranquilo hasta el otro día, pero luego aquella atracción se fue transformando en una pasión carnal. No podía dejar de verla, de tocarla, de sentir su piel junto a la mía. Todo llego a tal punto que ni los ecos de los pasos de su padre nos pudieron calmar. Esa noche mandaron a mi amada a un convento y se dedicó el resto de su vida a escribir poemas que nunca entenderán ni almas desconocidas, ni ojos nunca vistos. Nunca mas la volví a ver”.
El hombre terminó la conversación con solo una lágrima y con palabras que mi memoria nunca dejaron escapar:”Lo siento, esclava de dios, estás condenada por el anhelo de dejar de ser lo que estas destina a ser”, dijo.
Creo que no era la novicia que buscaba, pues ella debe haber murto en el convento. De todos modos esto me hizo poner los pies en la tierra, lo que vi era una monja común y corriente que mi mente y mis ansias de aventura la habían transformado casi en un ser sobrenatural.
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