De la vereda de enfrente, el viento acarreaba los gritos del último varón del lunfardo, parece que venia medio chupáo de una parranda, en la puerta del bulo, la patrona, brazos cruzados y armada con una escoba:
— ¡Perdoname! che, si te he fayáo, es que de pibe no aprendí a vivir, no es que esté mamáo, escuchá lo que voy a decir...
— Hacete a un lao ¡dejá de jorobar! que el bulín no te quiere recibir, no queda hueco en este lugar ¡para un gil, que no sabe vivir!
— El arrabal te va a yorar, tu sangre bautizará este cuchillo... ¡pará loca, pará! ta' bien ¡¿me voy pa' otro conventiyo?!
— ¡Andá gil! nunca supiste amar, ¡andá gil, andá! que te garúe finito.
Con la nariz pegada al cristal, puedo divisar al último varón pirarse apicardeado (alejándose, como se alejaron esos años donde el macho mandaba al hembraje...) ¡¡ Esto es un atropeyo señores, las minas nos han igualao!! Pensé pa' mis adentros, se ve que no jue tan pa' mis adentros, porque al ratito nomás, el zapato taco auja de la china rebotó en mi cabeza, tras la voz de:
— Shhhh ¡callate fanfarrón! dejá dormir.
©González |