Al llegar al Caribe, me sorprendió la actitud que tuvieron para con nosotros una vez supieron nuestra ruta. En un primer momento sentimos cómo nos abrían las puertas con una sonrisa de oreja a oreja portando un mensaje subliminal “queridos turistas os miro y pienso en todo el dinero que dejaréis en mi país, en mis hoteles, en mis restaurantes, en mis tiendas…”. Pasamos de ser cuatro afortunados y encantadores turistas a cuatro molestos inquilinos.
Hasta el capitán de la embarcación que alquilamos accedió a regañadientes a llevarnos hasta Isla Tortuga. Fue el único hay que decirlo, los demás negaban la posibilidad. No nos quedaba otra opción, accedimos a pesar de pagar cuatro veces más la tarifa normal del capitán. Cuando nos tendió la mano ayudando a subir a su barco su semblante era serio y hostil.
No hacía ni un mes que Jaime y Miguel me contaban aquella encantadora y enigmática historia y ahora estábamos allí, los cuatro; Miguel, Gloria, Jaime y yo.
El reloj dibujaba las 15:30 cuando llegamos a la isla, acordamos reunirnos con el capitán en dos días. La playa era de arena blanca y pequeñas conchas de mar jugaban a dar mil y una formas al antojo de las olas que al romper en la orilla traían un remanso de paz insólito. Improvisamos una cabaña con la ayuda de unas robustas palmeras justo donde la arena hacía un gran desnivel por lo que no debíamos preocuparnos del mar.
Me despertó el olor a huevos fritos y eso me sorprendió. Jaime estaba despierto y preparaba el desayuno de todos.
-¿De dónde has sacado esos huevos?
-El viaje en barco fue caro, pero incluía algo más que el trayecto. Unos cuantos huevos y una navaja ¿Qué te parece?
-jaja. Que aprovecharemos bien la mañana y que eres un sol por prepararnos el desayuno.
-Lo hago con mucho gusto.
El día que visitamos a Gloria en su casa, a la vuelta del almuerzo de antiguos alumnos Jaime me había pedido mi teléfono, en aquellas horas descubrí a un ser encantador y dulce. Nuestras salidas habían sido frecuentes desde entonces, había pasado poco tiempo pero el suficiente para asegurar que a su lado me sentía como con nadie.
-Raquel, he estado revisando el mapa y he marcado donde estamos ahora mismo. Aquí -dijo- señalando con su dedo índice un círculo rojo. Calculo que en dos horas de camino podríamos llegar.
-Despertemos a Miguel y Gloria.
No sabíamos qué podíamos encontrarnos en el camino ni cuanto tiempo necesitaríamos realmente para llegar, así que cargamos las mochilas a nuestras espaldas con comida, bebida y algo de abrigo. Jaime insistió en cargar con mi mochila también. Gesto que agradecí pero que pronto quise aliviar, no quería abusar. No obstante algo iba a detener mi gesto de forma inesperada; un chasquido seco sonó de entre las ramas, provenía de nuestra derecha.
Gloria empezó a encontrarse mal, era la más miedosa del grupo y un sudor frío recorría sus manos. Me di cuenta y quise tranquilizarla, le cogí del brazo y avanzamos juntas. Pero otro segundo chasquido y el correr de un par de pasos nos perturbó la poca tranquilidad que aún manteníamos.
-¿Qué ocurre?- le pregunté a Jaime- sin quitar la vista de su mirada. Seguía atentamente el ruido y parecía que había visto algo.
-No te muevas Raquel-me dijo- y de pronto salió de entre los matorrales casi arrastrándose un chico joven, no más de treinta años, alto, delgado, pelirrojo, llevaba un pañuelo en el cuello. Parecía enfermo, estaba sucio por lo que no distinguía entre pecas y mugre. Un hilo de voz salió de su garganta
- ¡Ayuda! Ayúdenme por favor.
Atónitos por descubrir en la isla a alguien más aparte de nosotros, corrimos a su encuentro, lo primero que hicimos fue quitarle el pañuelo y desabrocharle algo la camisa para que respirase mejor y le dimos de beber. Dejamos que descansara un rato y recuperara las fuerzas perdidas. Al cabo de una hora despertó y atendió nuestros ruegos explicándonos quién era y qué hacía allí. "Mi nombre es Salvador pero me conocen por El Olonés"- nos dijo-. Era un pirata, su padre también lo fue y su abuelo y así de generación en generación.
-Pero El Olonés fue un pirata del siglo XVII- dije- y por cierto uno de los más temidos por su brutalidad.
-Y antepasado mío. Aunque yo no quiero cargar con ese pasado y pretendo huir del futuro que me han impuesto al frente de esta profesión.
- Todavía no entiendo lo que te llevó hasta aquí- dijo Miguel-
-Mejor decir quién me trajo hasta aquí. El capitán de mi barco, Roberto Ogle, es un fiero hombre de mar, experto del sabotaje y la piratería, hombre de ley y de honor, de carácter impredecible e irregular. Cuando le conté mi intención de abandonar el oficio se sintió traicionado, no escuchó mis argumentos y mandó mi destierro en esta isla, sabiendo que está fuera de los mapas de navegación y que ningún barco pasaría por aquí, me dejaron tan sólo con una botella de agua y esta pistola – señalaba su tobillo-
Gloria dio un paso atrás, todos nos sobrecogimos, y es que verte en una isla desierta y abandonada, lejos de toda civilización y con un extraño armado no era para menos.
-No temáis, no pienso utilizarla, aunque casi lo hago hoy. Si hubiérais tardado un día más no sé qué hubiera sido de mí. El agua se me acabó hace tiempo y además sin comida, me llevaba a una muerte lenta y cruel.
-¿Hay alguien más? Preguntó Gloria.
-¿Qué si hay alguien mas? ¡Qué diablos! Esta isla está maldita, nadie pasa por aquí. Lo que me lleva a preguntar qué demonios hacen cuatro jóvenes aquí.
-Es una larga historia, me apresuré a responder. Regresemos a la cabaña debes descansar aun más, mañana hablamos.
-Debemos irnos antes de que ellos lleguen - balbuceaba El Olonés en sueños- Ellos vendrán a comprobar que he muerto.
Gloria, Miguel, Jaime y yo nos quedamos alrededor de la hoguera hasta bien entrada la noche, este imprevisto había cambiado nuestros planes y la sola idea de poner en manos de un pirata un tesoro escondido durante tanto tiempo nos perturbaba a todos. Me sentí aliviada cuando supe que Miguel había cogido el arma de El Olonés, había vaciado su munición y luego la enterró, lo mismo hizo con el arma a trescientos metros de distancia.
A la mañana siguiente no me despertó el agradable olor de los huevos fritos sino el frío acero de una espada en mi mejilla. Abrí los ojos y me puse en pie de un salto. Miré a mí alrededor, comprobé que los demás estaban vivos, seguíamos juntos pero ahora nos rodeaban un grupo de piratas. El capitán debía ser el que me despertó con su sable, llevaba un vestido color verde y un abrigo negro abotonado hasta los pies. Debajo una blusa blanca dejaba ver un colgante con una moneda de oro. Un sombrero del mismo color verde cubría su cabeza y un viejo bastón disimulaba su pronunciada cojera. No pude ver el color de su pelo, pero su piel era blanca y sus ojos azules. Las personas que lo rodeaban, no sobrepasaban los cuarenta años, hombres rudos, de tez morena la mayoría, con pañuelos en la cabeza y espesos bigotes con esa forma de “U” invertida. De sus orejas colgaban enormes pendientes de oro y sus miradas desafiantes nos clavaban en el suelo, parecían estar ansiosos por escuchar la orden de atacarnos. Detrás de ellos un viejo barco de vela, una cuerda cubría el mastil y en lo alto una bandera negra con una carabela blanca y dos espadas entrelazadas. En la proa dos cañones parecían esperar los gritos de “al abordaje”. En el otro extremo una estrella de colores rodeada de un círculo dorado y sobre ella una corona de tres puntas, y un nombre “Cabezas Cortadas”.
Aquel ensordecedor silencio fue suplido por la grave voz del capitán.
-¿Eres tú quien tiene el mapa? Vociferó mientras dirigía hacia mi su mirada.
-¿Qué mapa? ¿De qué está hablando?
-Creíais que El Olonés dormía pero no es así, le he salvado la vida porque me ha hablado de un tesoro, de un mapa.
-Lo tengo yo gritó Jaime, y tal vez eso hubiera servido de algo si no fuera porque al unísono se escuchó la voz de Miguel que decía “aquí está” y la de Gloria “lo perdí yo”.
Acto seguido nos maniataron y abandonaron en un rincón, bajo amenaza de muerte sino entregábamos el mapa. Para nuestra suerte la tripulación al completo estaba sedienta de alcohol y entre barriles de cerveza y botellas de licor olvidaron nuestra presencia. No habíamos podido coger nada pero teníamos lo suficiente; yo el mapa en mi bota, Jaime una cantimplora llena de agua colgada a su cuello, Miguel la navaja en la bota y Gloria una manta que ahora compartíamos los cuatro.
-Debemos pensar algo-dijo Miguel-
-¿Pensar? Que nos van a matar, eso es lo único que llena mi cabeza sollozaba Gloria.
Jaime sintió que me derrumbaba, la escena me sobrepasaba y con una dulce mirada me atrajo hasta su hombro. "Hay que hacer algo y lo vamos a hacer" me dijo con firmeza sobre mi oído.
-Jaime ¿qué propones? Preguntó Miguel.
-Amigo, intenta acostarte de lado, yo con mis dientes sacaré la navaja de tu bota, si pudiésemos desatarnos las manos y llegar hasta esa pequeña barca ahora que todos están borrachos y dormidos podríamos huir bien lejos. Para cuando despierten en condiciones estaremos lejos.
Era nuestra única opción, y así lo hicimos. Jaime consiguió desatar a Miguel y éste nos desató a Gloria y a mí. Corrimos hacia la barca, abracé a Gloria que tiritaba de frío pero también de miedo. Jaime y Miguel remaban con todas sus fuerzas, cada uno con un remo. Así nos encontró la mañana, remando, exhaustos, en alta mar, sin divisar tierra por ningún lado, sin brújula y sin conocimiento de aquellos mares.
Nos quedamos dormidos, no sé por cuánto tiempo. Al despertar observé cómo una embarcación se acercaba hacia nosotros.
-¡Despertad!¡Despertad! grité de alegría.
Minutos después un grupo de hombres nos salvaban la vida. Tripulaban el barco por el mar de Las Antillas, haciendo la ruta "Isla Vaca- Curacao" cuando por sorpresa tropezaron con nosotros. Nos dijeron que eran bucaneros y estaban trabajando transportando carne ahumada y vendiendo el cuero de la caza entre aquellas dos islas.
-Pensaba que los bucaneros sólo existieron en el S.XVII
-No señora, somos los últimos supervivientes de una estirpe de bucaneros nobles. Los de antaño incentivaban el comercio ilegal, caza furtiva, nosotros lo hacemos de forma legal, trabajamos para una empresa local.
Cuando respondimos a sus preguntas de por qué estábamos perdidos en una pequeña balsa en medio de La Antillas y a medida que iban conociendo nuestra historia, el percance vivido y la osadía, nos brindaron toda su ayuda, avisaron a sus superiores quienes desplegaron a sus mejores hombres al frente del caso.
A nosotros nos acompañaron los propios bucaneros a Isla Tortuga, conocían su existencia por las leyendas de sus antepasados pero quedaron atónitos al escuchar lo del mapa, lo del cofre, lo de aquel secreto enterrado en las islas Canarias, tan lejos y ahora tan cerca. Pronto llegó el barco del Gobierno con sus profesionales que nos acompañaron, ellos conocían la existencia de la isla y su geografía.
Aproveché la oportunidad para saber más a cerca de esos “nuevos” piratas del S. XXI, quería potenciar mi tesis con una posible proyección futura de la conquista Americana, y la importancia de los piratas y su mundo. Estos no se han extinguido, nosotros tropezamos con una tripulación pero hay muchas, ocultas, ya no lucen con orgullo sus apodos ni tienen nombres con estirpe, pero siguen teniendo el mismo olfato para los tesoros y sus hazañas como fieros conquistadores que son fieles a sus propias leyes. Como lo de entonces, los hay de todas clases y costumbres me decían.
-¡Aquí es! Dijo Miguel que se había estudiado el mapa como nadie y tenía un gran sentido de la orientación.
Estuvieron cavando durante más de cuatro horas y la desesperanza empezaba a aflorar en todos, decidieron tomar un descanso.
Cogí el mapa, me asaltó la idea de que Barbanegra hubiese querido despistar a quien tuviera el mapa en sus manos sin órdenes suyas. Y fue entonces cuando me fijé en las tres cruces que había marcado en el centro de donde debía estar el tesoro; dos grandes y una pequeña en medio. Geográficamente marcaban el punto en el que estábamos pero nos habíamos equivocado en algo. De pronto me di cuenta, a unos doscientos metros de nosotros se levantaban tres rocas como tres jorobas de camellos, la de en medio más pequeña .
-¡Ya se dónde está! Grité emocionada. ¡Mirad! ¡Mirad!
Todos se levantaron , Jaime que estaba más cerca de mi que ningún otro fue el primero que asintió mi teoría. Fuimos hasta las rocas y descubrimos una entrada detrás de las mismas, un pasillo estrecho que desembocaba en una sala con una enorme bóveda, las paredes y los techos eran firmes, de roca sólida y en las paredes habían incrustaciones de diamantes y rubíes. La sala estaba llena de cofres, en el suelo, a medida que los abríamos se iluminaba todo por el reflejo del oro, miles de cadenas, anillos de múltiples tamaños, pulseras de todos los colores, diamantes con formas imposibles, doblones de oro, monedas, etc...
-Mirad esto-dijo Jaime. Se había dado cuenta de que esos pequeños diamantes incrustados en la pared hacían la forma de una flecha señalando un lugar; Un pasillo que había a nuestra derecha, lo seguimos y nos encontramos en otra sala un poco más pequeña, no habían brillantes que iluminaran el hallazgo pero encerraba algo más importante que todo el oro del mundo, muchas láminas, dibujos y cuadros de Barbanegra con su familia y amigos, algún conocido. Muchos libros de navegación escritos de su puño y letra, fechados y firmados, escribía sobre los años de su vida, hablaba de su profesión, de sus hazañas de la gente que conoció y muchas anécdotas, daba nombres de amigos y enemigos, señas. Relataba con un maravilloso lujo de detalles sus vivencias, la política de la época y la historia.
-Ahora si que tendrás tema para tu tesis cariño- me dijo Jaime-
No estaba tan eufórica por el descubrimiento sino por la palabra cariño en los labios de Jaime. Fue entonces y casi sin darnos cuenta cuando nos dimos un beso lleno de ternura y complicidad.
Por cierto, ya estamos en Canarias, ya he terminado mi tesis, hoy la hago pública. Tengo muchas menciones para quien me ayudó, tres en particular y una muy especial. Jaime y yo pronto compartiremos algo más que una amistad, esto también es primicia, ahora se lo diremos a Gloria y Miguel.
Hay una nota en el tablón, al lado de las tesis de todos los estudiantes, mi nombre y un “CUM LAUDE”.
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