Sale muy temprano de su casa pues no soporta los alaridos de su estúpida madre. Madre sólo hay una y para ella es toda una desgracia. La mañana tiene un olor a liviandad. Eso poco y nada le importa. Lo único que le molesta es que el sol esté tan radiante. Hoy parece más oscura que de costumbre: maquillaje frío y pesado y las ropas que ha escogido son estrechas y profundas. Sale con el sentimiento de derrota que la ha llenado en los últimos días. Tiene fresco en su mente el recuerdo de esa noche de licor barato y hierbas místicas. Esa noche estaba dispuesta a hacer lo primero que le propusieran. De hecho ya le habían insinuado tomar camino a un lugar cualquiera donde el ofrecimiento parecía tentador: licor, sexo y heroína. Pero apareció aquel sujeto.
Hoy le ha dado -y se ha dado- la última oportunidad.
Como rito sagrado -pues es bastante diestra en esas artes- acude al lugar con que se citó con el sujeto aquel desde hace ya un par de semanas. Acude más por la desesperación de no tener un lugar a dónde ir. Hace rato que no tiene amigos pues todos quieren sólo sexo con ella. Y aunque no le incomoda la idea del todo, ninguno le parece atractivo o por lo menos interesante. Ha desplazado la energía de su libido hacia la lectura. Se ha devorado, con las ansias de una excitación reprimida, la mayoría de textos de Nietzsche y El ser y la nada de Sartre. Se ha obsesionado con la filosofía existencialista, pues es lo único que calma en ella esa sensación agónica de estar viva sin un sentido de existir. En medio de sus cavilaciones, piensa que el acudir todos los días al parque del árbol de caucho es una excusa para justificar sus días de vida. Poco y nada le importa todo.
Temprano ha llegado y de principio, el mismo decorado. La silla vacía, la tenue sombra del árbol, las hojas secas y su barullo. Aún así, con gesto de desgano, se acomoda, saca uno de esos muchos libros que robó de la biblioteca del barrio -pues nunca ha invertido un peso en comprar uno- y se concentra en las palabras ajenas. Los minutos se hacen horas y su mente parece despreciar el significado del tiempo. A lo lejos, en sus oídos y en su mente escucha los gritos de los niños, los pasos cancinos de ancianos que disfrutan sus últimos momentos de existencia, el atronador ruido de los carros en la vía principal. Pero algo que no soporta es ese chasquido que lleva escuchando ya un buen rato y que lo percibe bastante cera. Levanta la mirada del libro y al mirar hacia su izquierda se encuentra con un andrajoso sujeto que come ruidosamente. En principio quería escupirle un buen par de palabras bien concatenadas para hacerlo sentir miserable, pero el haber sostenido un par de segundos más la mirada sobre ese rostro le trajo a su mente recuerdos frescos. Es él.
-Es usted. Lo he esperado durante dos semanas. Sí. Lo recuerdo muy bien.
Entablan una conversación trivial, pero lo que más le quema la frente es conocer el nombre de ese sujeto que, en su recuerdo, es un bohemio de bajo perfil social y que hoy lo ve muy cercano a un pordiosero. Al escuchar aquel nombre, queda pensativa unos instantes pues obviamente supone que es un mote ya que duda que en la registraduría permitan ese tipo de nombres. Siente deseos de continuar con esa charla así que ella se anima a decirle su nombre.
-Ahhh....mucho gusto ehmm...hmm...Akeronte. Mi nombre es...
Pero un pensamiento le interrumpe la línea de ideas que llevaba. ¿Por qué revelarle su nombre si él se ha escondido detrás de un seudónimo que quién sabe de qué lugar sacó? Sí, él como entidad física está frente a sí, pero no ha sido capaz de revelar su identidad, esa que conocerán sus familiares y amigos cercanos. ¿O será acaso que todos los que conocen a tan particular sujeto lo llaman Akeronte? ¿Qué significará Akeronte? No. Ella toma la determinación de seguir con la línea de pensamiento de él.
-Mi nombre... no importa. Puede llamarme Alumna. Ya que usted se ha hecho llamar maestro.
-Alumna... bien. Gusto en conocerte de nuevo Alumna. Y ¿qué hay de tu vida?
-Mi vida...
Su vida. Cierra el libro que está leyendo y su semblante cambia. Parecía que en algún momento fuera a sonreír, pero una sombra llegó a su rostro después de formulada la pregunta por el maestro.
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