Ella era la princesa de los indios shuar. Él era solo un recolector con fama de haragán.
Poco importa si se amaron desde que se vieron. Su amor era prohibido. Y verse o hablarse equivaldría la muerte.
El peligro no bastó para mantenerlos alejados. Pronto habían inventado un léxico que los protegía. Bostezaban para confesarse su amor.
Poco tiempo transcurrió hasta que los descubrieron. A él lo condenaron al exilio y a ella a una tormentosa esperanza.
Un dios, que dolido observaba, escuchando la súplica de la princesa, colaboró.
Desde aquél día, cuando un humano ve bostezar a otro, está condenado a bostezar, para que aquella joven princesa, esté donde esté, pueda escuchar las palabras de su amado.
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