La noche se adentraba, y el farolito delatador de la esquina dejaba entrever el rostro de José “el flaco” Aguilar, guapo, con mentas de cuchillero. Con el funyi ladeao fumaba impaciente, después de dar la última pitada dejó caer el faso a la yeca, y se vino pa’ mi lao ¡acá te quiero ver escopeta! dijo clavándome un codazo en las costillas. De puro guapo nomás lo seguí , compadrito y silbando...
—¿A vos te gusta canturrear esas porquerías, pendejo? — preguntó, mientras atravesábamos el bulevar.
— Es la moda varón , no hay que quedarse afuera — respondí.
— Ya estamos fuera pibe — dijo, y guiñándome un ojo entonó:
“Hace cinco días, loco de contento
vivo en movimiento como un carrusel...
Ella que pensaba amurarme el uno,
justo el treinta y uno yo la madrugué..."
Caminamos un par de cuadras déle chamuyo y fanfarroneadas, a lo lejos, el farolito degenarao del cafetín se dejó vislumbrar, era bueno saber que ya estábamos cerca, porque el frío insolente se acrecentaba a cada paso, pero ¿cerca de que? La cosa es que a unas cuadras del cafetín, nos encontramos cara a cara con la desgracia, tal vez a usté le suene a cuento, pero lo que ocurrió esa noche no se me olvidará jamás.A unos metros de nosotros, unos compadritos estaban bebiendo más que alegres, una voz nos injurió al pasar, y enseguida unas carcajadas festejaron el insulto, uno de los mozos se paró tembleque y, exagerando la borrachera, gritó como pa' que lo oigan "¡acá te va flaco calavera!" y al ratito nomás, una piedra castigó la espalda del “flaco”, y después otra, y el rostro ya le empezaba a sangrar, “cubrite pibe, rajá de acá que es conmigo la cosa” me ordenó, mientras con las manos, buscaba el cuchillo filoso que solía cargar...yo pude dar con uno de los cobardes que arrojaba las piedras y me le fui al humo, poco me duró la envalentonada, una piedra me dio en el escracho y me desparramé de jeta contra el suelo, intenté pararme pero ni fuerza pa’ guapear me quedaba, así que hice lo que hacen los cobardes en esas ocasiones, me desmayé...
Quien sabe porqué en esos momentos recordé cuando era pibe, y me sentaba en la puerta del conventillo a yorar, cuando mi viejita me castigaba, entonces “el flaco” pasaba por la vereda de enfrente, bien paquete con sus pantalones a la francesa, y me decía “otra vez mariconeando pibe” "¡los hombres no yoran carajo!" eso era suficiente pa’ que me secara las lágrimas y lo siguiera un par de cuadras, hasta mangarle algunas monedas.
...No sé cuanto tiempo permanecí inconsciente, al despertar sólo se escuchaban los bramidos de un tipo que se revolcaba en el suelo, la cerrazón me impedía discreparlo, medio tambaleando y desconcertao me paré. “No te dije que rajaras pendejo” me rezongó una voz, cuando giré pude reconocer al “flaco”, que resistía de pie gracias a la ayuda de un árbol que le hacia de sostén, me acerque pa’ ayudarlo pero de puro coraje se negó y con un brazo me hizo a un lao, “estoy bien pibe, rajá de acá” y caminó dos pasos, pero las piernas ya no le quisieron responder, el pobrecito se me vino encima “no dejés que me muera pibe” me suplicó, entonces empezó a desesperarse y yo que soy hombre blando me largué a yorar, me daba pena, el pobrecito se me moría en las manos y mi inorancia me impedía hacer nada. ¡No te vas a morir flaco! creo que le dije y el yanto me quebró la voz, entonces, él me miró con esa cara que yo tantas veces le había visto y le alcancé a leer los labios, señor
“los hombres no yoran pibe” dijo
y cerró los ojos pa’ no abrirlo´ jamás.
©González |