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Inicio / Cuenteros Locales / fiorno / atilio y celeste

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Celeste escucho silbar la pava e hizo un intento inútil por levantarse rápidamente de la silla de hierro oxidada por los años. Celeste se logro parar en eternos segundos apoyándose en la mesa de concreto pintada de telarañas y retazos de colores desteñidos, y sin mirar a Atilio que inventaba una siesta con ronquidos demasiado reales para ser verdad, camino sobre los pasos que el tiempo había dibujado sobre las baldosas del triste patio. Atilio la miro desde su sueño mentiroso, sabiendo que hoy no era ayer pero que irremediablemente mañana seria hoy, y la dejo escapar por ese tiempo que era solo de ellos, en el que un minuto son cinco, y la ducha un viaje a un lugar no tan cercano. La espalda de Celeste miraba a Atilio tocar el bandoneón y su cuerpo sentía la melodía que nunca había sido para ella, pero tampoco para nadie más que ella. El subibaja de sus manos desmentía su mentira y las notas de su instrumento suplicaban un perdón que nunca le pediría. Ella ya casi había llegado a la puerta cuando la pava se canso de cantar para comenzar a escupir su rabia que apagaba el fuego antes de que ella lo pudiera ver, el sonreía sabiendo que ella no había visto el fuego, ella tarareaba detrás de la puerta la melodía que el tocaba porque pensaba que ella no quería oírla. Ambos eran felices creyendo que el otro no era feliz, pero ese sentimiento infantil que le habían devuelto los años no les permitía darse cuenta que los dos eran felices.
El concierto de Atilio daba fin en el momento en que Celeste se sentaba nuevamente sobre la silla para empezar con la ronda de mates que compartían en la soledad de cada uno, en el desprecio de su amor. Atilio, entre mate y mate, fingía nuevamente que dormía simplemente por costumbre, porque así eran sus días, migajas de los años, partituras incompletas, lugares sin conocer, hijos sin nacer, efímeros deseos, ásperas caricias, paisajes repetidos, secretos dichos en silencio, en definitiva esos eran sus días, el fiel reflejo de lo que hicieron o dejaron de hacer, o simplemente lo que hubiesen querido ser. Celeste tenia el mate entre las manos, era su turno, le tocaba pensar. El sol la invito a ver lo que no fue, a remontarse a ese pasado que tendría que haber pasado. Pensó en el vestido blanco que por estupidos ideales nunca llego a usar, en ese amante que dejo escapar, en los nombres que no pudo ponerle a sus hijos que no nacieron, en el disfraz que en navidad Atilio se tendría que haber puesto para sus nietos, pensó en todo eso que Atilio le negó, pensó en todo eso que Atilio sin decirle le había prometido.
Atilio dejo de inventar un sueño, negó el mate con un ronquido, su sueño esta vez lo había dormido, su sueño esta vez lo había llevado a su sueño. Se abría el telón, Atilio y su bandoneón enfrentaban el momento que la vida les estaba debiendo, Atilio sonreía, todo estaba por pasar, ya no importaba lo hasta ahora sucedido, era el y su publico, eran sus manos acariciando su triste bandoneón, ya no importaban los hijos que podrían llegar a venir, ya no importaban los versos que se había olvidado de escribir, ya no importaba Celeste, era el y una melodía que estaba por hablar, era el y sus brazos a punto de volar, a punto de susurrar a todos los oídos … era Celeste no dejándolo soñar, era Celeste ofreciéndole el mate que jamás le tendría que haber ofrecido.
Atilio abrió sus ojos y desde ellos le reprocho el sueño interrumpido, la vida que habría querido vivir sin ella. Celeste sintió los ojos de Atilio reprochándole el sueño en el que ella no tenia lugar, la vida que el hubiese querido vivir sin ella.
Celeste lo miro como tantas otras veces pero viéndolo por primera vez, el vio los ojos invisibles que su mirada escondía, ellos vieron una vida juntos, ellos vieron la muerte. Esa muerte que jugaría con ellos, que profanaría esa mirada que nunca habían visto, que elegirá a uno y dejaría al otro sin la vida, que aunque no habían soñado, hubieran vuelto a elegir.
Ahora Atilio sabia lo que tenia que hacer, necesitaba asegurar su sufrimiento para dejar escapar el de ella, sin dejar de mirarla comenzó a inventarle una muerte. Celeste desde sus ojos compendio todo, no dejo de mirarlo, sonrió una despedida, acepto que Atilio la matara, acepto que Atilio se condenara a vivir sin ella.
Ahora eran solo el y su triste alegría que con el tiempo lo mataría, era el sin ella pero por ella, era la silla oxidada sin Celeste, eran esas grises baldosas del patio sin los pasos de Celeste, era la pava que ya no apagaría el fuego para Celeste, eran los falsos ronquidos que ya no escucharía Celeste, era la vida de Atilio, era la muerte de Celeste, era Atilio sin Celeste. Era Atilio y su bandoneón llorando la melodía que tantas veces le había ocultado y que era solo para ella.

Texto agregado el 11-03-2006, y leído por 68 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2008-04-09 01:37:29 Voy de acuerdo con Ninive, dices cosas interesantes, juegas bien con el lenguaje, solamente pule la ortografía. Me gustó. kalebcillo
2006-10-03 18:59:29 estuvo, bien, un poco cansador nomas, pero ese final fue muy bueno Gabbys
2006-09-05 05:52:00 El tema es bueno, quizàs se podara algo el texto serìa màs àgil, tiene pensamientos interesantes. doctora
2006-03-16 21:38:07 Sinceramente aburrido concuerdo con Writt y Abin_sur francisk
2006-03-15 06:00:02 Muy aburrido, y los acentos se te olvidan, deberías escribir con más sentimiento y menos complicado en expresar las ideas, en fin no me gusto writt
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