Marcos desayunó aquel día con las primera imágenes de la masacre que emitió la televisión. Luego, mientras comía, en el mismo bar, las imágenes siguieron llegando. Marcos, indignado, maldijo mil veces a los causantes de aquel acto injustificado y, mientras hablaba a los que con él comían, se sintió solidario, se sintió voluntario y hasta necesario. Después del trabajo, entre cerveza y cerveza, de nuevo demostró que él era quién más sabía del tema. Los otros, mientras le escuchaban, miraban a la pantalla que no dejaba de vomitar imágenes terribles y datos.
Cuando llegó a casa la cena estaba fría. Marta, su esposa, se levantó de la silla y retiró el plato que, a modo de tapadera, en un vano intento de conservar el calor, cubría la comida. El dejó la mochila a un lado, saludó con un gruñido y sin lavarse las manos se sentó a cenar.
–¡Esto está frío, joder! –dijo, al tiempo que dirigía a su mujer aquella mirada que a ella tanto miedo le daba–. ¿Cuántas veces he de decirte que quiero la cena caliente?
–La hice también para el niño –susurró ella tratando de justificarse, al tiempo que le retiraba el plato–. Pensé que vendrías antes.
–¡Pensaste! ¿Y quién te manda a ti pensar? ¡Además, a tu hijo no le metas. Siempre te justificas en él. Al final lograrás que sea como tú!
Marta encendió el fuego y se dispuso a freír unos huevos. Él continuó:
–¡He tenido un día como para aguantar gilipolleces! ¿Es que no sabes lo que ha ocurrido hoy? ¡Claro, habrás estado perdiendo el tiempo, viendo cualquier cosa. Uno de esos programas que sólo hablan de tonterías y memeces! ¡Pero eso un día te lo corto yo de un guantazo!
Marta ya no contestó. Le preparó la cena y luego se sentó a esperar que terminara para recoger la mesa.
Cuando Marta se acostó, Marcos roncaba en el sillón con la televisión puesta. Otra vez las imágenes de la tragedia. Pero de la suya, de la de su casa nadie hablaba.
Marcos despertó un rato después y también se fue a acostar. Después de todo, no se sentía mal. Les había demostrado a todos que no eran necesarias tantas pamplinas, ni manifestarse en la calle para ser solidario y entender la situación.
Y mientras orinaba, pensó:
“Seguro que estos cabrones han suprimido en la radio el programa de deportes y hablan también del atentado. ¡Vaya mierda!”
© Blas León.
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