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Inicio / Cuenteros Locales / fabiangs / La casa de las margaritas.

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Eran las dos de la tarde y Abigail se aproximaba al pueblo, miraba el paisaje a través de la ventana de aquel autobús de madera pintado en muchos colores, que transportaba toda clase de paquetes como frutas y animales hasta en el techo. El autobús estaba a rebosar, las sillas fastidiaban. A la primera parada varios abandonaron el vehículo, no por ello se disipó el calor sofocante impregnado en gotas de vaho.

Durante muchos años, Abigail había escrito muchas cartas a su madre, de la que ninguna tuvo respuesta. En su último mensaje decía que en dos meses volvería. Ella recordaba con nostalgia y melancolía, la geografía del pueblo, la bondad de sus gentes, el antejardín de su casa que era visible desde la calle y que algunos transeúntes intentaban llevarse alguna margarita, su última comida en casa, y a su madre en el calor del hogar.

Su esposo se había gastado todos los ahorros apostando en las peleas de gallos, Bernarda nunca le perdonaría ni a él ni a su hija que le hubieran vendido varias de sus cosas para pagar las deudas, así que decidió no hablarles nunca porque según ella el silencio otorga y meses después utilizó a su nieta para dirigirse a ellos y decirles que se marcharan de su casa.

Abigail se había divorciado hacía muchos años y con el tiempo se volvió en una mujer de éxito, lo tenía todo; gozaba de buena salud, exhibía una discreta belleza, tenía su profesión, manejaba los valores financieros, con una solvencia inesperada aún para ella misma pero necesitaba recibir el perdón de su madre porque perdonar y ser perdonado nos libera.

Abigail caminaba con su hija por la calle principal y ella sentía latir su corazón muy fuerte. En su última carta había escrito que si en el balcón de la casa no aparecía un pañuelo rojo significaría que no podría golpear.

Al voltear la esquina, se encontraba allí la casa; era grande, de dos plantas con balcón y con muchas ventanas, tenía una puerta en el centro en forma de arco, las paredes pintadas en blanco, el techo de tejas rojas de barro y el antejardín tenía las margaritas que la hacían conocida por todos, y en las rejas torneadas artísticamente, centenares de pañuelos rojos atados que agitaba el viento.

Texto agregado el 11-03-2006, y leído por 117 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
2006-07-26 21:32:32 Aunque la historia me la sabía de otra forma, tu le pusiste tu toque, y me quedo con la tuya, osea con tu historia. JYREOX
2006-04-03 00:48:03 muy bonito. todos esos pañuelos colgados para el reencuentro. El texto estupendo***** eslavida
2006-04-02 07:57:40 Q de timepo te leo! Muy buena la descripción! he podido ver el pueblo entero, los pañuelos. Eso es perdonar, querer. En rojo. Bellísimo. iri
2006-03-30 23:40:05 hermosísimo. Siempre queda esperanza para quien se arriesga y persiste, aun en forma de pañuelos rojos. encontrariaalamaga
2006-03-23 00:27:15 Hermosa narración de ese volver a la tierra en que se nace y para recibir el perdón de la madre con centenares de pañuelos rojos.*****Un abrazo lengua_de_p uma
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