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Inicio / Cuenteros Locales / semanticon / Noche con el diablo

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Encuentro 2º

La casa estaba vacía, como tantas veces, pero su aspecto ya no era familiar. Una estela de silencio se colgaba de sus paredes como manchas de humedad sobre las almas en pena, a pesar de la primera sensación, atravesé el pasillo con suma precaución, casi con miedo.
Abrí la puerta como tantas veces, y como un ciego novato ingresé en la solitaria morada.
Gobernaba una atmósfera casi descartada, la tela de araña enmarcando las puertas y los vértices de los altos techos, el humo invasor alternando entre medias luces y medias sombras, la casa me hablaba de si misma en cada detalle. No había luz, solo un aturdidor y abrumador silencio.
Acomodé mis bagayos sobre la cama de una plaza que alguna vez ha sido templo y hoy se resume a cenizas olvidadas de una ruina. Encendí un cigarrillo, y me recosté sobre los bolsos, aún llenos de ropa.
Tomé las llaves y cerré la puerta. La sensación de que me observaban pesaba sobre mis espaldas. Giré sobre mi propio eje de un salto, y se oyó el portazo del viejo placard fuera de escuadra. La lógica me indicaba que era a efectos del viento, pero las hojas secas del patio no se movían, y el calor crecía, al igual que mi intriga.
Tomé, a modo de arma, un palo de media escoba que descansaba en el piso de la cocina, y me acerqué sigilosamente hacia el viejo y dislocado gigante de madera. Con mi mano derecha sostenía el palo, y con la izquierda sostuve la puerta del coloso, cuando desde sus entrañas, una voz entrecortada y ríspida tomó la iniciativa diciendo:

- No vale la pena, ya estamos aquí, y sería inútil cualquier intento de fuga, de cualquiera de los dos, y la puerta se abrió de un solo golpe.-

Un hombre salió del monstruo, en calma y desperezándose, pálido y desencajado en su gesto.

- Para ser sincero, no te esperaba tan pronto, ni te creía tan audaz como para llegar hasta aquí, hasta mi casa, pero ya que estás, hacete unos matienzos.-

Mis ojos no creían lo que veían, el hombre cambiaba de voz y de imagen a cada gesto, sus vestiduras eran elegantes aunque no del todo limpias, observé que sus pies estaban cubiertos por mantas, y su mirada nunca se cruzaba con la mía. Conjeturé que era un demonio, o algo así.
Fui hacia la cocina a poner la pava, y en el camino ofrecí, tal vez la oración mas corta pero la mas sincera de mi vida, rogué a Dios un espíritu fuerte y una mente hábil para soportar cualquier tentación y refutar cualquier afirmación proveniente de éste personaje tal vez siniestro.
Desde la cocina y poniéndole yerba al mate, le pegué el grito:

- Esta es mi casa, la compré hace unos días a su antiguo dueño, pagué por ella.-


- Yo soy su dueño mas antiguo, antes de ser construida, ésta casa ya era mía, antes de que se idee la tierra sobre la que descansan estos cimientos, ya me pertenecían, todo lo que ves, y lo que viste en tu vida, todo es mío.-

- Ah si, y que hace el dueño del mundo viviendo dentro de un placard.-

Disgustado, pero aún tranquilo, contestó:

- Soy dueño del mundo, no quiere decir que disfrute de él. Y no vivo en el placard, solo duermo allí. Pero parece que no entendiste nada, cabrón.

- Creo que no hay nada para entender, éste ya no es tu lugar, y desgraciadamente para vos, deberás encontrar otros roperos donde dormir, y otra casa para habitar.

- Te voy a explicar, aunque creas que no es necesario, no soy un demonio como crees, soy el dueño del circo, el gran jefe, el que llaman Diablo. Es verdad que esta casa es tuya, y todo lo que hay en ella, pero vos la descuidaste, vos dejaste la puerta abierta, yo solo entré, pues me pareció agradable. Esta casa es tu alma, cabrón, y el ropero, tu corazón, hace demasiado tiempo que duermo allí, hasta que te avivaste. Hay quien jamás se apiola de mi presencia, y hay quien me ve y se hace el boludo, vos me echaste, y no me pienso ir, vos hiciste que me acostumbre, y seamos sinceros, también te acostumbraste a mí, no te engañes, no sabrías por donde empezar a limpiar, y el desorden y la mugre dan cierto encanto, ¿no te parece?.

Miré hacia el cielo, que parecía un bloque de concreto, y busqué una respuesta, debo confesar que tuve miedo, pero no puedo salir corriendo de mi propia alma, ni abandonar a su suerte a mi propio corazón, ya lo hice, y no tuve éxito, así que respondí.

- Realmente no soy el dueño de esta casa, estoy convencido de que no somos dueños de nada, ni siquiera de nuestra alma. Tengo entendido que vos, careces de un alma, y entonces te divierte jugar con las ajenas. Como una vecina chusma, de esas que no tienen vida propia, y que por tal causa, viven vidas ajenas. Toda tu retórica apunta al engaño innecesario, a la confusión perpetua, pero ya pagué el precio de creerte una vez, y no pagaré de nuevo.

En ese momento, sus piernas se hicieron largas y torneadas, sus pechos crecieron dentro de un escote pronunciado a gritos, su piel se oscureció hasta el sudor, su mirada se tornó tierna y su voz dulce como el deseo cumplido.

- Sé que no te resistís a la belleza, puedo ser la mujer de tus sueños para siempre, con solo rozar tus labios con los míos seré tuya eternamente, nada ni nadie nos separará jamás.-

Y levantando su falda dejó expuesta la entrepierna, invitándome a la lujuria.

- La belleza que no resisto es la única que no me podes dar vos, ni nadie, pero ya no me sensibiliza la aparente ternura femenina, tus permanentes engaños te están jugando en contra, reconozco cada una de tus estrategias. No bailes morocha, que no sos mi tipo, nunca vas a poder amar, y eso te rebaja a tu propia miseria.-

Intentó llegar a mis brazos pero su intento fue fallido, pues al presentir mi negativa, se retrajo. Tomó asiento en unos cajones vacíos de galletitas “pallasa”, de esas con el vidrio redondo, juntó aire, y buscó en su escote. Extrajo la llave de todos los reinos de esta tierra.

- Se que no sos ambicioso, pero es mi deber hacerte saber que esta llave te hará poderoso, tanto, que el mundo entero te rendirá honores, las mujeres te abrirán su corazón entre otras cosas, los hombres te admirarán, y el tiempo no pasará para vos.-

La tentación fue grande, pero cuando la limosna es así de grande... y yo que no soy un santo...

- No me interesan los aplausos de los necios, solo acepto el elogio de unos pocos, no pretendo a todas las mujeres, amo el riesgo mas que la aceptación, saber que pueden decir que no, ajusta mi corazón al pecho y lo hace vivir, lo fácil es desechable. Por eso mi alma debe resultar tan cara a tus voluntades. No es que sea gran cosa, el valor agregado se lo da la dificultad para acceder a ella. No solo habrá dificultad, sino que no habrá trato, bajo ningún concepto, pero si tu deseo es seguir perdiendo tu tiempo, adelante, tratas de convencerme y lo que es peor, tratas de corromperme.-

Realmente no me interesan los aplausos, ni los honores, ni las palmadas en la espalda a modo de reconocimiento. He oído estupideces expresadas enfáticamente y con una convicción absoluta, y luego los aplausos, la euforia, el desenfreno de una maza amorfa y carente de ideales. A ellos no los necesito. No quiero que un analfabeto juzgue la métrica de mis poemas, ni que un sordo adore mi música, ni que un ciego ame mis cuadros. Prefiero las críticas idóneas y edificantes de quienes se entregan a su arte.
El reconocimiento es apreciable solo cuando proviene de grandes hombres, esa es mi opinión, humilde pero inmutable.
Mientras cavilaba en estos detalles, no advertí que el personaje cobraba un aspecto gentil y culto.

- Seré sincero, solo te daré lo que me pidas, puedo y quiero hacerlo, todo a cambio de un lugarcito en tu alma, la pieza del fondo a cambio de tu deseo mas íntimo, que creo saber cual es. Conozco al cíclope ciego de tu destino, y los vientos no te favorecen, tu futuro, como el del universo, es la muerte.

- El destino es irrevocable, el libre albedrío es definitivamente un hecho, pero no olvides que en las grietas, está Dios que acecha. Y cuento con ello.

Los dientes del infierno se clavaron entre las paredes, y marcaron la retirada, el personaje funesto comenzó a juntar sus cosas, (quiero decir, mis cosas), y se marchó, dejando a su paso una estela agria de recuerdos y heridas mal curadas.
Su última mirada fue sentenciosa, y el portazo selló el comienzo de la guerra.

Texto agregado el 12-03-2006, y leído por 14 visitantes. (0 votos)


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