De mañana, cuando el corazón de la noche ha dejado de latir, y uno se encuentra a sí mismo junto a una mujer dormida, hemos de ser capaces de recrear la ternura.
Volamos sobre manos, brazos, piernas, hacia la geografía de unos labios que piden con insistencia el concurso de nuestros besos.
¿Qué sería del mundo sin una mujer dormida?
¿En qué espacio desolado, como desierto o estepa, convertiríamos nuestra cama?
Una mujer dormida como una simple razón de amor, es un murmullo suave que se oye a todas horas como un mar habitado por nuestros pasos de dicha. |