Entre la mirada vigilante, la pregunta que nunca falta de los mios, el insomnio que viene como siempre, pues me puse la máscara, fingiendo tranquilidad y entereza, como que el roble no se ha roto, como que no saltaron astillas que se clavaron en el fondo del corazón.
Desempacando cada taza, cada sarten, cada plato.
Desempacando cada libro, cada poema puesto como por descuido por ahí.
Las astillas van clavándose como espina que penetra mas y mas con cada hora que pasa.
Las astillas piden a gritos un lugar, un rio, un verde, un cerro dónde refugiarse y que estalle el grito...ese que jamás fue gritado, fue reprimido en la almohada, entre los dientes, entre el hablar con la pared, sintiendo que existe un Dios que escucha, comprende y protege.
Sólo que las astillas, el grito ahogado, el deseo de muerte, no encuentran dónde y cómo salir.
La tranquilidad de la noche resulta insuficiente, los perros ladran, los mios duermen y yo me enredo entre lágrimas, gritos ahogados y sábanas, que lejos de abrigarme, me resultan lianas que van enrrollándose en el cuerpo, en el cuello.
Pido auxilio, con la voz muda, grito a la nada, al aire, a la pared, al techo y a la gotera que hay en él.
Pido auxilio y nadie escucha, todos duermen y al otro día sonrío deseándo buenos días, dando un beso a cada uno, de infinita gratitud y amor...por estar conmigo, por sujetarme, apuntalarme y sobre todo por recogerme del suelo, limpiarme, cuidarme, protegerme, por amarme como sólo padre, madre y hermanos pueden hacerlo.
el grito se enmudece, se calla, sabiendo lo injusto de lanzarlo, cuando por ello pueden retumbar paredes, vigas y cimientos de los mios, de mis amores, de mi ojos azúl de mar, de mi rosa fuerte y delicada, de mis ramas entre jóvenes y maduras de las cuales formo parte y ellas parte de mi.
Cómo sacar las astillas entonces, sin regarlas y clavarlas en mis amores.
Los miro con amor que desgarra, ama y agradece, los miro siguiendo sus propios caminos:
Unos envejeciendo y siguiendo en la lucha.
Otros luchando y consolidando su casa.
Otras con la juventud a flor de piel, viviendo el momento, floreciendo con candidez e inocencia.
Me miro entonces, miro mis astillas, mi vida y el vacío infinito de mi vientre...sin fruto alguno.
Infinito vacío y lleno de soledad, infinito vacío del hijo esperado, amado y nunca concebido ni llegado.
4-12-03 |