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yajalón
De aquel pueblo, y sobre todo de aquella niñez tengo solamente el recuerdo de una calle que corría de la casa del abuelo a la calzada empedrada que subía al centro de salud. Una calle de polvo y tierra que se transformaba en un lodazal cuando llegaba la larga temporada de lluvia. Humedad, neblina y frió, cerros cuajados de cafetos, sueños evaporados en el tiempo, el sonido inconfundible de chachalacas y perros. --Yajalón--. Parece como si aún en estos tiempos te estuviera viendo.
La casa del abuelo con cuatro habitaciones amplias y de techos elevados y un gran comedor al centro, el jardín de la abuela, el patio interno donde cada domingo acudían visitas.
La calle, polvo y tierra que se hacia lodazal en esos tiempos, el paso pausado y rítmico de arrieros, silbidos arriando las mulas, gritos que se petrificaron en mi memoria; me asomaba entonces a mirar el sufrimiento: la recua de bestias hundiéndose hasta los ijares, los fuetazos en las ancas, el jalón a las bridas, meter una pata para sacar otra, el sonido del aire y el vacío: ¡choap¡ ¡choap¡ ¡choap¡, al sacar las patas de aquel atolladero. Mis ojos plenos de alegría, la ilusión de que esa vez no pudieran hacerlo, el esfuerzo de las mulas, el grito de los arrieros, el vaivén del cargamento. ¡Mi atalaya¡, la rama de algún naranjo.
No puedo precisar en que momento apareció ella, quizás siempre estuvo allí, y yo solamente la descubrí el día que ella quiso hacerlo, tal vez tendría 13 o 14 años, la piel blanca y los cabellos negros, y a lo lejos me pareció también con unos ojos azules claros como el cielo. Permanecía acurrucada en el quicio de su puerta, atenta al paso de las mulas y ajena a gritos y silbidos. La sonrisa pegada a su rostro, alzó la vista y estoy seguro que me descubrió en mi puesto de vigía, sin embargo, a pesar de sonreírle, ella ignorándome por completo dejo la vista perdida en el tiempo, la boca entreabierta me dejó descubrir un hilillo de saliva que caía al suelo.
--Lolita--, me dijo la abuela cuando pregunté por ella. --Esta enfermita--, agregó también
--la pobre nació con retrazo mental--, --el padre la mantiene escondida en casa--.
A partir de aquella tarde compartía con ella el espectáculo de las bestias en el lodo; regresaba de la escuela, comía y raudo me encaraba en el árbol que fungía como torre. Ella acurrucada como siempre, con la mirada perdida como siempre, con la baba escurriendo de su boca como siempre, el cabello negro que caía por los hombros, la sonrisa que después escuché como un estertor de la garganta, los arrieros que procuraban pasar las bestias pegados a la acera de su casa, no por que fuera el mejor camino, si no por que en ese acercamiento, podían mirar mejor las piernas de Lolita.
¡Yajalón¡, --el sol apenas hace acto de presencia--, mi trabajo en estas tardes de humedad y frío, de lluvia y neblina, es el de ayudar a la abuela en el tostado del café, vueltas y vueltas con la pala de madera, rítmico, circular, suave, poco a poco el grano deja su color amarillento y pajizo, y se torna café oscuro, casi negro, el aroma que se impregna en mis narices y se esconde en mi memoria. De cuando en cuando tomo un grano y lo llevo a mi boca, amargo, exquisito, el calor que emana del fogón, y que se desprende del enorme comal por donde saltan los granos de café, y las ilusiones que poco a poco se van apoderando de mi cuerpo.
Deje de verla una tarde, y por cierto fue una larga temporada sin ella, no se, tal vez un par de meses, uno de esos días finalmente le pregunté a la abuela. Ella, ajena a mis pensamientos exclamó: --tal vez esta más enferma— después se develó el misterio:
--algún arriero desgraciado embarazó a la Lolita—
--que su primo abusó de ella—
--que el agente viajero—
gritos y gritos de recién nacido.
Acudió entonces el abuelo con otros tantos vecinos, por alguna razón mi abuelo se ciñó al cinto una pistola. –por si el hijo de la chingada se pone rejego—
--Tú no te mueves de aquí--, gritó la abuela dirigiéndose a mí, obviamente la orden fue: corre a tu atalaya, y yo simplemente obedecí al cerebro.
Desde mi árbol vigía puedo ver como el abuelo sin mediar palabra coge al padre de Lolita por los cabellos, en ese momento entiendo que fue él quien le causó a la hija todo este enredo. El abuelo si algo tiene es el enérgico tono de su voz, y mas que eso los ademanes capaces de dar a entender que aquello no es un juego. Cómo castigar al padre, si es él, el único que trabaja para el mantenimiento.-- Llegar a un trato--, me entere aquella noche cuando el abuelo volvió y le dijo a la abuela todo lo que había pasado. Lolita permanecerá al cuidado de la madre, igual que su hijo. El padre, alejado, habitando la choza que tiene en su parcela. Cuarenta días después otra vez la sonrisa y la mirada perdida observando el paso de las bestias, alguna vez miré como llevaban al hijo hasta su regazo y como compartía con éste los sonidos y silbidos de arrieros y mulas. De cuando en cuando también levantaba la vista y me descubría en mi puesto.
Alejarme de aquel pueblo fue lo peor que pudo haberme pasado, dejar atrás los recuerdos, los dulces de la abuela, la resortera que el abuelo me hiciera, los gritos de los arrieros, el pan de yema de la abuela, los frijoles bayos, y sobre todos ellos, el aroma del café por la mañana inundando plenamente mi sueño. El velo de la lejanía después, el estudio que me alejó de aquella compañía; el abuelo fue el primero en morir, lo miré todavía en su ancianidad desvelando misterios de su vida, la abuela tiempo después con aquella ternura que a pesar de haberlo perdido todo, se resigno con el mayor de los amores. ¿Y Lolita, la de la piel blanca, los cabellos al viento y aquellos ojos claros como el cielo?
Volví, después de todo la querencia de las tablas, las ánimas que jalan la cobija. La casona del abuelo se me antoja muy chica, la barda donde las pitahayas florecían demasiado bajas, no hice más que ponerme de puntillas y acaricie las guías. La calle de lodo, pavimentada ya, ¿y Lolita? pensaran ustedes: los cabellos blancos, y la sonrisa pasmada; no se por que razón la aprieto entre mis brazos, la madre (muy anciana), --fue tu amigo con el que jugabas y corrías--, y muestra entonces unos ojos vivaces como si en su memoria aquello hubiera sido cierto. El padre falleció abandonado y solitario. En mi memoria la imagen de Lolita mirando como yo el paso de las bestias. En la suya y para que no se nos olvide, --en la de la madre--, Lolita jugando a las escondidas, mi despertar de varón, la sonrisa que no se borra de mi rostro, el hijo aquel que sin duda, tenia la mirada del padre, la sonrisa perdida de Lolita; la silueta que se dibuja recortada en la puerta, 35 años atrás, y aquella criatura. --Abuela ya conocí al hijo de Lolita, --¡hum! es igualito al tata--, diria la abuela, y sin embargo era absolutamente igualito a mi.
Texto de yajalon agregado el 04-12-2003. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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