La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - Javiercorreacorrea - 'Claudicación ®'
Claudicación ®
Claudicación ®
Estoy en una habitación de hotel. Tendido en la cama doble, diagonal mío un ventilador toma el aire, lo bate y lo empuja hacia mí, con el propósito de refrescarme. El no lo sabe, pero cada giro de sus aspas me regala una bocanada de bienestar. De pronto lo veo, recostado sobre una base adherida a la pared. Es negro, mudo, quieto. La base cumple callada su papel de sostén. El me mira con ese único ojo, grande, rectangular y brillante. Me amenaza con historias provenientes de recónditos lugares de la realidad y de la imaginación, con los sonidos ahuecadamente capturados. Trato de ignorarlo, concentrarme en la posibilidad de no pensar, disfrutar la placidez de no hacer nada. Abandonada al ocio, la mente reclama hechos y compromisos que dejé en la ciudad. No podría solucionarlos ni aun queriendo, pienso, y, de nuevo, cierro los ojos. Me entrego a la duermevela, sin prisa, sin duda. El tiempo se halla suspendido en esta habitación de hotel y lo único que recuerda su paso son las aspas del ventilador que insiste en refrescarme los pies desnudos. Abro los ojos y ahí está, de nuevo, o, tal vez, como siempre. Continúa mirándome y alcanzo a notar mi imagen reflejada en su ojo profundo, enigmático. Procuro traspasar su retina para aventurarme en una profundidad quizás inexistente. No puedo. Sólo encuentro el reflejo de mis pies al recibir el viento mecanizado, de la camisa con los ojales liberados, de las gafas pasivas. La imagen se repite hacia dentro, cada vez más pequeña, cada vez más difusa. El reflejo es horizontal, en la parte inferior, y lo apabullan una negritud inquietante y un silencio rebelde. Sólo yo, en esta habitación de hotel, tengo el poder para darle vida. Pero no quiero. Cierro los ojos, dormito, acomodo la pereza en la cama con sábanas desconocidas. Cruzo las piernas y reviso el reflejo, que me recuerda un dibujo de Picasso y me produce risa. Arribita a la derecha, casi en el rincón, descubro una sombra rectangular, sangrada, como dirían los diseñadores gráficos. Es un cuadro que hay encima de la cabecera de la cama, una ordinaria reproducción desteñida de un Rubens. Ahora va a resultar que este pueblo olvidado, al que vine por curiosidad y tedio, es conocedor de arte universal. Por qué no, al fin y al cabo vivo en un país también olvidado por los atlas y los almanaques, pues aquí el tiempo no transcurre, hoy. Aunque las aspas continúen girando sobre su noria, a la ridícula velocidad de cero. Es que algún técnico estúpido debió arreglar el mecanismo y dejó trocadas las señas de los controles. No importa, sólo me interesa el viento tenue sobre mis piernas. A la izquierda del ojo brillante y rectangular hay una luz en perspectiva. Es la ventana, cubierta por una cortina para climas cálidos. Ojalá no haya cerca un poste de la luz, me impediría dormir bien en la noche. Porque ahora da lo mismo, los párpados vuelven a reclamar su derecho al descanso. Que trabajen, lentos, pero que trabajen.
Pudieron más los párpados, que se cerraron un buen rato. Comienza a oscurecer, la cortina evita el paso de la poca luz callejera. Ni siquiera reviso el reloj, ya tengo la certeza de que las manecillas se han aquietado. Tomo el libro de turno, que en silencio me relata historias de otro país y otro siglo. Los renglones y las historias se confunden, en un astigmatismo fruto de la decisión de los párpados que persisten en cerrarse cuando les da la gana. La mente vaga entonces por lugares de los que me enteré por las descripciones recientes. Viajo a esos lugares, saludo a personas que me reconocen, uso prendas que me harían lucir ridículo tendido frente al ventilador y bajo el ojo escrutador que vuelvo a encontrar. Enciendo el bombillo, ubicado al frente de la cama, y no sobre la cabecera, junto al cuadro de Rubens, lo cual me impide regresar al libro. Decido utilizar esta libreta, llenar algunas de sus setenta hojas de papel periódico oloroso a virgen. Para hacerlo no necesito mayor luz, con el bombillo es suficiente, al fin y al cabo puedo dejar de escribir o controlar a mi antojo el tamaño de las letras. Un casi imperceptible cosquilleo en el estómago me recuerda que el almuerzo fue poco. Me despojo de la camisa para sentir la brisa artificial, como si así pudiera embolatar el hambre. El tiempo sí ha transcurrido, parece. Alzo la vista que choca contra el ojo rectangular que continúa pendiente en un ángulo definido por la camarera para que los huéspedes podamos encontrarlo fácil. Empiezo a pensar y me niego a hacerlo, quiero seguir con la mente en blanco, no llenarla de garabatos, como a la libreta, que desdicen bastante de mi profesora de caligrafía en los primeros años de colegio. Sería rico volver a esa época en esa ciudad, remontar las dos distancias y caminar por esos pasillos luminosos, esa aula con el tablero separado uno y medio metro de la pared y apoyado en una base plegable de madera. Cierro los ojos, los reabro y reencuentro la tentadora pantalla del televisor que persiste en escupir historias e historias e historias. No quiero pensar, digo, y lo enciendo. El sueño se ha disipado.
Javier Correa Correa
Puerto Asís, 10 de diciembre de 2001
Texto de Javiercorreacorrea agregado el 05-12-2003. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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