La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / Akeronte / El Maestro Pusilánime. Conversación 6: Bajo la sombra del árbol

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:191052]

El día perfilaba tranquilo, con suave brisa y unos cuantos empaques de galletas flotando en el ambiente. En los andenes la sociedad instantánea fluye como caudal interminable que emana del centro de la tierra, del foso de los infiernos. En un céntrico parque, acementado, enladrillado y con retoques de pasto y grava, un adulto de edad indeterminada mastica suavemente una chocolatina mientras observa el dibujo impreso que viene dentro del empaque. Contempla que es un Volvox, uno de los monachos más difíciles de conseguir. Tendría que comer setenta y cinco chocolatinas diarias durante tres años, para que ese mismo dibujo cayera de nuevo en sus manos. La sonrisa no se hace esperar. A lo lejos, por uno de los senderos artificiales, una joven, altiva, de hermosa silueta disimulada entre juveniles trajes holgados y mas bien poco coloridos, de ojos apagados, se acerca, como lleva haciéndolo más de dos meses, al árbol de caucho que está plantado en la parte más alta del parque. Ahí saluda, una vez más, a nuestro adulto indeterminado.

-Maestro, disculpe la tardanza.
-Nunca es tarde, mi bella alumna

Los cancerígenos rayos solares descargan su ira contra el frondoso árbol, iluminando tenuemente a alumna y maestro, en una tarde laboral, un día cualquiera del afamado y poco agraciado siglo XXI, en la que el maestro decidió bautizar hace pocos años, una ciudad posmoderna. Con mirada pícara, el maestro le regala el dibujito del empaque de la chocolatina a la alumna.

-Maestro, usted sabe que esta oportunidad es escasa en la vida de un coleccionista. No debería regalármela, pues yo no guardo nada de estas cosas. No me gusta atarme al vacío mundo material.
-No te preocupes alumna mía. Ese dibujo ya lo tengo repetido seis veces y lo que quiero que aprecies es el gesto que estoy teniendo contigo.
-Ah, claro. Eso que allá en el andén llaman cortesía, ¿cierto?
-Cortesía no es el término que yo utilizaría. Es más un gesto de aprecio, de afecto. Aunque no me malinterpretes, que mis pretensiones para contigo llanamente no existen.

Un humano de los que ofrecen su precario conocimiento engalanado con palabras de obligatoriedad interrumpe y hace entrega a maestro y alumna de unos aretes y unas pulseras de semillas plásticas. El maestro se la devuelve al pobre miserable con un gesto neutro, casi de desprecio, mientras la alumna frunce el ceño, así como hizo con el dibujillo de la chocolatina del maestro. El iracundo humano estalla, esparciendo por el aire una vasta sarta de groserías e improperios que hacen que dos hojas del árbol de caucho se desprendan de las ramas. Entre las pocas cosas inteligibles, le escuchamos decir:

-Ustedes, esos que se creen más que los demás, son malos. Tan malos como el infierno, como el color negro, como la tristeza, como no ver televisión, como no usar ropa rosada, como esconderse del sol, como adorar a la lluvia, como no sonreír y siempre llorar. Ustedes, partida de...

...Y, bueno. Dejamos que aquel personajillo de poca monta se aleje por uno de los senderos artificiales, hasta que su voz se diluye entre los pitos de los buses y los gritos de otros vendedores del corte de él.

El maestro no puede de la risa. Se toma del estómago para no orinarse sentado. Cúmulos de lágrimas se agolpan en sus ojos y se riegan por el rostro, cayendo al suelo adoquinado. Después de sorber mocos y limpiarse la cara con la manga de su chaqueta, pretendía encontrar la misma disposición en su alumna, pero ella estaba contrahecha, pasmada y más pálida que de costumbre. Al ver tan preocupante gesto, el maestro se dispuso a entrar en conversación con ella.

-¿Por que tan aturdida?
-¿Es cierto todo lo que dijo el humano, maestro?
-¿Qué parte de todo?
- Que uno es malo por vestirse de negro, o por no sonreír, o por no ver televisión. ¡Por todo eso!

Un mayor reguero de fluidos emanó del maestro.
Pasados un par de minutos, el maestro se repone de su patética condición y se presta a dar pronta explicación a su atribulada alumna.

-No todo lo que los humanos consideran bueno, es bueno. Así mismo pasa con lo malo. Para ellos hay cosas a las que llaman o consideran buenas, tales como ser ocioso, ver televisión indiscriminadamente los fines de semana riendo con programas de paupérrima calidad, pegarle a los hijos para educarlos, no pegarle a los hijos, tener sexo sin importar el orgasmo ajeno, robar a escondidas, arrancar flores del jardín para regalarlas con amor, vestirse de colores claros o cálidos aun a sabiendas que al pisar la puerta de salida ya van a tener dos o tres manchas y que lanzarán un insulto al cielo que nada tiene que ver con eso tan humano que es la mugre -porque bien lo dice el sabio K., "todo lo que tiene que ver con la mierda es un problema teológico y muy humano"-. Así, ellos, pobrecitos, afirman que es malo vestirse de negro, estar triste, llorar, mear fuera del inodoro, cortarse un dedo con un cuchillo, cortarse las venas y sobrevivir, suicidarse, sacarse los mocos y dejarlos pegados debajo de la silla -aunque, bueno, no te niego que es un acto un poco de mal gusto de los humanos-, gritarle a los padres así se tenga la razón, ignorar a los padres así se tenga la razón, robar por necesidad -aunque la necesidad tiene mil rostros-, tener el pie plano, tener sexo con alguien del mismo sexo, desear la mujer del prójimo cuando la mujer no desea al prójimo, ignorar al sol y dejarse en manos de la oscuridad, sentarse en un parque y rajar de aquellos que para concepto propio son banales insulsos fútiles masificados vacíos. Así que lo que tienes que hacer, mi ajuiciada alumna, es decidir por tí misma que es lo bueno y lo malo según lo que te dicte tu conciencia, tu corazón y tu bolsillo. No dejes de ser como eres, vístete como quieras, come lo que quieras, corre mientras te desnudas en la calle o si quieres quédate sentada mientras te comes ese ponqué, o por que no, si usas el transporte público le puedes explicar a tu compañero de silla el porqué debe de lavarse los dientes tres veces al día y que se deje de masturbar tres veces al día.
-Gracias, maestro. Hoy me voy más tranquila a recorrer las calles de esta caótica ciudad. Hoy tendré menos miedo cuando me tope contra uno de esos humanos bizarros. Maestro, gracias por el dibujito. Lo voy a echar en la maleta y ahí lo voy a llevar.
-Disfrútalo mientras dure.

Aún no es mediodía. La brisa se hace más intensa. La luenga cabellera, tanto del maestro como de la alumna, se baten en duelo por la conquista del aire que circula alrededor de ellos. Como siempre, gana la de ella.

-Hasta luego, maestro Pusilánime.

Texto agregado el 22-03-2006, y leído por 48 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2006-04-02 06:55:20 voy por el cuarto... (buenas enseñanzas las del maestro ;) ) devora_letra s
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]