-El impulso que le hace a usted volar es nuestro patrimonio humano, que todos
poseemos. Es el sentimiento de unión con las raíces de toda fuerza. Pero pronto nos
asalta el miedo. ¡Es tan peligroso! Por eso la mayoría renuncia gustosamente a volar y
prefiere caminar de la mano de los preceptos legales o por la acera. Usted no. Usted
sigue volando, como debe ser. Y entonces descubre lo maravilloso; descubre que
lentamente se hace dueño de la situación, que a la gran fuerza general que le arrastra
corresponde una pequeña fuerza propia, un órgano, un timón. ¡Esto es estupendo! Sin
él, uno se perdería sin voluntad por los aires, como hacen por ejemplo los locos. Los
locos tienen unas intuiciones más profundas que la gente de la acera, pero no tienen la
clave ni el timón y se despeñan en el abismo. Usted, sin embargo, Sinclair, logra
bandearse. ¿Y cómo? ¿No lo sabe acaso? Lo hace con un nuevo órgano, con un
regulador de la respiración.
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-Me ha dicho usted que le gusta la música porque no es moral. De acuerdo.
¡Entonces, no tiene usted que empeñarse en ser moralista! No debe compararse con los
demás; y si la naturaleza le ha creado como murciélago, no pretenda ser un avestruz. A
veces se considera raro, se acusa de andar por otros caminos que la mayoría. Eso tiene
que olvidarlo. Mire al fuego, observe las nubes; y cuando surjan los presagios y
comiencen a hablar las voces de su alma, entréguese usted a ellas sin preguntarse
primero si le parece bien o le gusta al señor profesor, al señor padre o a no sé qué buen
Dios. Así uno se estropea, desciende a la acera y se convierte en fósil. Querido Sinclair,
nuestro dios se llama Abraxas, y es dios y diablo; abarca el mundo oscuro y el claro.
Abraxas no tiene nada que objetar a ninguno de sus pensamientos, a ninguno de sus
sueños. No lo olvide. Le abandonará el día en que sea normal e intachable.
Le olvidará y se buscará una nueva olla donde cocer sus ideas. El extraño
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-Muchacho -dijo con vehemencia-, también usted celebra misterios. Sé que tiene
usted sueños de los que nada me dice. No los quiero conocer. Pero le digo una cosa:
¡vívalos todos, viva esos sueños, eríjales altares! No es lo perfecto, pero es un camino.
Ya se verá si nosotros, usted y yo y algunos más, somos capaces de renovar el mundo.
Pero debemos renovarlo en nosotros mismos, día a día; si no, nada valemos. ¡ Piense en
ello! Usted tiene dieciocho años, Sinclair, y no corre detrás de las prostitutas; usted
debe tener sueños de amor, deseos de amor. Quizá son de tal especie que le asustan.
¡No los tema! ¡Son lo mejor que posee! Créame. Yo he perdido mucho por haber
amordazado mis sueños cuando tenía su edad. Eso no debe hacerse. Cuando se conoce
a Abraxas, ya no se debe hacer. No hay que temer rada ni creer ilícito nada de lo que
nos pide el alma.
Asustado, objeté:
-¡Pero no se puede hacer todo lo que a uno le apetece! ¡No se puede matar a un
hombre porque a uno le resulta desagradable!
Se acercó más a mí:
-En determinadas circunstancias se puede hasta eso. Pero la mayoría de las veces se
trata de un error. Yo no digo que usted haga todo lo que le pase por su mente. No. Pero
tampoco debe usted envenenar las ideas, reprimiéndolas y moralizando en torno a ellas,
porque tienen su sentido. En vez de clavarse a sí mismo o a otro en una cruz, se puede
beber vino de una copa con pensamientos elevados, pensando en el misterio del
sacrificio. Se puede también, sin estas ceremonias, tratar los propios instintos, las
llamadas tentaciones de la carne, con amor y respeto; entonces nos descubren su
sentido porque todas tienen sentido. Cuando se le vuelva a ocurrir algo muy aberrante o
pecaminoso, Sinclair, cuando desee de pronto matar a alguien o cometer no sé qué
monstruosidad inconmensurable, piense un momento que es Abraxas el que está
fantaseando en su interior. El hombre a quien quiere matar nunca es fulano o mengano;
seguramente es sólo un disfraz. Cuando odiamos a un hombre, odiamos en su imagen
algo que se encuentra en nosotros mismos. Lo que no está dentro de nosotros mismos
no nos inquieta.
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