Bienaventurados los que hablan solos...
Cuando la conocí supe que aquel tipo no era para ella, pero no dije nada.
Nunca digo nada cuando debo. Sin embargo, casi siempre soy inoportuno cuando trato de ser gracioso. Vi que se parecía a Maribel Verdú y le dije:
-¿Sabes que la Verdú se te parece?
Ella me miró sin verme, me sonrió y creo que me contestó con un "ya será menos" que quería decir que pasaba de mi.
Trabajamos juntos durante dos años, mes más, mes menos y apenas hablamos de otra cosa que no fuera del trabajo. Cada tarde, el tipo aquel aparcaba en la puerta su Audi TT de color negro y esperaba dentro a que ella saliera. Nunca, que yo recuerde, porque yo les espiaba desde arriba, él le abrió la puerta o le regaló una sonrisa y mucho menos flores. Yo si que lo habría hecho si ella me hubiera dado la ocasión. Luego, cuando desaparecían, bajaba yo.
Quizá me daba vergüenza que ella me viera montar en el Seat Ibiza blanco que más de una vez me había dejado tirado, obligándome a caminar un kilómetro hasta la boca de metro más cercana, que un sueldo como el mío no puede permitirse un taxi.
Cuando ella abandonó la empresa creí que había desaparecido de mi vida para siempre. Así se lo dije al espejo, testigo de tantos monólogos nocturnos sobre ella, de tantas noches buscando la palabra precisa que decirle, la sonrisa perfecta que, luego, siempre posponía para un mañana que nunca llegó. Hasta aquella tarde que fui de compras al nuevo centro comercial y me quedé a cenar en un restaurante de "pan y compañía"
Fué al depositar la bandeja sobre la mesa cuando la vi. Al principio no la reconocí. Había adelgazado y se había hecho algo en el pelo. Pero lo que llamó mi atención fue que, siendo de noche, usara gafas negras. Un instante después, un movimiento suyo al coger el bolso, puso su nombre en mis labios. Me acerqué.
-¿Silvia?
Cuando la conocí supe que aquel tipo no era para ella. Si se lo hubiese dicho, tal vez él no la habría maltratado.
Yo sufrí amándola ante un espejo harto de verme hablando solo. Pero ella sufrió más al entregarse al hombre equivocado.
Ahora he decidido escribir lo que callé. Ahora que sigo solo. Ahora que sigo hablando solo. Ahora que ella ha vuelto con él, aceptando la promesa de que no la volverá a maltratar.
Yo no le creo.
...porque nunca nadie les quitará la razón.
© Blas León |