1
Yo no soñaba, no soñaba nunca, pero hoy sí lo hice. Soñé que estaba tirada, boca abajo, inmóvil, mi cara tocaba el suelo, y una pared blanca, o que alguna vez fue blanca me miraba, pero ella no estaba inmóvil, se doblaba o se hundía, penetrándose a si misma en un agujero pequeño que parecía no tener fondo, como si la pared que alguna vez fue blanca se absorbiera en su centro, y se filtrara para luego volver igual de sucia y continuar su proceso. Termino por marearme y me volteé.
Amanecí y la mañana de ese día transcurrió de una forma inusual, casi bizarra. Era sábado, o al menos eso parecía, porque el sol pegaba brusco y de frente, y esos soles sólo los tiene un sábado, y no tuve que hacer más que ponerme unos jeans, una camiseta y salir para disfrutar el día. México es una ciudad dispar y resulta casi irritante la obviedad con la que se exhibe. Con sólo recorrer unos metros puedes repasar de ojo todas las clases sociales que lo integran, reconocer la gente que habita en la colonia, y así, multiplicando por diez millones, darse una vaga idea del conjunto. Caminé mucho tiempo, empezando por formar un ocho inmenso, para luego ir recortando la distancia con esa misma ruta y terminar de vuelta en mi casa. Antes, compré un helado de tres colores, me senté en una banca y miré durante un rato el río lento pero incesante de carros que desfilaban. A mi lado un señor se empeñaba en contestar el crucigrama de un periódico. -Palabra de ocho letras, instinto de destrucción - me preguntó, haciendo una mueca como de sonrisa agria, y mirándome atrás de los ojos: No lo sé, respondí, aunque sí lo sabía, y él, como si notara la mentira, maldijo algo entre dientes y escupió a un costado. Me levanté de inmediato, viejo imbécil, pensé, y caminé con desgano un par de cuadras hasta llegar a la casa, una casa que no era mía, pero que parecía serlo, o que era mía pero no lo parecía. El punto es que me sentí extraña, incomoda, aunque de pronto, la sensación cambio, porque en las escaleras de la entrada estaba el señor del crucigrama, sentado de pies juntillas, viendo el periódico, y yo me volteé rápidamente, como queriendo averiguar por donde vino, cómo llegó antes que yo, y cuando alzó la vista no dije nada, sólo sentí que me dio un calambre en el dedo, como si mi dedo tuviera una vida paralela, y estuviera muriendo, con espasmos dolorosos, en ese mismo momento. Temía que volviese a preguntar, palabra de ocho letras, pero al mirarlo él tampoco dijo nada. Pasé a un lado de él, con la mitad del cuerpo erizado fingiendo ignorarlo, pero dicen que los perros huelen a miedo, y él tenia una semejanza asombrosa. Entré a mi casa, puse la doble chapa y arrojé contra un lienzo nuevo los restos de mi helado .Llamé a mamá para contarle. Llamé papá para contarle. Me sentí más tranquila cuando escuche llegar a mi vecino, porque, pensando fatídicamente, al menos habría testigos .Más tarde, noté que en el lienzo se había formado un rostro humano, con la mandíbula abierta, que parecía gritar inconsolablemente, y solo uno de los colores del helado, el rojo, se había escurrido, y formaba un charquito en el piso.
2
Volví a soñar. Increíble, dos días consecutivos. Soñé que estaba en un cuarto, sola, y que otra vez no me podía mover. En el cuarto no había casi nada, y esto yo lo sabía porque aunque no me podía mover, mi vista recorría cada esquina de la habitación, como cuando realizas un chequeo mental de algo que ya conoces, vaya, tu casa por ejemplo. Así, podía concebir cada rincón del cuarto, como si fuese mió, como si hubiera vivido ahí algún tiempo. No había nada, excepto un colchón amarillo, una cubeta y algunas basuras. Creía que me encontraba sola, sin embargo, al cuarto llegaba el rumor de algún sonido, un susurro apenas audible que parecía provenir de una radio, y el eco tenue de una voz humana que hablaba consigo misma o por teléfono. Alguien abrió la puerta del cuarto y depositó algo en la cubeta. En ese momento, mi sueño se intensificó, sentía la humedad en mis piernas, el olor, el único olor que se percibe del miedo,
Cuando desperté, tal vez por el alivio de regresar a la realidad, por liberarme de algunas imágenes, me encontraba calmada. Me revisé con las palmas, no estaba orinada, y respiré tan frió y tan hondo como pude. Algo raro, era domingo creo, pero el día no pintaba bien. El cielo se estrellaba rosado en la ventana y una bruma lo envolvía todo. Hubiese sido bueno haberme levantado, tomado el pincel y la paleta, esbozar un barquito e inundarlo de ese cielo esplendido que se asomaba, pero no lo hice.
3
Ya no quiero soñar. Mi sueño se repite. No el sueño en si, porque han sido diferentes, pero sí el lugar donde ocurren (el mismo escenario, como si se rodara una película y existiera un escenario).
Desperté con los ojos llorosos, y no quise recordar porqué. Estaba oscuro, no sabía con precisión que día era. Tal vez dormí mucho, brincando días enteros, y me había levantado una noche ajena, o tal vez fuese la madrugada del día próximo. Si fue lunes (nunca lo supe), falté al trabajo. Salté del sofá, abrí la ventana y pensé en salir a caminar. No lo hice. Quedé pasmada. Había muchas personas caminando juntas, en una procesión infinita, y todas andaban con paso lánguido, con velas en mano, formando un látigo punteado que se extendía por las calles. En el aire se escuchaba un arrullo pesaroso, como si la misma noche participara en la marcha, o si el flujo luminoso lo emitiese. Ninguna boca parecía producirlo. Al frente de la fila, un grupo apartado cargaba una caja blanca. Cuando miré otra vez ya no estaba. Corrí por teléfono. Tenía que hablar de algo, con alguien. Marqué a mamá, pero nadie contestaba. Intenté marcar por segunda vez, pero los números no estaban, luego desapareció el teléfono, mi mano, y más tarde, yo.
4.
Podría jurar que mi sueño es real, por absurdo o contradictorio que resulte. Sentía el ardor en las muñecas, en mi codo derecho, la punzada intermitente en la mano, específicamente donde estuvo mi dedo, el desgarre entre mis piernas. Ahora, en cambio, tenía los pies desatados, y pensé en moverme. Sólo lo pensé. El dolor paralizaba todos los miembros. No había comido, no recordaba haberlo hecho. Intenté arrastrarme hacia la cubeta. No pude. En ese momento volvió a abrirse la puerta. Ya conocía esa sonrisa agria. Escupió a un costado, y preguntó lo mismo que preguntaba todos los días: palabra de ocho letras... No contesté. Se acercó. Dolor.
Yo no soñaba, yo nunca sueño.
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