La tarde es la mejor hora para salir un sábado, caminar por los poco espaciosos andenes de la ciudad, fumarse un cigarro y sentarse en un banco de uno de los parques céntricos. El Maestro lo sabe muy bien. Hoy es sábado y, aunque al salir de su vivienda no tenía muy claro hacia dónde se dirigía, un instinto de conservación primario lo condujo hasta el parque del reloj. Es un inmenso jardín adosado a los cerros orientales, construido hace ya varias décadas, con una gran carga emblemática para los habitantes de la cuidad. Para darle un toque cosmopólita, la colonia suiza residente donó -efectivamente- un reloj. Es una columna cúbica de un par de metros de altura hecha en piedra, sosteniendo en sus cuatro caras la hora, al parecer, local. Al maestro le gusta sentarse en una de las bancas que están situadas alrededor del reloj y contemplar el suave deslizarse de las manecillas. Mientras le da tres caladas a otro cigarro, su mente se pierde en el interior del minutero, sintiendo como si a cada minuto ese puntero desplazara algo en su ser interior; el minutero barre los recuerdos antiguos hacia el foso del olvido y trae los nuevos recuerdos, muchos de ellos que no quieren ser recordados.
Un leve cosquilleo en su pierna derecha lo saca abruptamente de reflexiones barnizadas con el manto de la melancolía. Es el aparato posmoderno.
-Maestro, ¿lo interrumpí?
-No, mi apreciada alumna. ¿Cómo estás? ¿Por dónde andas?
-Ay maestro, pues imagínese que hoy tuve un agarrón con mi madre de esos que ya le he comentado, con botada de platos y pocillos, y pues, me metió una cachetada y hoy me dijo que no vería la luz del sol.
-Menos mal no está haciendo sol. No te pierdes de mucho
-Jajaja. Maestro, usted siempre con esos comentarios que me alegran en mis peores momentos.
-Para eso es que estoy
-¿Sabe qué es lo que pasa maestro? No se cuándo me vuelvan a dejar salir, porque mi madre está de un genio insoportable.
-No le des importancia al tiempo. Si han de transcurrir uno o seis o veinte días, pues que así sea. Tu ya sabes cómo ubicarme, así me esté escondiendo en el baño. No te preocupes, no estoy en el baño. Estoy en el parque del reloj, contemplando cómo el tiempo pierde su trascendente significado cuando el alma se libera, y cómo el tiempo adquiere un peso plomizo cuando la ansiedad y los eventos desafortunados arriban a nuestras vidas. Así que, querida alumna, quítale peso y tiza a tu problema. Desconéctate el tiempo que creas necesario, inmérsate en tu mundo interior, navega por los mares que te llenen de tranquilidad y deja que el tiempo haga su laborioso trabajo que, cuando estas manecillas pasen miles de veces por la misma posición, el mundo habrá cambiado, se habrá transformado y podremos volver a hacer lo que siempre hacemos.
-¿Y qué es lo que siempre hacemos, maestro?
-Tratar de perder el tiempo.
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