Pablito se moría. Eso al menos se decía por el pueblo de Albalate y, se añadía, que si no sucedía milagro, la criatura, no lo contaría. Llevaba tiempo con calentura y para bajarla, se le aplicaban de forma intermitente paños fríos mojados en agua y se le sumergía en un balde que lo refrescaba. Al mismo tiempo se le administraban sedativos y otros distintos remedios. Se quejaba con angustia y a veces gritaba de dolor, alegando que tenía desazones y que le punzaban las tripas sintiendo retortijones. Presentaba lengua sucia, sudaba copiosamente y tenía lastimado el tragadero. También resistía espantosas, profusas y agudas jaquecas. Añadir, por último, que el joven apenas si comía.
En primera instancia, para atajar estas zozobras, la madre del zagal llamó a una vecina del pueblo, que sin ser curandera, sí poseía fama, bien ganada, de acabar con ciertos padecimientos acaecidos a personas y también a animales; pero, sobre todo, era muy experta, cuando de adolescentes se trataba.
La mujer acudió solícita tan pronto como fue llamada. Como siempre que era requerida, llevó preparado un ungüento, que hacía con alcohol, al que mezclaba esencia de tomillo y espliego, una pizca de albahaca y una brizna de romero. Añadía otros condimentos a la pócima, que de ningún modo revelaba, pues decía que el cocimiento era secreto heredado de una tatarabuela y que si divulgaba la fórmula, el elixir podría perder sus bondades.
Al llegar, aplicó con ambas manos el bálsamo en la panza del mozalbete y la friccionó, con exquisita delicadeza. Presionó allí y allá y movió los dedos con tal flexibilidad y precisión, que parecía que trataba de desliar las tripas del muchacho.
La buena señora apuntaba que el caso era semejante a lo que, en ocasiones, le pasaba a las ovejas y caballerías. Que era como un torozón y que con dos o tres manos de friegas profundas, la dolencia desaparecía, que a muchos jovenzuelos y a no pocos borregos, potros y burros había quitado ella el padecimiento con esos quehaceres.
Pero en esta ocasión el sortilegio del curativo no remediaba, pues el tiempo pasaba y el enfermo empeoraba.
La familia, preocupada, tuvo que apelar a otro recurso.
Llamaron al médico de zona y éste, tras explorar profusamente al doliente, lo sometió a los tratamientos que consideró más adecuados.
Se le ponían cataplasmas y sinapismos que el propio doctor había encargado a la botica y se le sometía a lavativas, toma de tisanas y otros bebedizos.
El clínico no quitaba ojo del aquejado y notaba cómo no solo no respondía al tratamiento, sino que a simple vista se percibía, que iba de mal en peor. La cara del zagal estaba pálida, sus labios se enturbiaban, su boca ya no hablaba, sus ojos no veían y los oídos del chaval ya no escuchaban.
Se agravaba por momentos. El médico consideró preciso deliberar con colegas cercanos para cambiar impresiones e intentar hallar un lenitivo, capaz de hacer vencer los malos augurios que llegaban.
Pero ninguno de los expertos demostraba estar capacitado, para atajar la extraña enfermedad.
Incluso un acreditado facultativo llegó desde la capital de Cuenca. La familia del muchacho, entroncada de forma lejana con el eminente cirujano, imploró su presencia y el galeno dejó otros deberes y se dispuso a acudir, sin hacerse rogar en demasía. Estaría junto al joven el tiempo necesario, para poder estudiar el caso con rigor y tratar de darle solución.
El hombre llegó en carretón tirado por caballos y el camino se alargó más de siete horas. LLegado al pueblo, habilitó lo necesario y, sin apenas descansar, se dispuso a averiguar el origen de la angustia del adolescente.
Estudió con sus correligionarios el caso de forma profusa y fueron muchas las noches en que médicos y madre resistieron, juntos y en vela, al lado del joven esperando reacciones favorables.
Los galenos, que se habían reunido en sesión extraordinaria, llamaron a la familia y dejaron entrever no saber lo que el joven padecía. Indicaron que era un mal turbador e insólito. Se habían prescrito las mejores medicinas, se aplicaron los mejores alivios y se realizaron toda prueba y exploraciones posibles sin que ningún tratamiento o ensayo definiera diagnóstico alguno.
Todos los doctores se pusieron de acuerdo para certificar que la ciencia no daba para más. Cruzaron los brazos, miraron al cielo y dieron a entender que solo un milagro podría salvar al mozalbete.
A resultas del cariz de los acontecimientos, el patriarca de la casa, abuelo del muchacho, reunió a la familia y, por consenso unánime, se tomó el acuerdo de que, a partir de ese momento, se le suprimía todo potingue, brebaje o medicación.
Igualmente por su boca no pasaría nada más que caldo de gallina y leche de cabra y, cuando mejorase, manjares más sólidos.
Como eran familia cristiana realzaron los rezos intentando, de esta forma, encontrar la salud que aquella casa demandaba.
Se hicieron ofrecimientos y votos. El abuelo prometió que si el zagal se ponía bien, caminaría descalzo hasta el Santo Cristo de Priego y la madre ofreció un rollo para San Blas y pan de caridad a Santa Quiteria. Adeudos semejantes adquirieron padre y hermana y por las noches rezaban el Santísimo Rosario y proclamaban que aquellas prácticas serían usuales en la casa, si el muchacho se salvaba.
Sea por lo que fuese, el destino quiso que el joven mejorase de forma suave y paulatina. En pocas semanas, el zagal tomaba alimentos de forma habitual, tenía ganas de hablar y aseguraba tener menos dolores.
El abuelo, que pasaba incontables momentos junto al joven, platicaba con él y en su ansia de verlo bueno, continuamente le preguntaba, si se encontraba mejor.
Aquel día, como otros, hablaba con su nieto.
-Pablito, ¿estás hoy mejor que ayer?
-Sí, abuelo, un poco mejor.
-Y, ¿te notas un poco más fuerte?
-Sí. Un poco más fuerte, abuelo. Un poco más fuerte.
-Pero, Pablito, dime una cosa. ¿Se te pone dura ya?
-Sí, abuelo, sí. Ya se me pone dura.
Al oír la contestación del mozalbete, el abuelo se estiró, esbozó una sonrisa, se quitó la boina y la lanzó al aire, levantó los brazos al cielo y gritó más que habló:
-Pues entonces ya no te mueres, Pablito. Entonces, ya no te mueres.
Aquel hogar olía a cera, incienso y oración y se loaba a Dios, no por fundamento de que a Pablito se le hubiera puesto dura, cosa normal en varón de dieciséis años, sino porque allí estaba el muchacho que, no mucho antes, ya daban por muerto.
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