Por un momento Isabel sintió una oleada desconocida que recorría su cuerpo como trazos de pintura congelada. Dudó o creyó dudar de lo que estaba haciendo. Su vida corría ahora por vías paralelas, ambas de escape y las dos tan reales como irreales. Se deleitó pensando que lo que estaba a punto de concretar significaría, que duda cabría en el futuro, una conquista irrenunciable para cualquier mujer que simulase tener cojones.
¿Era ella o su otra ella la que con quijotesca actitud asumía el desafío de voltearse al hombre que días atrás la violaba con sadismo?. Con sadismo, es cierto, pero con exquisito erotismo como fondo de pantalla. Una fantasía erótica, sexual, capaz de llevar al paroxismo más absoluto a quien, como mujer, despojando al hecho de sus ropajes morales, de su ético maquillaje, lo disfrutara a concho, a mil por hora, sabiendo que era una experiencia de vorágine irrepetible, como saltar al vacío sin saber si el elástico resistiría tanta adrenalina.
|