Para María, que siempre es la primera en encontrarme (feliz año nuevo).
Todo lo que es ahora,
todo lo que ya se fue,
todo lo que está por venir,
y todo lo que está bajo el sol es armonía,
pero el sol es eclipsado por la luna.
(Eclipse, Pink Floyd)
Estacioné el auto en el viejo mirador, el lugar más romántico de la tierra, aquel al que por tradición popular acuden las parejas a consumar su amor. Es ahí donde te bajaría primero la luna y las estrellas; y después… los calzones.
– Qué bonita se ve la luna desde aquí.
– Si, por eso te traje hasta acá, a ti te encanta la luna, ¿no?
– Si, me encanta, la luna tiene algo de especial, ha sido mi compañera en mis noches de soledad, ella sabe todos mis secretos.
– Secretos que no me vas a contar a mí.
– Claro que no… ¿te sabes la leyenda del conejo en la luna?
– Si me la sé, pero yo no veo el conejo por ningún lado, más bien se ve como sudamérica pero al revés.
– Cada quien ve lo que quiere ver.
Y mientras tú veías en ella a tu inseparable amiga con cara de conejo, yo solo le veía esa redondez y la comparaba con la redondez de tus nalgas (comparación en la que por cierto, la pobre luna queda en desventaja).
– Yo cuando nací tenía a la luna en Géminis.
– ¿Y eso es bueno?
– Muy bueno, significa que en la vida tendré suerte en el amor.
– ¿Tu crees que sea cierto?
– Quiero creer que si, ¿Tu no crees en los horóscopos?
– Bueno, el de ayer en el periódico decía algo así como que, aunque me siento a gusto en mi trabajo, hay algo que me impide avanzar.
– ¿Y?
– Que ni siquiera tengo trabajo.
– Jaja, supongo que a veces hasta los astros se equivocan.
En ese momento me dieron ganas de llamar a la línea astrológica, con la esperanza de escuchar a Walter Mercado decir que la luna llena en una noche de viernes resultaba propicia para que los piscianos tuvieran una noche de pasión, no era demasiado pedirle a los astros.
– ¿Crees que en realidad alguien haya caminado alguna vez en la luna?
– No creo, esa fue pura publicidad de los gringos.
– Sería maravilloso poder caminar en la luna, explorarla un poco.
– A mi lo que me gustaría explorar son estos lunares que tienes en la espalda.
– Jaja, estás loco.
– Loco, pero por ti.
– Eso me da la razón, eres un lunático.
– El lunático está en mi cabeza, cultivaste la hoja, hiciste el cambio en mi, me reacomodaste hasta estar cuerdo, cerraste la puerta y arrojaste la llave, hay alguien en mi cabeza pero no soy yo.
– Qué bonito, ¿de quien es?
– De Pink Floyd.
Por fin escuchar una y otra vez el lado oscuro de la luna había empezado a dar frutos. Y ahora que la tengo donde la quería tener es momento de atacar, de utilizar mi arma secreta, de dar el golpe final.
–Tengo algo más qué decirte.
–Dime.
–Pon una hoja de la luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver... Lleva siempre un frasquito del aire de la luna para cuando te ahogues, y dale la llave de la luna a los presos y a los desencantados… Para los condenados a muerte y para los condenados a vida, no hay mejor estimulante que la luna en dosis precisas y controladas.
–¡Sabines!, me encanta Sabines.
–Yo lo sé.
–Pero más me encantas tú.
Hicimos el amor con la luna de testigo, un secreto más que nos tendría que guardar. La luna sabe demasiado de ti y de mí. Al final, los dos buscábamos lo mismo, tú a tu manera y yo a la mía, buscábamos amarnos.
–¿Me amas?
–Si.
–¿Cuánto?
–De aquí a la luna… y de regreso. |