Desde muy temprano en clases, nadie se sentaba en primera fila, con ese francés que se les había ocurrido traer de profesor a la Universidad, la primera fila era prohibitiva.
Algunos bostezaban, otros simplemente dormitaban, y la mayoría daría cualquier cosa, por un pancito batido calientito, recién salido del horno, de la panadería que quedaba cerquita.
En eso tiempos, los de Allende, había escasez de todo, si querías comer, había que hacer colas interminables, y a veces amanecerse en una cola, esperando que abrieran para conseguir comida.
Así que si imaginas que, eran las 10 de la mañana y el francés no terminaba de explicar su teorema, mi estómago ya no crujía, bramaba de hambre. Al fin, el francés, que para mí, estaba en las misma, ponía fin a su clase, y salíamos en estampida, para hacer la cola, y al fin tener un kilo de ese pancito batido, recién salido y sin hacer tanta cola, porque en ese cerro de Valparaíso, si que habían panaderías.
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