Nací una tarde de primavera en el seno de una familia humilde, muy unida. Mi padre, el menor de doce hermanos, se casó y se fueron a vivir a casa de los abuelos. El narraba con orgullo cómo había construido aquella casa con sus propias manos. Los techos eran altos de madera, tenía muchas habitaciones, tanto yo como mis cinco hermanos teníamos nuestra propia habitación. Un pasillo enorme en forma de cuadrado daba acceso por cuatro lados a un patio interior lleno de plantas que la abuela se encargaba de cuidar con esmero cada día. Alrededor, diez columnas por cada lado unidas entre si en forma de arcos. Eran tiempos felices pero todo cambió. Contaba veinte años de edad cuando tuve que tomar una de las decisiones más duras de mi vida.
-Muchacho, ponte en esta fila de aquí, van a nombrar a los que embarcarán mañana de madrugada.
-Gracias por avisarme amigo. Mi nombre es Ngombi.
-De nada. Yo soy Kogiri, y ella es Marimba-dijo-señalando a una joven que estaba a escasos metros.
Un hombre entró en la carpa y todos nos inquietamos un poco.
-¡En fila de uno!- gritó con fuerza- Estén todos atentos pues no repetiré el nombre más que una sola vez.
El primero a quien llamó fue a Kogiri, ya hubo nombrado a doce más cuando dijo el nombre de Marimba. Así prosiguió hasta que llegó al mío, el último nombre que pronunció.
Treinta habíamos sido los “elegidos”. Debíamos dormir un par de horas en aquella carpa hasta que llegara el momento de zarpar.
Estaba demasiado nervioso para dormir y comprobé que Kogiri tampoco lo hacía, en cambio Marimba permanecía acostada a su lado, con los ojos cerrados.
Ella era una joven muy guapa, mulata, delgada, de enormes rastas y cara de ángel. Kogiri era extremadamente alto y delgado, muy moreno de profundos ojos negros y espeso bigote.
Me acerqué y me senté a su lado.
-Veo que tú tampoco puedes dormir-le dije-
-No puedo, tengo muchas ideas en la cabeza que se amontonan y hacen daño.
-Añoras a tu familia ¿Verdad?
-Si, supongo que como tú y como muchos de los que aquí estamos.
-Yo soy del Congo (Mozambique)-le dije-
-Yo nací en Costa de Marfil. Soy el mayor de seis hermanos. Mi padre era ingeniero de caminos y yo estudiaba lo mismo. Mamá tenía mucho trabajo en casa, los pequeños le ayudaban. Sólo yo estudiaba y trabajaba fuera de casa para pagarme los estudios. Siempre se me dio muy bien el atletismo, también competía por los primeros puestos y obtuve más de una medalla. Pero aunque nací y me crié en Costa de Marfil, mi familia y yo nos trasladamos a Liberia hace ahora dos años.
-De donde la guerrilla-respondí-
-Si- contrestó con amargura-.
-A Marimba la encontré llorando en una zanja, desnuda y mal herida, la noche más triste de mi vida. Mi familia dormía cuando la guerrilla saqueó la casa, mataron a todos mis hermanos y también a mis padres. Perdí el autobús porque aquel día competí hasta muy tarde y celebramos la victoria de mi equipo, al llegar a casa nadie me respondió y fui hasta las habitaciones. Allí estaban todos, las sábanas ensangrentadas. Sólo uno de mis hermanos yacía fuera de la habitación, en el pasillo, con un tiro en la espalda.
La batalla librada entre Liberia y Ruanda, se había cobrado la vida de decenas de miles de personas; hombres, mujeres, niños, ancianos. Todos masacrados, violados, horriblemente mutilados de forma indiscriminada.
Compartí con Kogiri la indignación por el comercio ilícito de armas y la pasividad de su Gobierno sobre este asunto.
-Lo siento mucho amigo.
Marimba no estaba dormida, tan sólo descansaba con lo ojos cerrados y al escuchar nuestra conversación se incorporó y se nos unió. A pesar de su buen aspecto físico sus ojos estaban llenos de debilidad y tristeza.
-También yo he sufrido mucho-nos dijo-. Como tantas otras mujeres de Liberia, he sido víctima de una violencia que se ve socialmente “aceptable”. Me separaron de mi familia se los llevaron a todos a la fuerza y no he sabido nada más de ellos. A veces me siento contrariada por el hecho de que no hayan venido a buscarme. Entonces es cuando pienso con lucidez y concluyo que han tenido que matarlos a todos. Mis padres eran jóvenes campesinos que trabajaban en el campo y no hacían daño a nadie. Yo tenía un hermano mayor que se dedicaba a la política, íbamos juntos a clase.
A nosotras, por el hecho de ser mujeres se nos niega todo derecho; civil, político, económico, social y cultural. Hemos callado durante mucho tiempo porque sufrimos en silencio la impunidad de estos abusos.
Nos han encasillado en la posición más débil y hemos sido víctimas de la violencia sexual.
Guardamos un breve silencio. A todos nos habían robado nuestras vidas, a Marimba además, le habían arrebatado su dignidad.
Los tres habíamos pedido ayuda oficial a los países vecinos, pero las restrictivas políticas de inmigración hacen que muchos emigrantes tengamos que recurrir a estos grupos delincuentes de contrabandistas. Es nuestra única opción.
-Tengo miedo-confesé-
-¿Y quién no? respondió Kogiri.
La realidad no nos era ajena a ninguno de los tres. Sabíamos que muchos compatriotas nuestros iniciaron el mismo sueño y habían fracasado, algunos morían en alta mar al poco de embarcar.
-Pero no podemos elegir-sentenció Marimba- Es un peligro más que debemos soportar. También sabemos que muchos de los que llegan al extranjero son deportados nuevamente a Africa- concluyó-
Un silbato nos avisaba de que había llegado la hora de embarcar. Mientras subía al barco pensaba en la pequeñísima probabilidad de que los tres llegásemos sanos y salvos a nuestro destino y tuviéramos éxito en cambiar el curso de nuestras vidas.
La barca era de color azul petróleo, pequeña, estaba en mal estado .La capacidad era para unas diez personas, en cambio triplicábamos la cantidad. Los cuerpos se rozaban unos con otros, el hueco exacto para respirar con facilidad, aunque eso después de dos días y tres noches era algo difícil por el hedor que desprendíamos. La suciedad por falta de aseo y las necesidades humanas que se volvieron comunitarias, hizo muy dura la travesía. Pero no era lo peor, no teníamos alimentos pues eran una sobrecarga inviable en aquella pequeña barca. Algunos mareaban con el oleaje vomitando la poca bilis que aún les quedaba, salpicando los troncos de madera de la embarcación y nuestras ropas. El instinto de supervivencia nos enseñó a superar todo eso.
Las noches eran especialmente frías y pasamos mucho miedo, tampoco podíamos descansar. Precisamente fue de noche cuando, ya muy cerca de la costa, los motores de una lancha se aproximaba. Una patrullera nos ordenó desembarcar.
Sin pensarlo dos veces saqué fuerzas de donde creí no tener y salté al mar. Tras de mi sonaba un eco, eran algunos compatriotas que me seguían. No miré hacia atrás, tan sólo braceé, me faltaba el aire y paré. Allí estuve hasta que amaneció y pude ver la playa a pocos metros de mi. Nadé con mis últimas fuerzas hasta que por fin pude ponerme en pie, el agua me llegaba a la cintura. Con rabia y resignación descubrí que los cuerpos de seguridad me estaban esperando en la orilla. Sentí el calor de mis lágrimas correr por las mejillas y unirse con el agua salada del mar. Lo que en aquellos momentos sentí es difícil de explicar. Me quedaba tan poco para conseguir mi sueño y nuevamente me lo arrebataban todo. Vacilé en volver hacia atrás pero era absurdo, no tenía escapatoria eran tan sólo cuestión de tiempo. Y mi cuerpo ya no resistía un minuto más, estaba exhausto.
Me quedé inmóvil, no opuse resistencia, entraron a buscarme y me llevaron a la orilla. Me calentaron con una manta que colocaron en mi espalda y hombros mientras me daban una taza con algo caliente.
A pocos metros de la orilla yacía un cuerpo inerte tapado con una especie de papel de aluminio dorado. El viento levantó una esquina, se trataba de Marimba.
-También ella saltó-pensé con tristeza-
Dos hombres vestidos de buzos salían del mar y vociferaban en su idioma. Supe que su misión era rescatar del mar los cuerpos sin vida de mis compañeros. Sacaban dos cadáveres, uno lo reconocí por la ropa, se había sentado delante de mi en la barca. El otro no tenía camisa y el pantalón se le había roto en la agonía. Giraron su cuerpo para acostarlo sobre la arena, entonces comprobé que era Kogiri.
Por lo que vi, yo había sido el único que huyendo había llegado a la orilla con vida.
A los nueve supervivientes, nos llevaron a un centro de acogida donde un traductor de idiomas nos comunicó la inminente repatriación, sería a la mañana siguiente. Nos indicó unas duchas donde poder asearnos, nos proporcionaron ropa seca y algo de abrigo y nos dieron de cenar.
-¿Puedo pedirle un último favor?-le pregunté al intérprete-
-Dígame.
-Tan sólo pido lápiz y papel. El camino de regreso es largo y estará muy vacío y desolado para mí. Tengo el puño cerrado con fuerza por tanto dolor, tanto sufrimiento y frustración, está lleno de impotencia y desesperación, latiendo por un corazón muerto y un alma malherida. Ahora que aún me quedan fuerzas para abrirlo, quiero decir en letras y sobre papel lo que mi voz y la de tantos africanos ya no pueden gritar.
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