El hornero era muy pobre. No obstante, la pareja y los hijos comían el pan que querían.
El trabajo del matrimonio era retribuido con tiernos panes redondos. Como en este hogar sobraba pan, a veces conseguían que alguien pagara con media alcuza de aceite, azumbre de vino, tazón de judías o pedazo de tocino. Otra pitanza o vianda era bien recibida y de esta guisa, en aquel hogar, se iba medio tirando.
A diario el hornero empuñaba de forma alternativa, el astil del pico y de la azada, desenterrando con estas herramientas sielvas espliegueras, cambrones, matojos, y aliagas.
La leña gorda estaba escasa y él no tenía olivos, ni almendros, ni chopos, ni nogueras. Tenía que rebuscar, esta maraña, en lindes, cerros y añojales y calentar el horno para que las mujeres de Albalate cocieran su pan.
Pero aquella broza poseía un bajo poder calorífico y se precisaba gran cantidad para quemar la hornilla.
Pasaba la vida en estos avíos y, con mucho trabajo y la ayuda de un burro, traía esta breña, que su mujer, la hornera, metía en la boca negra del horno, para así, cuando llegaran las mujeres, con las masas de harina fermentada, el horno ya estuviera a punto.
A veces, en las noches oscuras, acudía con su jumento campo a través, a la sierra de Cañamares, en viaje superior a dos horas. Allí, en el monte, con despojos de una limpia, cargaba el pollino con ramas de pino y chaparro, que hallaba en el suelo y que eran propiedad de nadie.
Lo hacía con zozobra y premura, recelando de supuestas sombras y de ruidos no producidos. Temía ser espiado y con desasosiego, acuciaba al burro en su regreso tratando de aligerar el paso. No quedaba tranquilo hasta divisar el pueblo y cuando por fin, ya amanecido, llegaba a La Rinconada. Y sosegado quedaba cuando descargaba y escondía aquella leña, fruto del sudor y del trabajo de toda una noche.
Lo hecho, estaba penalizado. Había tomado algo que no tenía dueño y que nadie aprovecharía, pero además, cosa buena, limpiaba el monte de ramas y prevenía incendios.
El hornero, que estaba lejos de ser leguleyo, no entendía en qué consistía el delito. Sí sabía, no obstante, que la guardia civil solía acechar y si lo cogían, tendría que pedir dinero prestado para pagar la denuncia, amén de los agravios por los que tendría que pasar. Incluso, pudiera ocurrir que a algún guardia se le fuera una mano y ésta fuera a estrellarse en su rostro.
El hornero trabajador tenaz, era en igual modo justo y bueno. Solía pensar que la España que le tocaba vivir era triste y oscura. Él sabía que en aquellos tiempos, menos pasar hambre, casi todo estaba prohibido y los pobres, triste paradoja, eran sometidos a severa vigilancia y celoso control.
Entonces el hornero rememoró el reciente caso, acaecido a su buen amigo Braulio, hombre bueno y cabal, casi indigente, que un mal día decidió que su hija y su mujer aquella noche cenarían algo más que pan y ensalada de cebolla.
Cargando en sus hombros unas alforjas, el bueno del tío Braulio, cruzó olivares, viñedos y lomas y de madrugada, se dejó caer en el vecino término municipal de La Frontera.
Llegado al monte, buscó encinas y carrascas y probó la dulzura de sus frutos.
Del árbol cuyas bellotas fueran más dulces, llenaría un talego, que este fruto crudo, o asado en las brasas del hogar, sería manjar de reyes para el paladar de su familia.
En esas estaba cuando, del otro lado de un barranco, oyó unas voces amenazadoras que le daban el alto.
Entre la espesura de árboles y matas, el buen hombre alcanzó a vislumbrar dos tricornios. Fue tal su azoramiento y temor, que por instinto dio unos pasos para atrás e inició la retirada. Quiso huir del laberinto pues como poco, la denuncia estaba asegurada y podría haber paliza.
Apenas había reculado cuando observó que, entre las hierbas y ramas del suelo, la tierra golpeada rebrincaba, a la vez que a sus oídos llegaba el bronco rugir de un fusil y el silbido de unas balas.
Fue tocado, cayó dando tumbos y paró en una zanja que estaba llena de zarzas. Notó que, aunque herido, todavía estaba vivo y con zozobra y dolor esperó la llegada de la ley que, si no lo remataba, quizá le ayudara a salir del hoyo en el que ahora se encontraba.
El infortunado pedía auxilio, decía estar herido y que era de Albalate, pero allí nadie acudía. Hizo un esfuerzo y trató de incorporarse.
Le dolía todo el cuerpo y sus manos y cara estaban cubiertas de arañazos. No era esto lo peor; que la metralla, había perforado su pie derecho y apenas podía mantenerse erguido. Sangraba en abundancia por la herida recibida, por lo que, como pudo, alcanzó las alforjas que estaban enredadas en la rama de un espino y sacó de las mismas una cuerda de esparto. Hizo con ella un torniquete por encima del desgarro y consiguió frenar la hemorragia.
El tiempo jugaba en su contra. Se sobrepuso, hizo un esfuerzo y salió del agujero buscando un camino en la esperanza de ser socorrido. Un palo le sirvió de cayado y en él apoyado, inició una marcha lenta y trabajosa. De vez en cuando lanzaba un silbido o gritaba, pidiendo socorro.
Quiso la providencia que la petición de ayuda fuera oída por el hornero, que junto al burro trabajaba como siempre en la búsqueda de leña. Estaba en la colina de enfrente y esto fue la salvación de Braulio.
El hornero acudió con presteza y se hizo cargo del herido. Llegados al pueblo, cundió el alboroto y en la puerta de la casa del herido se oyeron lamentos y lloros. La mujer del lesionado estaba desconsolada, se mesaba los cabellos y maldecía su suerte. Aseguraba que eran los más desgraciados del pueblo.
El médico dijo que la herida era muy grave y certificó que el aquejado sufriría serias secuelas del percance. En el informe que el galeno hizo llegar al Juzgado de Instrucción de Zona se hacía constar que la bala había astillado varios huesos del tobillo y segado el tendón de Aquiles del infortunado.
Y así fue como el inocente y bueno del tío Braulio anduvo cojo el resto de su vida.
Cuando llegó el caso a los guardias no se les exigió responsabilidad ni adeudo alguno. Manifestaron ante el juez que habían confundido a Braulio con un maqui republicano de la guerra civil.
Declararon que lo andaban buscando desde hacía tiempo por aquellos parajes y claro, como resulta que para acabar con los apestados rojos, la guardia civil tenía plena licencia, el juez los dejó libres de todo cargo. Que incluso fueron felicitados por sus mandos y propuestos para que el régimen franquista les concediera una medalla.
El hornero pensaba, que era dura la vida en casa de los pobres y que, con su amigo Braulio, enorme injusticia se había cometido. Al punto volvía de sus recuerdos y se alegraba, que hoy correspondía estar contento. La jornada de trabajo había sido rica y provechosa, pues con la leña de Cañamares, podría calentar el horno al menos cuatro días.
Así trascurría la vida del hornero, que no se quejaba en demasía ni echaba de menos grandes cosas. Si acaso, en los últimos tiempos, andaba receloso con su burro, pues se había vuelto un poco perezoso y su andar y poder habían menguado. En ocasiones, si el rucio iba muy cargado, se negaba a cruzar una pequeña acequia o a subir un zopetero.
Entonces el hornero usaba su fuerza. Se colocaba debajo del jumento y empujaba con sus hombros. Trataba de levantar a burro y carga, para así lograr traspasar aquel obstáculo. Y después de haberlo conseguido en la oreja del asno el hornero decía:
-Que te he dicho mil veces que a conocimiento me ganarás, pero a fuerza, no. -Y tras breve pausa le gritaba-: Acémila, que eres una acémila.
Y es que por la edad, las fuerzas del burro flaqueaban. Que el animal había sido bien tratado, y aunque cebada no había comido mucha, el pan no le faltaba, ni tampoco la hierba arrancada con sus belfos, mientras su amo desarraigaba el brezo y las aliagas.
El tiempo fue pasando y el hornero observaba que el borrico apenas si comía. Había adelgazado y solo algún trozo de pan le apetecía. La carga le pesaba y un paso cansino denotaba que estaba en el ocaso de su vida.
El burro murió y aseguran que al hornero, muy entristecido, se le había oído decir en más de una ocasión:
-Que mala suerte. Ahora que el burro había aprendido a no comer, va y se me muere.
Se sabe que el cura había logrado reunir, los novecientos reales que había costado el nuevo burro del hornero. Del obispado de Cuenca llegaron cien pesetas y el resto lo consiguió en una colecta.
El hornero vivía contento y orgulloso, pues nadie pudo decir que, por su culpa, la gente del pueblo de Albalate dejó de comer pan ni un solo día.
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