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Inicio / Cuenteros Locales / osabebu / Lola

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La muerte de Lola fue el ápice final de una cadena de circunstancias que venía tejiéndose. Algo elegido por Lucía, aceptado desde la resignación por Elena y comprendido desde la absoluta indeferencia por Violeta.

Por aquel tiempo mi visita era la única que recibía la casa. Cada dos o tres semanas llegaba con el protocolar ramo de flores para Elena y el estómago hambriento para disfrutar de los experimentos culinarios de Lucía, los cuales me valieron más de una pateadura al hígado alguna vez. Por aquel tiempo, la casa estaba casi siempre vacía, habitada apenas por la sigilosa presencia de Lola. Por aquel tiempo también Lucía tuvo la primera recaída en los ataques, que la llevaron a alejarse de todo aquello que conocía.

Aún recuerdo algún relato. Contaba Lucía que por las noches Elena recorría la casa a oscuras, cerciorándose del sueño reparador de cada una de sus hijas. Esa primera noche el grito desaforado de Elena la devolvió a la vigilia y a carrera desbocada, desde la incomprensión que nos regala la duermevela, fue a la cocina a ver qué sucedía. Allí estaba su madre, repitiendo: “Lola, ¡¿qué hacés ahí sola mi hija?!, me vas a matar del susto” y Lola volvía parsimoniosa de la profundidad oscura del patio a medianoche, se acercaba a la puerta de la cocina, pasaba a su lado y volvía a la habitación, catatónica, en pleno transe sonámbulo. Nadie sospechaba por aquellos días que Lola estaba anticipando la enfermedad que la mataría.
Ante la escena, Violeta practicaba el más profundo sueño, sin percatarse de nada, a diferencia de Lucía, quien respondía al mínimo sobresalto de su madre y todo era nada esta vez: solamente Lola y sus desvaríos que quebraban la rutina deseada por Elena. Eso al menos pensaba Lucía. Luego cada una volvía al sueño tranquilo, si es que eso se podía decir del sueño de Lucía.
Pobrecita, aún recuerdo la vez que pasé la noche en vela cuidándola. Hasta dormida repetía los mismos movimientos histéricos de la vigilia. Nunca entendí qué batallas se libraban en su cabeza. Sé que en algún momento amé hasta la obsesión su ímpetu y la fuerza de sus palabras en cada discusión de la Veda, antigua tertulia de Resistencia que reunía una manga de aprendices de intelectuales.

Aún recuerdo la primera vez que la vi. Era una fría tarde de invierno, inusual en tierra chaqueña y Lucía estaba allí, en la puerta de mi casa, sosteniendo con fuerza el afiche de invitación que yo mismo había diseñado y pegado por los pasillos de la facultad de Letras. Y como era de esperarse en Lucía fue la primera en acudir a la cita, llegó 15 minutos antes para asegurar su presencia, como si algo la amenazara. Ahora que lo pienso, desde la distancia y este presente que es el futuro de aquel tiempo, puedo comprender esa manía por la puntualidad. Espero que esté bien allí donde se ha ido. Espero que su tiempo corra como un río y no sea ya ese compás trunco que marcó sus días.
En fin, vuelvo a mi memoria. Recuerdo que la hice pasar, ella me saludó con un murmullo soltado desde lo alto y atragantado de su bufanda. Una vez adentro, recorrería con detenimiento cada detalle de la sala de lo que sería el nido de la Veda y de un solo movimiento, grácil y veloz, se arrancaría todos los velos, para quedar así como sería: simplemente Lucía, ojos verdes de ternero y cabellera corta rojiza, altiva y expectante. Cuando conocí a Violeta y Lola, sobre todo a Lola siempre, logré reafirmar la belleza y extrañeza que cubría como un halo oscuro a las mujeres de la estirpe De la Vega.
Aquella primera noche de la Veda estuvimos todos los que perseveraríamos en ser hasta el hartazgo de la piedra, como diría Unamuno. Fabián, Amelia, Ferrucho, el Croata, Lucía y yo, Manuel, con la entrada y la salida de muchos, y la espiritual guía del Gordo. El plan de la Veda fue ambicioso por no decir absurdo. Del puñado de almas que llegó esa noche a mi casa, convocados por el lema del afiche “La Veda, punto literario para sujetos predicados con un objeto directo”, hoy no queda nada. Todo se fue tras la partida de Lucía, quizá por eso esta necesidad de contar los hechos. No tanto porque ella tenga esta culpa que simulo cargarle, sino porque ambas historias corrieron paralelas y en algún punto debe estar esa carencia de comprensión que hoy me sube por el pecho y es la clave exacta de las circunstancias de este presente vacio. O no.

Después del prudente tiempo que marca el devenir de las relaciones humanas, Lucía y yo comenzamos el ritual de las confesiones. El azar ya había hecho lo suyo: primero, unirnos en la Veda para luego percatarnos de que compartíamos las mismas clases en la facultad, pasando por la certificación de haber ido al mismo colegio, hasta terminar en el mismo odio e inconformidad hacia casi todo lo que nos rodeaba. La trama se fue tejiendo y como en un contrato tácito nos regalamos anécdotas, lecturas y noches de bares. Así fue como un día llegué a su casa, bajo la excusa de hacer un trabajo para la facultad, pero con la sabida obligación de conocer eso que ella llamaba “su gente”.
Elena De la Vega, su madre, estaba en el trabajo y volvería tarde. Violeta, una de sus hermanas, estaba por-ahí-como-siempre, recuerdo que dijo Lucía y sus palabras sonaban como una queja. Esa tarde sólo conocí a Lola.
Desde la ventana de la cocina pude verla. Allí, en el medio de la alfombra verde del patio, estaba ella sentada, descansando. Recuerdo que esperé la presentación de rigor, mas Lucía siguió preparando el mate y Lola, desde afuera, apenas si ensayó un ademán que en algo se pareció a un saludo. Desde la ventana me dispuse a imitarla, francamente extrañado. Lucía me explicó que Lola-era-así, nuevamente. Que no me extrañara, que cuanto menos lo piense ella se acercaría solita y la conocería como es debido. Yo escuché sus palabras como desde un fondo acuoso, tratando de enfocar y retener la imagen impávida de Lola en el patio.
Luego fuimos a su habitación y leímos hasta la emoción de las lágrimas, amarillas contratapas de Osvaldo Soriano. Esa tarde algo se selló entre nosotros y comprendí para siempre que Lucía sólo podía darme eso: la lectura estremecida de sus recuerdos en palabras ajenas. De Lola me despedí como la había conocido, con la mínima diferencia de que nos acompañó a Lucía y a mí hasta la puerta de la casa.

En ese primer año de mi amistad con Lucía todo parecía andar bien para ella y con el tiempo, me había acostumbrado a mirarla desde lejos como la miraba a Amelia desde nuestra ruptura. Los domingos solíamos ir con los muchachos de La Veda a la casa de Lucía, invitados por Elena para el tradicional asado argentino. Amelia llevaba el postre y los muchachos, el hambre de estudiante a falta de dinero. Elena se esmeraba porque todo esté perfecto en su forma más simple. Ella siempre tan amable, gustaba de jugar a la madre de esta banda de huérfanos. Recuerdo que demostraba una particular inclinación por Ferrucho, el verdadero huérfano del grupo. Sé que a mi también me quiso, tanto y a su manera.
Su figura de madraza presidía la mesa y con una atención amable escuchaba las discusiones de La Veda. Una vez terminado el almuerzo, Elena se levantaba, argumentando la necesidad de una siesta. Y todavía la veo allí con su vestido largo, descalza, atravesando el patio camino a su pieza y diciendo “Bueno, muy lindo todo chicos pero yo me voy a dormir porque hoy me levanté a las 6 de la mañana. No hagan mucho ruido y junten todo”. Elena nos regalaba una última sonrisa antes de doblar en el recodo de la cocina y nosotros quedábamos bajo el paraíso, en una sobremesa de conversación acalorada. Violeta y Lola, sentadas con nosotros, se limitaban a escucharnos desde su afable indiferencia. Casi nunca emitían palabra, excepto cuando Elena o Lucía decían algo y ahí lanzaban una cadena de murmullos y risillas solapadas por la complicidad de su lazo familiar. Los muchachos de La Veda las mirábamos fascinados. Nunca nos atrevimos a expresar un chiste que evidenciará el íntimo deseo.


Dije que por el último tiempo mi visita era casi la única que recibía la casa. Y así fue: en el segundo año se desató la enfermedad de Lola y Lucía cayó en una inexplicable y profunda depresión. Primero, dejó de venir a las reuniones de La Veda y se terminaron los domingos de asado. Luego vino el estrés de su nuevo trabajo. Apenas si cruzábamos milimétricas palabras entre clase y clase. Lucía había acentuado su incomodidad por las muchedumbres y sólo podía estar con el Croata o conmigo: siempre a solas, siempre de a dos.
En ese tiempo La Veda estaba que ardía. Habíamos logrado consensuar la primera de una serie de intervenciones en la ciudad: la noche del 17 de octubre la única librería de Resistencia volaría por los aires, como primera advertencia a los mercenarios de la cultural local. Luego vendrían los demás atentados, pero deberíamos aún madurar hacia adentro de nosotros mismos el convencimiento de la necesaria destrucción de todo lo que queríamos y creíamos. Y eso fue lo difícil: ¿de qué forma luchar contra la cultura vertida adentro de uno mismo?
Lucía indolente, como detrás de un vidrio, escuchaba nuestro relato de las acciones de La Veda. Nunca logramos con el Croata convencerla de que vuelva y no fue por falta de interés, sino que ahora su vida corría como un compás trunco y mutilado.
La librería explotó como lo planeamos y esa misma noche recibí el llamado desesperado de Lucía. Estábamos con el Croata, festejando nuestra secreta y primera victoria, cuando el teléfono sonó.
Fui a su casa y la encontré sentada en la cocina, hablando hacia la nada. Recuerdo que Violeta fue quien abrió la puerta y por primera vez noté en ella una exaltación genuina, no esa impostada actitud airosa, profunda y orgullosa. Violeta me explicó que Elena no estaba, un viaje al interior la tenía ocupada. Que Lola dormía, alejada en su afección, que era mejor no alarmarla. Mientras tanto Lucía lucia impávida, repitiendo una y otra vez su monólogo alocado.
A saber, Lucía decía: “Allí, allí. En la ventana su llanto, su lamento de días. Allí su llanto acallado como un martillo retumbando en el centro de mi cabeza. Lola, Lolita en tu llanto. Llamas al hombre de oscura figura y voz oscura. Obscura tu imagen. Reflejo de la ventana. Allí, allí. En la ventana su llanto, su lamento de días. Lola, Lolita en su llanto lo llama y él viene. Me mira de espaldas sin mirarme. Cuida mi sueño y el llantito de Lola. Viene y me mira porque ella lo llama. Lola, Lolita en tu llanto. Allí, allí. En la ventana. Me mira. Te mira. Vino a buscarte, a buscarme Lolita. Vos lo llamas desde tu llanto hondo. Despierto. Miro. Y es el eco de tu llanto. Él me mira de espaldas. Lo llamo y no contesta. Sólo me mira de espaldas. Te mira de frente a vos Lolita. Tu llanto sabe su cara. Tu llanto lo llama Lolita. Es obscuro. Oscuro. Obscuro. No llores Lolita. Allí, allí. En la ventana”.
Sus ojos verdes de ternero lloraban lágrimas voluntarias. Su mano en la mía era sostenida. Violeta esperaba rígida a su lado y desde el fondo de la escena, Lola llamaba a alguien con un quejido desde el fondo de la casa. En ese instante y por ese gesto, Lucía volvió a una suerte de estado de conciencia. Sus ojos repararon en mi presencia, mientras Violeta acudía al llamado. Me abrazó estremecida y el llanto al fin fue humano, desgarrado, verdadero pedido de consuelo. En mi hombro masculló un perdón por el llamado y la explicación del miedo. En ese momento no pude comprender la dimensión de su pedido, la significación de este futuro que se anticipaba. Recuerdo que me restringí a sostenerla en mis brazos en el goce de la materialización del deseo tan anhelado. Nunca más practicó un acercamiento tan íntimo y privado. Creo que Lucía sintió la enajenación propia de la esencia humana de mis manos. Comprendió que ni yo, ni nadie podría ayudarla en este viaje. Que ella. Que Lola. Que La Veda deberían hacerse solas. En todo caso, con la inquietante figura oscura de espaldas como testigo. Esa primera y única noche, como lo dije, me quedé cuidándola. Lucía ensayó un sueño espasmódico. Yo, tendido a su lado en la cama, sostuve su mano blanca, esquelética y fría. Desde el fondo de su ventana, allá a lo lejos, llegaba el quejido hondo y pálido de Lola.
La mañana siguiente me encontré en el desayuno hablando con Elena. Desde su apacible sabiduría habló de lo que sucedía. Recuerdo que explicó algo de la enfermedad de Lola. Recuerdo que dijo que era irreversible la pérdida y que el fin estaba en la puerta. Hacía dos meses la meningitis cerebral estaba lamiendo sus días. Recuerdo sí que para el mal de Lucía no tuvo palabras: allí cada intento era un confuso silabeo colgado en la apertura de su boca. Supe que Elena confiaba en que todo termine y su vida siga corriendo como un río después de la enfermedad de Lolita. Ella sostenía firmemente que esto no le robaría ambas hijas. Argumentaba que Lucía sufría por el final inminente y que pasado un tiempo se le pasaría. Elena se negaba aceptar las alucinaciones de Lucía como algo concreto, tangible. Menos podía imaginar que la oscura figura de espaldas en la ventana del delirio de Lucía se la llevaría tan lejos, a la otra margen del río.

Pasaron unos cuantos meses y en La Veda todo estaba listo para el segundo golpe: era julio y la bienal de esculturas en Resistencia. La ciudad estaba agitada, recibiendo a escultores de todo el mundo. Los troncos de quebracho esperaban el tajo de las motosierras y el cincel en la plaza, escenario tradicional de la bienal. Nosotros teníamos preparada la carga de artillería que haría volar por los aires una lluvia de panfletos en la noche de inauguración de la Bienal Internacional 2004. El diseño de la leyenda del panfleto fue obra mía, las líneas rezaban una máxima de Marcuse: “La civilización es la cultura de la opresión hegemónica de la libertad, la verdadera cultura, ésa que no podemos aprehender”.
La caja de explosivos fue obra de Fabián, construida desde la peligrosidad de sus clases pirotécnicas por correo. Digo peligrosidad porque desde la decisión de este segundo golpe, al interior de cada uno de los que formábamos La Veda tuvimos que aceptar, como una realidad, la pérdida de víctimas inocentes. Recuerdo que cuando lo discutimos, Ferrucho fue el primero en aceptar con naturalidad la necesidad de muertos como parte de la lucha. En los demás descubrí la culpa en sus ojos, más allá del asentimiento forzado.
El pingüino turquesa, como llamaba Fabián a su primera bomba, estalló con un saldo de cinco muertos: dos niños y tres viejas. La furia de La Veda no alcanzó a ningún funcionario público de la cultura resistente. La confirmación del éxito fatal del segundo golpe me llegó al celular de mano de Amelia, quien asistió al acto desde una prudente distancia. Esa noche estaba solo en la casa de El Croata y el festejo me dejó tendido en el fondo de la botella de ginebra Llave.
Por la mañana llegarían El Croata y Lucía de su viaje de trabajo en la otra margen del río. También traerían la noticia de la mudanza. Ambos dos habían decidido quedarse por aquella margen: El Croata decía haber prendado su corazón, Lucía no decía palabra. Con el tiempo supe que se había enredado con un fulano. Lo cierto fue que partieron a fines de ese año. Yo comencé a sentir el vacio en La Veda. Amelia, Fabián y Ferrucho encontraron mejores cosas que hacer y pronto olvidaron la lucha que decían sostener. Ese fue último golpe de La Veda y también mi último intento por construir algo colectivo.

Pero aún es pronto y es todavía ese último año para la vida de Lucía. Recuerdo que una tarde sonó mi teléfono y su voz me habló en el oído. Quedamos en encontrarnos en el café de siempre. Decía que necesitaba contarme algo. Llegué a horario para su sorpresa. Cuando la vi entrar, me sorprendió la pequeñez de su figura: su rostro pálido y lánguido, sus ojos en el fondo de las ojeras, el rictus rígido de su boca fina.
Hablamos.
- Lola murió finalmente esta madrugada – dijo Lucía.
No pude más que estirar mi mano y apretar con fuerza la suya, tan esquelética y fría.
- Dejame terminar – dijo Lucía, mientras escondía en su regazo su mano -. Esta mañana la enterramos con Violeta bajo la palmera. Su último grito, tan hondo y desgarrado, quebró en pedacitos la noche. Elena se la había llevado a su habitación y nos turnamos para atenderla entre las tres. Sus ojitos, antes del último grito, me pedían algo que sé que no puedo darle. Hijodeputamente el tumor latía en el centro de su cabeza. El hombre de espaldas en mi ventana se esfumó con ese último aullido. Creo que en mi sueño he visto su rostro. Creo que tenía la cara de mi padre, extrañamente. A Lola la envolvimos en una sábana blanca. Nos fue difícil llevarla hasta el fondo del patio con Violeta. Cavamos y cavamos. Su cuerpito largo y flácido no cabía en el pozo: tuvimos que sacarla y agrandar el pozo para que quepa su costal de huesos. Violeta lloraba indolente, sus lágrimas caían como un río por su rostro. Hasta Hidalgo y Laica vinieron a despedirse de su amiga. El perro negro se acostó sobre el pozo cerrado, con la tierra removida y aulló tristemente. Eso partió algo en mí: comprendí que nunca más vendría a calentar mis pies en la cama, que no la vería cruzar de un solo salto la cuneta. Que ya no pelearía por su comida con los demás perros. Que no me recibiría al llegar a la casa. Que su ladrido no molestaría mi sueño en la ventana. Que nunca más apoyaría su hocico en mi regazo. Y hoy, que ya ha terminado todo, me siento tan culpable. Hace no sé cuántos siglos que no podía dormir tranquila y hoy he podido. Lola se fue y se llevó con ella la figura oscura de espaldas de mi ventana. Por ahora no vendrá, pero no sé hasta cuando. Por eso y mucho más es que me voy. Cruzaré el río el sábado: un salto que debo dar. Confío en que Elena y Violeta estarán bien: deben aprender a crecer juntas como yo lo hice. Sé que extrañaré tu rostro y el del Gordo, Manuel. Estoy preparada para lo que viene: Argentina de golpe increíblemente perdida y el azote de todo lo que he sido aquí, de todo lo que podía haber. La memoria, esa sopa de letras masticada en la impune soledad. En fin, cuestiones técnicas que le dicen, tú sabes Manuel. Y no te preocupes por La Veda, todo lo hecho ha sido algo, al menos. Sé que no durará tanto, pero es algo y tanto.
Recuerdo que un leve temblor la recorría mientras de su boca salía como un vómito el relato de la muerte de Lola, quizá la única perra que alguna vez quiso Lucía. Sé que su dolor me fue ajeno: no comprendí lo hondo de su significado creo. No era sólo un animal lo que se moría. Era en sí el signo del fin de su vida aquí, de todo lo que conocía. Esa imperiosa necesidad de cambiar de aire, como ella decía.
La extraño ahora. Son tan breves, efímeras sus visitas. Cada tanto veo a Elena y Violeta, y en el letargo de la sobremesa de esos almuerzos, cuando en el bullicio mi mujer y ellas se cuentan cosas, yo Manuel, recuerdo otros tiempos y callo, a falta de mejor cosa.

Texto agregado el 19-04-2006, y leído por 112 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2006-05-08 20:54:07 de-li-cio-so... tan lleno de frases geniales, de detalles precisos, de ambientes e imágenes... divertido y envolvente... lo de "sacar" al último la verdadera raza de Lola ya lo he visto varias veces en esta página, pero la gran diferencia entre esos y lo tuyo es la exquisita factura de tu relato. Buenísimo. Aristidemo
 
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