Al demonio del séptimo círculo
que nos sirvió de inspiración
A mi protagonista por estar ahí
cuando se abren los infiernos,
para recordarme que es más útil
construir que destruir
Apenas llegó el alba Beatriz despertó aferrada a las sábanas, encogida, tiritando y sacudida por fuertes escalofríos. Siempre fue muy vulnerable a la fiebre. Desde muy pequeña.
El pasillo dormía silencioso, las persianas filtraban pequeñas rayas horizontales ambarinas que disipaban la penumbra. Los escalones de madera protestaron levemente mientras apoyaba en ellos, apenas las puntas de los pies.
Recorrió el salón a grandes zancadas hasta llegar a la cocina. Una vez en ella puso a hervir agua en un cazo de barro. Vertió en él un puñado de flores secas y amarillas y un ramito de mejorana. A través de la ventana de la cocina una luz llena de matices rosados disipó los últimos restos de sueño de sus ojos grises y almendrados, devolviendo la pupila en pequeñas contracciones a su tamaño habitual.
Abrió la ventana y aspiró durante unos minutos el aire fragante del amanecer hasta que toda la estancia se llenó de un fresco, perfumado y renovado aroma. En el cazo, el agua cambiaba de textura al hervir y pequeñas pompas doradas y ocres ascendían hacia la superficie estallando iridiscentes.
Vertió la infusión en una taza y casi ausente caminó hacia la chimenea, no quedaban rescoldos, ni brasas, apenas un montón de ceniza caprichosa con forma arbolada. Acompañó luego cada sorbo del mágico elixir con unas cuantas páginas de “La Divina Comedia”. En el décimo canto del Purgatorio, Dante, guiado por Virgilio, entra en el círculo de los soberbios. Allí los que pecaron de soberbia en vida ganan la absolución
contemplando ejemplos de humildad. Según van ascendiendo por una montaña, les salen al paso los relieves que han sido esculpidos directamente sobre la roca.
En el primero de ellos, el ángel Gabriel, saluda a la Virgen con su célebre “¡Ave María, llena eres de gracia!”, los dedos de Beatriz acarician el grabado con delicadeza justo antes de pasar la página.
En el segundo relieve, la Virgen responde con humildad “Ecce ancilla dei” (contempla a la sierva del señor).
En el tercero, el rey David baila frente al Arca del Señor mientras su mujer asomada a la ventana se burla de él con la mirada.
En el cuarto Trajano, detiene su caballo cuando una pobre viuda le suplica que la atienda a ella antes que a sus asuntos.
Los relieves son magníficos, mejores incluso que la misma naturaleza.
Son más reales que la realidad. El gótico comenzaba su lento camino extendiéndose hasta Italia desde el Norte de Europa revitalizando a su paso las artes y dotando la mirada del creyente de una nueva forma de amar, alejada del simbolismo abstracto del estilo bizantino.
Los temas religiosos tratados anteriormente cobran una nueva vida al ser reinterpretadas por el nuevo estilo: el hombre es el centro. Ahora, las figuras de las Bodas de Canán, o La Crucifixión son vistas desde la perspectiva del observador, acercándose a él, sintiendo como él, haciéndole partícipe. Los ojos de Beatriz, aún no están entrenados para comprender todos los matices de esta nueva forma de expresión,
únicamente siente que el cambio de perspectiva la hace partícipe y algo en su interior se conmueve.
Con voracidad insana devora las siguientes páginas tan abstraída que apenas se da cuenta de que una luz ámbar ha teñido el aire, envolviéndola de forma cálida, acogedora. Una luz que abriga. Ya no siente frío alguno.
Sus ojos ceden lentamente al embrujo de las imágenes y la mano de Dante acaricia los dedos que deslizan las páginas. Una vez más la está llamando, invocando y arrastrando hacia el pasado común y el futuro inconcluso.
Entre las almas atormentadas, Dante arrastra a Beatriz para ponerla a salvo. Corren sin descanso hacia la zona más alta del anillo de los soberbios. La temperatura aumenta y las manos se crispan en ademán de súplica.
Repentinamente un demonio alado interrumpe la carrera; desciende sobre ellos cubriéndolo todo con su sombra. La boca vomita espuma y en sus ojos hay odio y venganza; su voz contamina los cuerpos:
-¡¿Cómo has osado introducir a tu amada en mi reino de muerte y pudrición?!
Beatriz busca instintivamente el cazo de barro, la mejorana podría ser una buena cura para este ser monstruoso, pero el brazo de Date se interpone, aferrándola fuertemente por la cintura. Ese brazo la libera, es todo cuanto necesita para alzar su mirada y enfrentar al demonio:
-¡Sal de mi camino, bestia inmunda! Dante y yo pasaremos y tu ejército no lo impedirá por siempre.
La violenta risotada alzó la cabellera de Beatriz y el viento de fuego proyectado por el monstruo hizo temblar el piso, desprendiendo las rocas más firmes del acantilado sobre el que Beatriz y Dante intentaban pasar. El demonio extendió sus alas y cientos de víboras cayeron, señalando con sus lenguas bífidas el cuerpo de Beatriz.
Dante rodeó con ambos brazos la cintura de Beatriz y con la mirada más profunda de su amor eterno, penetró las pupilas de su amada conjurando el abrazo inmortal de los dioses paganos.
-¡No nos salvaremos, pero lo más preciado no lo podrán tener!
Y diciendo esto, besó los labios de Beatriz, que recobraron la fiebre que había dormido por siglos esperando aquél instante. Todo su cuerpo había sido hecho para Dante, y en ese momento Beatriz lo recordó, apretando instintivamente su pecho contra el de él.
Bajo sus pies el acantilado se desgranaba, como arena hacia el fondo de un lago de fuego, infestado de sufrimiento eterno. Sus cuerpos ardieron un instante y la boca de Dante le recordó las rayas horizontales ambarinas filtrándose entre las persianas y disipando la penumbra. Las víboras treparon por sus cuerpos y el demonio intentó separar el abrazo con latigazos de lava hirviente.
Las lenguas bífidas lamieron la piel y los colmillos se aprestaron a hundir su veneno letal. Dante alzó ambas manos y rodeó con ellas el cuello de Beatriz. Atrajo hacia sus hombros la cabeza de su amada, protegiéndola del instante final. Beatriz subió sus brazos y se aferró fuertemente a los de él. Apretó aun más su pecho contra el torso de Dante y pudo sentir cada vena y arteria de aquél cuerpo, que sus caderas y piernas reclamaban sin cesar.
El demonio batió sus alas y anunció el final, escupiendo de su vientre infinidad de escorpiones con cabeza de ratas, que inmediatamente se abalanzaron sobre los cuerpos fundidos en el abrazo inmortal.
Y en el instante final, cuando los colmillos tenían ya un destino de piel y los escorpiones alzaban sus colas confundidas entre las cabezas de las ratas, los dioses paganos acudieron al llamado. Un ejército de faunos descendió sobre ellos y convirtió la piel de los amantes en piedra pura. Los colmillos estallaron y las colas de los escorpiones cayeron como inútiles manojos de carne lacerada. Los dientes de las ratas se quebraron sobre la piedra y los faunos sonrieron a un tiempo.
La ira del demonio fue irrefrenable, lanzó una incontenible llamarada de fuego y roca hirviente contra Dante y Beatriz, pero la piel trabajada por los faunos soportó todo y se alzó orgullosa entre los cadáveres calcinados de las víboras y los escorpiones.
Debajo de la bendición de los faunos, Dante y Beatriz compartían sus cuerpos, la sangre fue una sola y el cuerpo de ambos se reveló como una hermosa estatua dedicada al amor en aquél temible círculo de los soberbios.
El libro cayó de sus manos y Beatriz se incorporó empapada de sudor. Una gota resbaló sobre su frente y cayó en la página del libro. La observó detenidamente, sin poder dar crédito a sus ojos. Habría jurado que esa página no existía, al menos ella no la había visto jamás y mucho menos aquél grabado con la estatua de los amantes.
Este cuento es un proyecto de creación literaria de dos personas. Aunque mi parte favorita, es curiosamente la mía
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