Te vi y supe ya cuál era mi destino.
(Hemingway)
Es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto, con miles de conchas nacaradas, el agua limpia y siempre la misma sinfonía aturdidora del canto de los pájaros. Y de la parte de la mar de ella había poblaciones infinitas, de las cuales luego vinieron a los navíos gente infinita con fruta y pan, y agua, y algodón hilado, y conejos, y palomas, y otras mil maravillas de aves de otras maneras, que no hay acá, cantando por fiesta, creyendo que aquella gente y navíos venían del cielo.
(Cristóbal colón)
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CARA DE CAFÉ
Sostengo en mi mano una joya de incalculable valor. Miro mi tesoro, retrocedo en el tiempo y evoco a la anónima mujer que me regaló objeto tan valioso. Nunca olvidaré el perfil de aquella dama. Recuerdo su cara de café, talle de junco y tez un tanto ajada, pero todavía seductora. Alta, esbelta, bien proporcionada. Pidió té con limón y se sentó en un rincón de la terraza del pequeño bar. Desde una mesa cercana la miré y distinguí que, aunque entrada en años, guardaba vestigios de la inmensa belleza que, sin lugar a dudas, un día gozó. El tiempo había teñido su pelo de blanco y sus hermosos e incitantes ojos parecían querer abarcar con su mirada la inmensidad del Atlántico azul, verde, cobalto. La tarde otoñal emitía reflejos de palmeras, bálsamo de olas, sedantes efluvios de sales marinas, perfumes de rosa y jazmín, sonidos de dulces melodías y aromas de una España que, aunque distante, se respiraban por doquier. A nuestro lado cinco troveros tañían guitarras, pulsaban timbales y hacían vibrar sus gargantas entonando sones de mi patria y ritmos ancestrales africanos. Entorné los ojos y supe que la música vivía allí, que absorbía las razones de sus hombres hasta formar parte vital de ellos mismos y que era la respiración natural de su gente. Todo era paz, ensueño, armonía, nostalgia, cadencia. Entonces nuestras miradas se cruzaron y una tenue sonrisa se dibujó en sus labios. La mujer se puso en pie y, caminando con suavidad y porte digno, se acercó a mí. Sus ojos brillaban contentos y una mano delicada y morena habría su palma. Con exquisita timidez nos dio las buenas tardes y nos entregó una joya que, desde entonces, guardo complacido.
-Tome, señor -dijo quedamente-. Observé cómo complacían a niños de mi país. He pensado que yo también debería entregarles algo, para que lo lleven a la Madre Patria y tenga un recuerdo de acá.
Una intensa emoción me embargó y a duras penas atiné a decir:
-Gracias, señora, muchas gracias.
Poco antes me había fijado en un primor infantil. Tenía siete u ocho años. Era rubia, pelo ondulado y ojos azules. Estaba quieta al otro lado de la calle y nos miraba. Le hice un gesto de mano y la niña se acercó. Mi compañera extrajo de un bolso un útil de escritura y unas golosinas y las dejó caer en sus manitas. Sus enormes ojos nos miraron con arrobo, mientras apretaba su regalo sonriente e incrédula. Nuestros dedos acariciaron su mejilla y ella nos premió con sonrisa y beso.
No se había ido aún la pequeña cuando, salidos de no sé dónde, llegaron multitud de críos de razas multicolores. Fue asombroso pues, un momento antes, nadie había por allí. Los gritos de la chiquillería se hicieron ostensibles y extendiendo sus manos reclamaban: “señora, señor, a mí, a mí, a mí. Y yo, y yo, yo también quiero. Déme a mí, déme a mí, señor”. Habíamos acudido preparados. Pedimos orden y procuramos administrar los regalitos para que hubiera para todos. Una linda negrita decía: “Señora, déme uno más. Es para mi hermanito que está malito en mi casa.”
Los infantes se fueron contentos y los trovadores, que seguían con sus compases, nos regalaron una melodía. Se oyó la cadencia de un bolero.
Aquel fue el momento elegido por Cara de Café, desconocida dama, para hacernos entrega del regalo que tanto valoro.
Hoy contemplo aquel tesoro una vez más. La moneda parece recién acuñada. Reluce con esplendor y en su anverso se ve la cara y la melena larga del mítico guerrillero Che Guevara. Se lee: Patria o muerte. 1995. En su reverso un escudo, el nombre de la nación y un valor: tres pesos.
Desde entonces viajo allí constantemente. Cuando quiero volver “al paraíso” y tomarme un mojito, tomo mi joya viajera, la miro con devoción y cierro los ojos. Ya llego. Ya se oye una habanera. Ya se respira azúcar y tabaco. Ya huele a ron. Y veo la Bodeguita y adivino el Malecón. Ya relumbra el Capitolio y el fausto Hotel Nacional. Deslumbra el Centro Gallego y brilla la Catedral... Allá, a lo lejos, Pinar del Río y el soberbio paisaje de Viñales, y un río, y un palmeral con playa de arena fina... Y siempre su gente; siempre, siempre, siempre... Al fin, en el rincón de la terraza de un pequeño bar, te vislumbro a ti Cara de Café, anónima mujer, dueña de mi joya ayer.
Entonces pregono que nadie es aquí forastero y asevero que el lugar es lazo que ata con la delicadeza de la seda, con la fuerza de la ilusión, con el poder de la armonía.
Regreso a España y, aunque nadie me oiga, recuerdo a Federico García Lorca, alzo la voz y digo lo que dijo él: “si me pierdo, que me busquen en Cuba”.
Y sueño. Y dormido la isla me abraza. Y la abrazo.
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(Dedicado a Debbie y todas las mujeres y hombres nacidos en Cuba)
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