ESO
Eso está agazapado por ahí, en algún lugar de Pueblo Liebig’s, aguardando tenazmente por él, y Alcibíades Larrosa lo sabe cuando sale del boliche.
No es un presentimiento, es una certeza dura y áspera que tiene. Eso lo acecha, lo persigue, le está pisando los talones desde hace días, y él lo sabe mientras camina, resuelto y como puede hacia su casa, muy borracho y con un sudor tupido vistiéndole todo el cuerpo.
La noche está clara, y la luna llena que ha salido después de la lluvia destaca lechosamente el caserío pobre y ralo que se dispersa alrededor de la vieja y abandonada factoría inglesa que le dio nombre al lugar… Eso, mientras tanto (Larrosa lo sabe), está ahí, definitivo, en alguna parte, esperando, empecinado, solo dándole tiempo al tiempo.
Alcibíades Larrosa camina con agobio por las callecitas de arena y ripio. Le pesa el excesivo vino barato en la cabeza y le pesan las piernas por el mucho beberaje. Quiere apurarse y no puede. Quiere estar ya en otra parte, y no puede... Los ojos equívocos van determinados, mirando el suelo. Alcibíades Larrosa cree ir escurriendo el destino mientras soslaya las huellas caprichosas, llenas de agua estancada. Indomablemente cree que puede ponerse a salvo a pesar de todo... Se empecina en creerlo.
Un bulto sale de pronto, huidizo, desde atrás de una pila de ladrillos que esperan para ser algún día un tapial o la habitación de alguien, y la mano de Larrosa busca instintivamente en la cintura un cuchillo o un revólver, aunque sabe y reniega que justo hoy no los lleva encima… La humedad le baña en un reflujo el cuerpo y se hace más viscosa y más fría. El perro flaco y desteñido que es el bulto corre encrespado, lo más rápido que puede hacia otras sombras, con la cola entre las piernas…
“Ya falta poco, sí… Ya estoy llegando”, se dice Larrosa, desmigajando su miedo, dándose ánimo y fuerzas…
Un ruido a sus espaldas le alborota otra vez los nervios y le pone la piel de gallina. Es un ruido arisco, opaco, casi imperceptible, pero que cree escuchar tan cerca que le flaquean los intestinos. “No es nada; es mi imaginación”, se exige en creer, y apura con más firmeza las zancadas.
Ya ve su casa. El farolito de la entrada está apagado, pero la luna llena le ayuda a distinguirla entre las otras. Faltan unos metros, unos escasos metros y, por fin, eso no podrá alcanzarlo…
Parece más que empinado el camino que es llano, y parece que todo se alejara a medida que él se acerca. La mierda le resbala por las bocamangas del pantalón, se le sale, y va dejando un rastro maloliente y chirle: “Igual, nadie va a saber que fui yo”, piensa y hasta se sonríe un poco… Entonces siente, o cree sentir, una respiración que le humedece la nuca, y una mano que se le clava en el hombro y que quiere retenerlo en su sitio. “¡No, carajo! ¡Ahora no!”, grita dentro de su cabeza, y se retuerce para zafar hasta que cae en el barro, pateando furiosamente al aire… Nada. Es nomás su imaginación y es, también, su miedo. Eso no está detrás de él ahora. Eso no ha podido acorralarlo todavía…
Llega, por fin, y abre la puerta sin llave (nadie pone llave en las puertas de Pueblo Liebig’s)… Chillan un poco las bisagras y es todo el sonido que se oye. Después, la oscuridad y el silencio rodean a Larrosa, y lo sosiegan. El hombre cierra y aprieta fuerte, entonces, los ojos por un momento, apoyado de espaldas contra la puerta, y enseguida afloja todo el cuerpo mientras suspira largo y se deja caer hasta el suelo.
Eso no se ve ahí. Eso no se siente ahí. Eso no está ahí.
“No está. Pude zafar”, festeja…
Queda un rato así y se levanta, se saca la ropa sucia, va hasta el retrete y se da un baño que lo despeja y lo alivia, prende un pucho que fuma lento, después se acuesta y se duerme profundamente y sin sueños…
Eso, en las cañerías, espera. Sabe que al otro día Alcibíades Larrosa abrirá la canilla temprano para cargar la pava y prepararse el mate.
Eso es paciente.
Y disfruta.
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